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Culiacán, 29 de mayo de 2008
Agazapados bajo sus camas, los vecinos de la calle Alba de Acosta, en Culiacán, capital del estado mexicano de Sinaloa, vivieron esta semana una pesadilla mientras en el exterior de sus casas una refriega acababa con la vida de siete policías a manos de sicarios.
Ni en la letra de un "narcorrido", la música que ensalza las supuestas hazañas de los "narcos", los habitantes de este barrio se hubieran imaginado un ataque entre sicarios y policías como el sucedido en la madrugada del martes en esta ciudad, considerada como la cuna de los jefes de estas bandas criminales.
Al número 1.100 de esa calle habían llegado poco antes de la medianoche del lunes una patrulla de la Policía Federal Preventiva (PFP) para realizar un registro, tras una denuncia anónima, cuando fueron recibidos con un tiroteo y granadas por un número aún indeterminado de sicarios.
Los escasos vecinos que dos días después se atrevían a hablar con la prensa lo hacían con la condición del anonimato para asegurar que el ya famoso domicilio aparentaba estar vacío y que desconocían a sus supuestos habitantes.
Sin embargo, según fuentes de la investigación, los disparos no sólo salieron de ese inmueble sino que procedieron también de un local situado enfrente y aparentemente abandonado, por lo que el ataque tuvo trágicas consecuencias para los siete policías.
En Culiacán, sus habitantes han convivido siempre con la violencia que este negocio conlleva pero nunca antes habían sido testigos de un ola tan sangrienta, que sólo en ese estado ha provocado más de 300 víctimas y un total de 1.500 en todo el país en lo que va de año.
"Tememos a los narcotraficantes pero también los registros policiales. No sabemos si los que van a entrar en la casa son unos u otros pero igual nos aterra", dijo un vecino a las puertas de su casa en la colindante calle de Cuitlahuac.
"En 40 años que llevamos viviendo aquí, nunca vimos nada semejante" apuntó su madre, una mujer de unos 60 años, quien recordó que en muchas ocasiones el silencio nocturno de Culiacán se rompe por sonidos de disparos pero nunca tan cerca, tan fuertes ni tan prolongados.
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