ESPECIAL PARA INFOLATAM

Análisis realizado por Flavia Freidenberg

Tribus en guerra

 
 

México D.F., 8 de abril de 2008


(Especial para Infolatam).-

"... no es la primera vez que frente a momentos neurálgicos de distribución de poder interno, el partido pareciera estar en una crisis terminal. Frente a ellos, una y otra vez, esas mismas facciones que se enfrentaban entre sí de manera radical, consiguieron también conciliar y salir adelante, luego de arduas negociaciones. En este sentido, frente a los rumores de ruptura, no sería extraño encontrarnos pronto con un PRD fortalecido".

Tras 22 días de la elección para Presidente Nacional y otros cargos en el Partido de la Revolución Democrática, aún no se conocen los ganadores y el enfrentamiento entre dos de las cuatro corrientes que competían, la de Nueva Izquierda, conocida como de los "Chuchos", que postulaba al ex legislador Jesús Ortega, y la de Izquierda Unida, que presentaba al ex Jefe de Gobierno del Distrito Federal Alejandro Encinas, ha hecho caer al partido en una fuerte crisis, algo bastante común cada vez que se ha renovado la dirigencia nacional del partido.

El proceso, que se ha caracterizado por denuncias de fraude, compra de votos, padrones inflados, intervención inequitativa del líder nacional Andrés Manuel López Obrador a favor de una de las corrientes, descalificaciones hacia el árbitro interno e incluso llamados a la anulación de la elección por parte de uno de sus dirigentes históricos Cuauhtémoc Cárdenas, se ha convertido en una trampa mortal para el PRD, dando cuentas de la dificultad de que saliera una izquierda unificada y fortalecida de la elección, lo que se presenta como algo vitalmente necesario para el funcionamiento plural del sistema político mexicano.

Frente a este controvertido proceso, el PRD se enfrenta al menos a tres desafíos. Primero, el de cómo cohesionar a grupos diversos en el interior de la agrupación. Aún cuando un cierto nivel de faccionalismo puede llegar a ser un símbolo de salud democrática para cualquier partido político, el problema se da cuando los diferentes sectores no consiguen anteponer los intereses de todos a los de cada sector. El proceso ha mostrado que las "tribus" pesan más que la unidad y que la canalización de sus intereses tiene que ver con la distribución de recursos e incentivos de poder más que en una división por cuestiones programáticas.

Segundo, el de conseguir un liderazgo que articule a las diferentes corrientes en el mismo proyecto político. En esta ocasión, el proceso ha dado muestras (una vez más) de la ausencia de un liderazgo nacional que integre y llama la atención respecto a la urgente necesidad de renovación de ciertos sectores de clase política, de diversos espectros ideológicos. Muchos señalan que a esta altura los perredístas deberían repensar sus prácticas internas y la manera en que respetan las reglas (del partido y del propio sistema político), si lo que pretenden es gobernar el país. Aún cuando sus comportamientos no parecieran ser muy diferentes a los de otros sectores de la clase política (de izquierda o de derecha), sería de esperar que un partido que emergió como respuesta a un contexto de manipulación y fraude político, fuera ejemplo del buen hacer democrático.

Tercero, el modo en que los perredistas se han comportado en este proceso hace también dudar respecto a sus capacidades para garantizar la gobernabilidad democrática. Si bien la integración de diferentes corrientes en un partido ayuda a racionalizar el proceso político y elimina la extrema fragmentación del sistema de partidos, lo cual sería muy perjudicial para la estabilidad del sistema; también es cierto que la extrema fragmentación, la incapacidad para llegar a acuerdos entre ellas y la dificultad para cohesionar a las diferentes corrientes mina las opciones electorales de cualquier partido, ya que puede afectar las percepciones de los ciudadanos respecto a cuán unidos se encontrarán frente a los problemas de gobierno, una vez que lleguen al poder.

Es posible que estos tres desafíos sean estructurales a la esencia del PRD y que los mismos hayan estado de uno u otro modo presentes desde la creación del partido. En este sentido, no es la primera vez que frente a momentos neurálgicos de distribución de poder interno, el partido pareciera estar en una crisis terminal. Frente a ellos, una y otra vez, esas mismas facciones que se enfrentaban entre sí de manera radical, consiguieron también conciliar y salir adelante, luego de arduas negociaciones. En este sentido, frente a los rumores de ruptura, no sería extraño encontrarnos pronto con un PRD fortalecido.

En este escenario sería de esperar que políticos y ciudadanos recordaran que la democracia, como todo aprendizaje político, supone aceptar las reglas de juego, los actores y los árbitros y, fundamentalmente, aprender que unas veces se gana y otras se pierde. Los resultados de ese juego político importan pero, en contextos de débil institucionalización como el mexicano, con legados autoritarios enraizados y reciente experiencia democrática, el modo en que se lleva a cabo el juego político es aún más relevante. A dos años de la crisis de los resultados electorales de julio de 2006, pareciera ser que los actores no comprenden que las prácticas fraudulentas, el enfrentamiento fraticida y los comportamientos antidemocráticos tienen consecuencias directas no sólo sobre la propia organización partidista sino también sobre la legitimidad del sistema político y el vínculo de los ciudadanos hacia los partidos.

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