
Infolatam
Quito, 15 de mayo 2008
(Especial para Infolatam).-
"... la definición de una posición ecuatoriana se ha visto seriamente perjudicada por la presencia del presidente Chávez de Venezuela. Desde el primer momento, cuando fue el primero en romper relaciones con Colombia, asumió un papel central en un conflicto que solamente le afectaba de manera indirecta...Rafael Correa no marcó la distancia necesaria, lo que, junto a las indefiniciones señaladas antes, ayudó a construir una percepción de identidad o por lo menos de similitud con la posición del presidente Venezolano".
El presidente Correa ha decidido continuar en Europa con la política de democracia directa que ya le dio buenos frutos en los días más duros del enfrentamiento con Colombia. Buena parte del resultado relativamente favorable para Ecuador, especialmente en la reunión del Grupo de Río, se puede atribuir a la visita que realizó a los presidentes de Perú, Brasil, Venezuela, Panamá y Nicaragua. Sin embargo, ese esfuerzo y los que hizo posteriormente no han logrado mejorar la imagen internacional del país, afectada seriamente por las denuncias que ha hecho el gobierno del presidente Uribe a partir de la información obtenida en los computadores de Raúl Reyes. Una sombra de duda se mantiene en medios internacionales sobre la posición del gobierno ecuatoriano ante las FARC.
Por lo menos tres causas pueden explicar esas dudas. En primer lugar, el desequilibrio notorio entre la fuerte reacción frente a la incursión de las Fuerzas Armadas colombianas y la ausencia de una condena clara y terminante de la utilización del territorio ecuatoriano por parte del grupo terrorista. Fue necesario que transcurriera más de un mes desde los hechos del campamento de Angostura para que el presidente Correa y algunos voceros de su gobierno lo hicieran. Mientras tanto, sus acciones estuvieron llenas de equívocos y en general mostraron un vacío muy grande en ese sentido. Incluso en estos días, cuando se hace evidente el esfuerzo por cambiar esa imagen, se lanza una señal contradictoria al permitir la salida del país de las tres sobrevivientes (dos colombianas y una mexicana), sin una intención visible de seguir el respectivo proceso judicial.
En segundo lugar, el propio presidente Correa se ha encargado de enviar mensajes contradictorios acerca de las FARC y de su concepción del papel que le correspondería a Ecuador en la solución del conflicto colombiano. La evidencia más clara en este sentido se encuentra en la enumeración de las condiciones que se deberían cumplir para reconocer a las FARC como grupo beligerante, realizada por el Presidente a mediados de abril. Cuando parecía que se habían superado los momentos más graves del enfrentamiento verbal y diplomático entre los dos países, cuando la OEA comenzaba su acción encaminada a la reanudación de relaciones y sin que mediara justificación alguna, la explicación presidencial constituyó un paso en falso. Pudo haber sido muy válida para un análisis académico, pero el escenario del conflicto colombo-ecuatoriano es lo menos parecido a las aulas de la universidad privada de elite en que impartía sus clases el profesor Correa.
En tercer lugar, la definición de una posición ecuatoriana se ha visto seriamente perjudicada por la presencia del presidente Chávez de Venezuela. Desde el primer momento, cuando fue el primero en romper relaciones con Colombia, asumió un papel central en un conflicto que solamente le afectaba de manera indirecta. Sus declaraciones contribuyeron a agudizar el problema y sin duda influyeron en el alineamiento del gobierno de Nicaragua y en la crispación de los ánimos. Sin embargo, en la reunión de presidentes del Grupo de Río tuvo un papel moderador, que llevaba a pensar en que se convertiría en un factor de estabilización. No fueron necesarios sino pocos días para que retornara a su posición original y elevara el tono de las acusaciones en contra del presidente Uribe. Ante todo esto, Rafael Correa no marcó la distancia necesaria, lo que, junto a las indefiniciones señaladas antes, ayudó a construir una percepción de identidad o por lo menos de similitud con la posición del presidente Venezolano. Esta se fortaleció con la firma de los acuerdos de la cumbre alimentaria realizada en Managua y el anuncio de la posible entrada de Ecuador en ALBA, la iniciativa chavista de integración.
En esas condiciones, el viaje de Rafael Correa a Europa tiene un carácter básicamente defensivo. Es un intento, justificado por cierto, de mejorar una imagen deteriorada, pero que no resuelve el problema de fondo. Este se encuentra en la definición de una posición clara del gobierno ecuatoriana frente a las FARC y, por tanto, en la superación de los tres factores mencionados antes. La diplomacia directa puede ayudar mucho en ese sentido, pero será insuficiente si no está acompañada de un cambio radical en la política, no sólo en la imagen.
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