
Infolatam
México D.F., 6 de noviembre de 2008
"...La elección del presidente Obama significará –para México como para el resto del mundo—un cambio de tono, una actitud más dialogante, con más razón si en el Departamento de Estado estuviese Bill Richardson, por ejemplo.
Ahora bien: no hay motivos para suponer que vaya a haber un cambio fundamental de orientación, desde luego no en la relación con México, puesto que los temas básicos de la agenda –son tres: comercio, migración, seguridad—están dictados por la geografía, y no hay en ellos mucho margen de maniobra."

Barack Obama y Bill Richardson en Por (Photo: Alex Brandon/Associated Press)
La relación entre México y Estados Unidos no admite muchos cambios: el contenido de la agenda y el orden de prioridad vienen impuestos por la vecindad, aparte de que es una relación intensa y casi exclusivamente bilateral, es decir, en lo sustantivo no se maneja en foros multilaterales. En alguna medida, la enorme asimetría es atemperada por la frontera; aunque quisiera, Estados Unidos no puede desentenderse de lo que sucede en México, no puede permitirse una crisis mayor al sur del Bravo; pero la desigualdad es obvia y se manifiesta en todos los ámbitos.
La elección del presidente Obama significará –para México como para el resto del mundo—un cambio de tono, una actitud más dialogante, con más razón si en el Departamento de Estado estuviese Bill Richardson, por ejemplo. Ahora bien: no hay motivos para suponer que vaya a haber un cambio fundamental de orientación, desde luego no en la relación con México, puesto que los temas básicos de la agenda –son tres: comercio, migración, seguridad—están dictados por la geografía, y no hay en ellos mucho margen de maniobra.
La catastrófica situación del sistema financiero estadounidense, la inercia recesiva, el desarreglo de las finanzas públicas que hereda, así como su propio, ambicioso programa de reformas, van a obligar al presidente Obama a concentrarse sobre todo en los problemas de política interna: reforma fiscal, reforma del sistema de salud, recuperación económica, reorganización del sistema financiero. Y si bien no puede permitirse el aislacionismo en relación con México, tampoco puede hacer mucho por mejorar la relación en los temas fundamentales.
Su programa de recuperación económica y generación de empleo implica entre otras cosas incentivos para retener industrias que en otras circunstancias trasladarían a México parte de su operación, para aprovechar la mano de obra barata. También, seguramente, un moderado proteccionismo, incluso una revisión y una nueva negociación de los acuerdos paralelos al Tratado de Libre Comercio. El saldo no será forzosamente negativo para México, puesto que la reactivación de la economía estadounidense y el incremento de sus niveles de consumo redundarían en un incremento de las exportaciones mexicanas. En todo caso, movimientos menores.
Algo parecido sucede con el tema migratorio. El voto hispano ha sido importante para la victoria demócrata, incluso en estados tradicionalmente republicanos como Florida, Colorado y Nuevo México; pero la inmigración ilegal sigue siendo un tema que polariza y no es probable que, en un escenario de crisis económica, se adopte ninguna medida muy ambiciosa de legalización ni que el ejecutivo estadounidense invierta mucha energía en un acuerdo migratorio con México.
Sin duda, se suspenderán las prácticas más agresivas de acoso: redadas, procedimientos penales, multas y penas de cárcel, pero no es razonable esperar mucho más que eso. El candidato Obama fue muy cuidadoso en la campaña al tratar el tema: el presidente Obama lo será mucho más. Por otra parte, el problema es prioritario para el gobierno mexicano en la retórica, pero no tiene ni propuestas concretas ni una política consistente, más allá del apoyo consular.
Teóricamente, sería más sencillo un acuerdo en materia de seguridad: sólo teóricamente. Para la mirada estadounidense importa sobre todo la frontera, blindarla (son dos mil kilómetros), dejar fuera a posibles terroristas, traficantes de droga y trabajadores irregulares. En México, en cambio, el gran negocio de los varios mercados ilícitos transfronterizos se traduce en una descontrolada violencia dentro del país, en todas las rutas y las plazas principales de producción de drogas, de tránsito, de cruce; es decir, a México le interesa sobre todo el control de la venta de armas y del tráfico de armas hacia el sur de la frontera estadounidense, y cooperación en tareas de inteligencia financiera (puesto que el dinero de la droga pasa, en su mayor parte, por el sistema bancario de Estados Unidos). Y en ninguno de esos dos ámbitos ha habido mucha receptividad por parte de las autoridades estadounidenses.
Por ahora, no hay motivos para contar con un cambio. El candidato Obama no se refirió al tema prácticamente nunca, ni lo cuenta entre sus prioridades; para el electorado estadounidense los más de cinco mil muertos de la guerra contra el narcotráfico en México, en los últimos dos años, no significan nada. No hay motivos para que cambie la política, ni para que desaparezca la tradicional desconfianza de los Estados Unidos hacia las policías mexicanas.
La victoria de Barack Obama se ha recibido en México con entusiasmo, como en casi todo el mundo. Los cambios en la relación serán seguramente mínimos.
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