
ESPECIAL PARA INFOLATAM
Análisis realizado por Rogelio Núñez
Infolatam
Madrid, 1 de octubre de 2007
(Especial para Infolatam) .- "En ocasiones, "el sueño de la razón produce monstruos". Así ocurrirá si Correa trata de imponer su idea sin transar, sin pactar y dialogar; otras veces, "el sueño de la razón" engendra nimiedades: Ecuador suma a lo largo de su historia 19 asambleas constituyentes que no parecen que hayan tenido los poderes taumatúrgicos que Rafael Correa otorga al nuevo experimento constitucional que apadrina. La realidad es tozuda y no se cambia a golpe de decretos".
Rafael Correa tenía un objetivo, un sueño: lograr reunir una Asamblea Constituyente para transformar radicalmente la realidad política ecuatoriana. Con las elecciones de este domingo ese sueño parece haber empezado a hacerse realidad. El problema es que como diría don Francisco de Goya "el sueño de la razón produce monstruos".
Correa convirtió su promesa de una convocar una Asamblea Constituyente en la idea-fuerza de su campaña electoral de 2006, transformando así la reunión de un foro constituyente en el acontecimiento que no sólo otorgaría a Ecuador una nueva carta magna, sino que encontraría, por sí mismo, solución a los graves problemas que aquejan a este país desde hace décadas. Problemas que se acentuaron con la crisis de gobernabilidad que se inició con la caída de Abdalá Bucaram en 1997.
El primer acierto de Rafael Correa fue entender, allá por junio de 2006, cuando comenzaba la campaña electoral para las elecciones presidenciales del 15 de octubre de 2006, cuál era el humor y el sentimiento popular, y convertir el tema de la reforma política y la convocatoria de la Asamblea Constituyente en el eje de la campaña electoral. Su éxito fue no sólo hacer de ese asunto el slogan de su propia campaña, sino acabar transformándolo en el eje del proceso electoral en general. Luego, se fueron uniendo otros candidatos a la oferta de convocar una Constituyente, pero los electores entendieron, a la hora de votar, que quien primero lo propuso fue Correa y era él, el legítimo padre de la idea.
Rafael Correa se ganó así al electorado con un mensaje claro, único (convocar una Asamblea Constituyente para acabar con el "viejo régimen") y de rechazo frontal al sistema democrático (y de partidos) instaurado en 1979. La Asamblea, en el pensamiento de actual Presidente, tiene, como primer objetivo, acabar con la "partidocracia", como no se ha cansado en repetir: "creemos necesario una mayoría absoluta para el Gobierno, pero eso implica riesgos... Cuidado que ese discurso de que no es bueno que el Gobierno tenga mayoría es de la partidocracia (y es) tremendamente perjudicial".
Allá a mediados de 2006, para el entonces tan sólo ex ministro de Economía, esa Asamblea debería estar "dominada por la ciudadanía", no por los partidos políticos tan deslegitimados y rechazados por la ciudadanía. Correa siempre vio la Asamblea Constituyente como "una revolución constitucional" pues de su seno nacería una nueva institucionalidad mediante el establecimiento de "diputados distritales para que los partidos no tengan el monopolio en las provincias. El Presidente de la República podrá disolver, una vez, al Congreso pero poniendo a disposición su cargo y se puede destituir al Presidente disolviendo el Congreso. Habrá cinco o seis regiones, no las actuales provincias".
Rafael Correa aspira a tener una asamblea constituyente con plenos poderes y libre agenda, no sólo para redactar una nueva Constitución, sino para destruir al Congreso. El gran quebradero de cabeza de Correa en estos meses de gobierno ha sido el Congreso donde tienen asiento los viejos y nuevos partidos que se oponen a los proyectos de Correa, quien, por otra parte, no posee diputados adictos en esta institución. Si cuenta con mayoría suficiente, uno de los primeros objetivos de la Asamblea será disolver el Congreso para acabar con una voz autónoma (si bien es cierto que deslegitimada) que pueda oponerse a su proyecto constitucional.
La importancia que Correa concede a la Asamblea se percibe en que fue el segundo decreto que firmó ya como Presidente y en que ha echado toda la carne en el asador en esta campaña: "jamás he negado que estoy en campaña (...) pasaré estos cuatro años en campaña contra la inmoralidad, contra la corrupción, contra la miseria y escuchen esto: en una campaña contra el derrotismo". En realidad los comicios de este domingo son un plebiscito sobre su figura y su gestión. Así se entienden sus amenazas de renunciar en caso de no contar con apoyos suficientes en la nueva Asamblea: "si ustedes creen que no lo hemos hecho bien, seguramente habrán elegido a los mismos de siempre en esa asamblea y aceptarán mi renuncia". En definitiva, Correa es consciente de que todo su capital político y su futuro depende de las elecciones de este domingo: "ahorita lo más importante es ganar la Asamblea. Es la madre de todas las batallas. Depende de ustedes". Por eso, además, se ha lanzado a hacer campaña proselitista repitiendo sus viejos argumentos: polarizar la votación entre lo que él representa "la nueva política" y las viejas prácticas de los partidos que dice combatir: "Hay una batalla diferente a la del sí o no... aquí van a ver muchos candidatos que se van a presentar como redentores, como resucitadores del pueblo ecuatoriano, cuando han sido sus sepultureros, pero creo que el pueblo ecuatoriano ha dado claras muestras de que ya no se deja engañar".
Correa ha inculcado al electorado que la Asamblea Constituyente posee por sí sola poderes taumatúrgicos. Que la reforma institucional traerá la felicidad y encontrará la solución a los problemas del país. Pronto, como está ocurriendo en Bolivia, la ciudadanía verá que una nueva constitución puede transformarse más en un quebradero de cabeza que en un pacto de gobernabilidad, sobre todo si se intenta hacer desde el sectarismo y la radicalidad y no desde el consenso. Y si algo ha evidenciado Correa en estos meses de gobierno es que donde más cómodo se encuentra es nadando en las aguas de la polarización y el enfrentamiento directos con sus rivales y adversarios, sean estos las viejas instituciones y caudillos (tales como el Congreso o León Febres Cordero), los nuevos líderes (Lucio Gutiérrez y Álvaro Noboa), los poderes locales (el guayaquileño Jaime Nebot), los medios de comunicación etc. Con todos ellos se ha enfrentado y con todos ellos lo volverá a hacer cuando trate de imponer (que no pactar) su carta constitucional. Esto no es una mera suposición. Sólo es necesario acudir a sus propias palabras, cuando pidió a los votantes "buscar a los mejores hombres y mujeres para que nos representen en la Asamblea Constituyente. Y, pueblo ecuatoriano, diferenciemos con sabiduría a los lobos, que se van a disfrazar de ovejas, de aquellos que solo buscamos sacar al país adelante y tener una patria para todos".
En ocasiones, "el sueño de la razón produce monstruos". Así ocurrirá si Correa trata de imponer su idea sin transar, sin pactar y dialogar; otras veces, "el sueño de la razón" engendra nimiedades: Ecuador suma a lo largo de su historia 19 asambleas constituyentes que no parecen que hayan tenido los poderes taumatúrgicos que Rafael Correa otorga al nuevo experimento constitucional que apadrina. La realidad es tozuda y no se cambia a golpe de decretos.
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