
Infolatam
Madrid, 19 de diciembre 2007
Especial para Infolatam.- " No sería nada sorprendente que Chávez ofreciera a Sarkozy una salida tentadora, de este estilo: las FARC llevan a los rehenes a Venezuela, donde podrían estar ya, y Caracas los entrega a una comisión internacional, en la cual participarían los franceses, los cubanos y, quizá, algunos otros. Saldrían ganando los rehenes, sin duda. En cambio, sería una derrota política para Uribe, el malo de la película, el que supuestamente intentó impedir la liberación de Ingrid Betancourt con su actitud firme ante las exigencias inaceptables de la guerrilla."
¿Qué pinta Francia metida en el avispero venezolano-colombiano, mandando mensajes a Chávez, Uribe y “Monsieur Marulanda”? La pregunta es obligada a raíz de la decisión del presidente Nicolas Sarkozy de involucrarse de manera muy activa en la negociación para la liberación de 45 rehenes de la guerrilla colombiana, empezando por Ingrid Betancourt. No es la primera vez que París interviene en este delicado asunto desde que las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) secuestraron, en febrero de 2002, a la ex diputada y senadora, que tiene también la nacionalidad francesa.
Un intento muy poco afortunado del gobierno francés de negociar con la guerrilla la entrega de Betancourt a espaldas de Bogotá había provocado, en 2003, un incidente diplomático entre los dos países. Los franceses hicieron el ridículo cuando una misión clandestina de rescate, con avión de transporte militar incluido, fue descubierta por las autoridades brasileñas, cerca de la frontera con Colombia. Detrás de esta chapuza estaba el entonces ministro de exteriores, Dominique de Villepin, que había sido profesor de Ingrid en el Instituto de Estudios Políticos de París.
Ahora, la estrategia ha cambiado. Y el cambio principal está en la personalidad hiperactiva del nuevo inquilino del Elíseo. Después de su éxito personal con la liberación de las enfermeras búlgaras detenidas en Libia, era lógico que Sarkozy se interesara por Betancourt. La política colombiana tiene dos hijos de un primer matrimonio con un diplomático francés y cuenta con el apoyo de unos comités de solidaridad muy activos en Francia. París asegura que se trata de una operación humanitaria para salvarle la vida, y lo es sin ninguna duda, pero el contexto de la negociación es altamente político. El asunto se ha vuelto urgente desde que aparecieron las terribles “pruebas de vida” (sería más adecuado hablar de muerte en vida) de los rehenes “canjeables” por guerrilleros presos, como si de un trueque de mercancías se tratara.
Sarkozy está aún más motivado en el caso colombiano que en el asunto de las enfermeras búlgaras, donde no había ningún ciudadano francés involucrado (pero, sí, petróleo y muchos contratos comerciales en juego). Por añadidura, si su intermediación tuviera éxito en Colombia, la imagen de Francia saldría reforzada en América Latina y eso siempre es bueno para los negocios.
Además del mensaje que Sarkozy ha dirigido a los rehenes, lo más impactante ha sido su llamamiento a “Monsieur Marulanda” para que el viejo caudillo, que dirige la narcoguerrilla colombiana desde hace más de cuarenta años – casi tantos como Fidel Castro gobierna “su” isla – liberara a sus presos antes de Navidad. Hasta ahora Sarkozy ha sabido decir no a ciertas ofertas sospechosas de Chávez, cuyo único objetivo es debilitar al presidente colombiano, Álvaro Uribe.
Ahora bien, ¿por qué Francia tendría éxito donde los demás no han logrado nada? Quizá, porque, a diferencia de España o EEUU, París no tiene presencia ni tampoco liderazgo en esa parte del mundo. Los gobiernos franceses no se han decantado a favor de Bogotá contra Caracas y La Habana, ni tampoco al revés. Han mantenido la equidistancia porque no tienen intereses importantes en la región y, por ende, no han pisado callos ni en un lado ni en el otro. No hay un contencioso colonial o imperial con París, que sí lo tiene en África.
Visto así, las FARC y sus aliados cubanos y venezolanos podrían dar satisfacción a Sakorzy para molestar a Madrid y Washington. El mensaje subliminal sería algo así, muy en la línea del bolivarianismo chavista: “Señores colonialistas e imperialistas, no los necesitamos ni les tenemos miedo”. Sin embargo, ¿por qué el trío del Caribe daría semejante satisfacción a un presidente que ha derrotado hace apenas unos meses a la candidata de la izquierda, Ségolène Royal? Este argumento ha perdido toda validez desde que hemos salido del enfrentamiento derecha-izquierda de la Guerra Fría. Ni “Monsieur Marulanda”, ni el moribundo Fidel Castro, ni el “heredero” de Bolívar piensan o actúan en esos términos: cualquier alianza es buena para golpear a Washington y a su principal aliado en la región, Colombia.
Es probable que Chávez y Cuba sean los que pinchan y cortan en esta negociación. Marulanda sólo ofrece la materia prima, o sea, los rehenes. Él no necesita nada. Tiene su propio ejército, un territorio importante bajo su control y, con el tráfico de cocaína, una fuente inagotable de dinero. En cambio, La Habana y Caracas precisan de una victoria política en un momento delicado para ambos. Cuba vive bajo la incertidumbre de un cambio de mando en medio de dificultades económicas muy graves, mientras Chávez acaba de recibir un varapalo con su referéndum constitucional. El hecho de que la guerrilla no sea el verdadero interlocutor en este asunto es, sin duda, una ventaja. Una negociación teledirigida desde La Habana tiene más probabilidad de llegar a un acuerdo, en particular si está implicado un país como Francia, que puede dar algo a cambio. Una revisión de la deuda bilateral, por ejemplo.
No sería nada sorprendente que Chávez ofreciera a Sarkozy una salida tentadora, de este estilo: las FARC llevan a los rehenes a Venezuela, donde podrían estar ya, y Caracas los entrega a una comisión internacional, en la cual participarían los franceses, los cubanos y, quizá, algunos otros. Saldrían ganando los rehenes, sin duda. En cambio, sería una derrota política para Uribe, el malo de la película, el que supuestamente intentó impedir la liberación de Ingrid Betancourt con su actitud firme ante las exigencias inaceptables de la guerrilla.
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