
Infolatam
La Paz, 15 noviembre 2009
(Especial para Infolatam).- "... El primer gobierno de Morales se conocerá como el "heroico", el gobierno de la nacionalización y la victoria contra la "oligarquía", mientras que el segundo tendrá un aire más "termidoriano", pues en él se sustituirá... lo que ha reinado hasta ahora, por nuevas instituciones.
Una nueva burocracia y renovadas élites de mandamases, que seguramente celebrarán pactos de no agresión .., y llegará a acuerdos de colaboración con las cúpulas económicas tradicionales, bajo la célebre divisa: business are business".
La previsibilidad del resultado de las elecciones en Bolivia, con un Evo Morales muy arriba en las encuestas y la oposición batiéndose en campañas deshilvanadas y débiles, traslada el interés del análisis a lo que ocurrirá después del 6 de diciembre, luego de que Morales sea reelegido y su partido obtenga el control de la Asamblea Parlamentaria.
Los observadores de la situación boliviana se dividen entre quienes creen que esta victoria animará al oficialista MAS a profundizar el proyecto de redistribución radical de la riqueza y el poder que ha planteado desde su fundación, y los que piensan que, todo lo contrario, la falta de adversarios templará la belicosidad de los izquierdistas colaboradores del Presidente (aunque quizá no la de él mismo), que prosperarán en el poder evitando tanto como puedan el resurgimiento de la polarización política; es decir, descartando las políticas capaces de generar nuevamente anticuerpos y la reacción de las clases medias y altas (aunque sin desprenderse por ello, claro está, de la retórica confrontacional que es parte indivisible de su discurso).
Nadie puede predecir el futuro, pero no nos está vedado ponderar estas dos hipótesis de acuerdo a los datos de los que disponemos actualmente. ¿Qué querría decir, para comenzar, la "radicalización" de Evo? Por ejemplo que el Gobierno pasase de la promoción del capitalismo de Estado en la que está embarcado hoy, a la idea de disminuir la importancia en el país de la propiedad privada; o que extendiese la estatización, receta ya aplicada a la explotación de materias primas, a otras áreas de la economía, como la financiera o la agroindustrial; o que se propusiese controlar por medios coercitivos el pensamiento nacional como tal -y no sólo las instituciones que ya maneja-. Nada de esto parece posible.
En primer lugar, la base principal del movimiento que dirige Morales está formada por pequeños propietarios, por lo que jamás ha planteado más que un socialismo retórico, firmemente asentado sobre "la defensa de la propiedad privada", lo que constituye una contradicción entre los términos. En esta materia pasa con el líder boliviano lo mismo que con el presidente Hugo Chávez, quien declaradamente apoya su "socialismo del siglo XXI" sobre las columnas de "la propiedad y el individuo" (¡!). En segundo lugar, Evo no se atreve a tocar a la banca, pues sabe muy bien que los regímenes izquierdistas del pasado (por ejemplo el de la UDP, entre 1982 y 1985) se hicieron impopulares por culpa de manipulaciones financieras que desestabilizaron la economía.
Hasta ahora su gobierno ha dado un manejo ortodoxo a la macroeconomía, permitiendo un alto gasto público, pero respaldándolo en los enormes ingresos petroleros del país. Las expropiaciones que se realizaron, todas, están siendo indemnizadas, lo cual impide, por falta de recursos suficientes, su generalización a capítulos como el agroindustrial. Y, por último, un mayor endurecimiento del sistema político seguramente terminaría desprestigiando a Morales en la percepción de la comunidad internacional, a la que hasta ahora tiene convenientemente alineada, sobre todo por convicción, aunque no falten los países y organismos que lo apoyan por miedo a despertar el rencor bíblico del Mandatario.
Son suficientes razones éstas para suponer que, siempre y cuando no surja algún suceso muy importante e inesperado, el primer gobierno de Morales se conocerá como el "heroico", el gobierno de la nacionalización y la victoria contra la "oligarquía", mientras que el segundo tendrá un aire más "termidoriano", pues en él se sustituirán los impulsos imprevistos de las multitudes y la inspiración -agudizada al fragor de la batalla- de los caudillos, es decir, lo que ha reinado hasta ahora, por nuevas instituciones, una nueva burocracia y renovadas élites de mandamases, que seguramente celebrarán pactos de no agresión con la resistencia política que sobrevive (por ejemplo con los medios de comunicación), y llegará a acuerdos de colaboración con las cúpulas económicas tradicionales, bajo la célebre divisa: business are business.
El proceso boliviano está perdiendo su sorpresa y romanticismo, como prueba circunstancialmente su actual bajón en la atención periodística y política mundial; de ser uno de los centros de la cobertura internacional y un hervidero de militantes antiglobalizadores, Bolivia vuelve poco a poco a su marginalidad habitual. Los extranjeros hacen sus maletas y se marchan en busca de historias más tremendas que ésta de un país pobre que recae, por enésima vez, en el capitalismo controlado en el que ha vivido casi siempre.
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