
El Tiempo
Bogotá, 28 diciembre 2008
"... La guerrilla acabó con media familia de la esposa, y los paramilitares con más de la mitad de la del marido. No solo asesinaron a papás, hermanos, tíos, sino que arrasaron sus bienes, los desplazaron, los condenaron a convivir con la zozobra y la pobreza, y tampoco encontraron en el Estado el refugio y la protección que merecían". (El Tiempo. Colombia)
"Son dos náufragos aferrados a sus hijos. Hay mañanas en que quisieran que no amaneciera, pero abren los ojos, respiran y siguen braceando para sacarlos a flote, para que los niños no repitan su mismo calvario. La guerra se cebó con ambos y el azar quiso unirlos años más tarde para afrontar juntos sus destinos. Sería imposible que alguien que no hubiera pasado por tanto sufrimiento comprendiera sus melancolías, la tristeza de sus miradas, la hondura de su desdicha.
La guerrilla acabó con media familia de la esposa, y los paramilitares con más de la mitad de la del marido. No solo asesinaron a papás, hermanos, tíos, sino que arrasaron sus bienes, los desplazaron, los condenaron a convivir con la zozobra y la pobreza, y tampoco encontraron en el Estado el refugio y la protección que merecían.
Escucho su historia en la penumbra de una casa humilde, en una población azotada por la violencia, y siento por ambos una admiración profunda. Ella rememora la noche en que, siendo niña, enterró a su mamá a escondidas, de forma apresurada, en un hueco abierto entre la maleza, con una hermana y un pariente como única ayuda, porque nadie se atrevió a contravenir la orden guerrillera de que dejaran botado el cadáver como a un perro. Él relata el horror de recoger a sus hermanos degollados, los primeros de una cadena sangrienta.
Hablan pausado, sin ira, armando con serenidad infinita el puzzle dantesco de su pasado; a veces se les enrojecen los ojos, a veces no hay emoción en sus recuerdos, como si evocaran una historia ajena. Han derramado tantas lágrimas y pasado en blanco cientos de noches de insomnio, aplastados por los recuerdos, que uno no acierta a descifrar cuándo es dolor lo que aún sienten y cuándo resignación por agotamiento.
Merecerían una reparación a lo Íngrid, un trato de héroes planetarios, de admirables seres humanos, que combaten a diario el desaliento y se esfuerzan por encontrar motivos para conservar la esperanza. Los violentos les arrebataron todo porque quisieron, sin razón alguna; los intentaron someter por las armas, borrar sus existencias, sus raíces, pero ni perdieron jamás la dignidad ante sus agresores, ni dejaron de luchar en solitario por seguir viviendo.
Son la cara de la resistencia silenciosa, anónima, valiente, del campesino que recibe todos los golpes y que no puede devolver ninguno. O que no quiere hacerlo, porque lo suyo es el azadón, las vacas, disfrutar de las inmensas praderas verdes salpicadas de árboles frondosos, de sus horizontes bellos, infinitos. Rechazan los fusiles, desprecian la venganza que no resucitará a sus muertos. Pero, en lo más íntimo de sus corazones, aunque dan por descartada la justicia porque nadie la impartió nunca con ellos, desearían que al menos les devuelvan lo que era suyo para ofrecer a sus hijos algo más que estrechez y carencias.
En Colombia hay millones de víctimas de la guerra y miles más que todavía la sufren en carne propia, que aguardan la devolución de los bienes perdidos, así sean destrozados y disminuidos, con una compensación para levantarlos de nuevo.
Es difícil medir el sufrimiento, quién padeció los peores mazazos, qué grupo fue más brutal con sus víctimas. Pero hay casos incontestables, urgentes, que exigen una actuación inmediata. Las autoridades deberían dar prioridad a quienes acumulan mayor número de tragedias, quienes necesitan sanar heridas más profundas.
No sé cómo podrían hacerlo, pero alguna fórmula debería establecerse. Claro que si no hay forma de que el Gobierno concierte con los grupos políticos una Ley de Víctimas que satisfaga a todos, menos lograremos que haya respuestas rápidas y concretas para los colombianos que recibieron los golpes más duros.
En todo caso, esa pareja admirable, ejemplo de dignidad y coraje, que tuve la inmensa fortuna de conocer, es mi Personaje del Año."
Articulo publicado en El Tiempo. Colombia
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