
Infolatam
Sao Paulo, 22 de marzo 2007
(Especial para Infolatam).- Casi tres meses después de su toma de posesión (la segunda), todavía no tiene cara el gobierno "Lula-2". Quedan por ser nombrados algunos ministros y secretarios de importancia relativamente menor, pero el retraso más significativo se dio en un sector clave, como lo es de Desarrollo, Industria y Comercio Exterior.
Clave porque "Lula-2" debería ser un gobierno volcado al desarrollo, después de una primera parte mucho más dedicada a la estabilidad. El crecimiento en los tres primeros años de Lula, de acuerdo con una nueva metodología adoptada por el Instituto Brasileiro de Geografia e Estatística (IBGE), divulgada el miércoles, fue de pobres 3,23% en promedio anual entre 2003/05, la peor performance en América Latina, con la excepción de Haiti (IBGE no divulgó, todavía, los datos sobre 2006).
El hecho de que Lula solo consiguió el jueves (y, todavía, extraoficialmente) un nombre para ese Ministerio-clave refleja una paradoja: Lula sigue siendo popular, pero los nombres más significativos del empresariado, invitados por él, no quieren estar a su lado. Primero, fue Jorge Gerdau Johannpeter, del poderoso Grupo Gerdau, gran patriarca del empresariado brasileño, pese a que él mismo se atribuya gran parte del mérito de que Lula haya adoptado un nuevo programa, el PAC (Programa de Acceleración del Crecimiento), como bandera de su segunda gestión.
Despues, rechazaron la invitación, sucesivamente, Abilio Diniz (Grupo Pão de Açúcar, uno de las grandes cadenas de supermercados de Brasil) y Maurício Botelho, presidente de Embraer, que es la joya de la corona en la industria brasileña. Nadie explicó las razones para no aceptar. Gerdau, en comentario informal con este periodista, sí ha dicho que "quien va al gobierno se acaba". Le repliqué que, bueno, Lula estaba en el gobierno y no parecía "acabado", así como el mismo Furlan, cuyo prestigio, ya razonable como ejecutivo del sector privado (Grupo Sadia, de alimentación), sólo creció en el gobierno, por el auge de las exportaciones en su período.
El presidente terminó por seleccionar a una persona que no es empresario, strictu sensu, sino un periodista, Miguel Jorge, vicepresidente ejecutivo del Banco Santander. Miguel Jorge trabajó siempre en las áreas de Comunicación o de Relaciones Institucionales de empresas como la Volkswagen y, en los últimos años, del Santander. Nada que ver, por lo tanto, con la experiencia de Furlan, de un gran grupo exportador. Sin explicaciones definitivas sobre las razones por las cuales nombres emblemáticos del sector privado preferieron no estar al lado de Lula, es razonable especular que pueden temer que la cara de "Lula-2" en vez de nueva sea más bien vieja, muy vieja.
El hecho es que el presidente transformó el PMDB en el principal eje de su nueva gestión, lo que le quita la cara, por la sencilla razón de que el PMDB no tiene cara. Es una colección de caciques regionales, incapaces de formular un programa de gobierno, al punto que, aunque es el partido de más implantación en todo el país, no tuvo candidato presidencial ni en el 2002 ni en el 2006. Y, cuando los tuvo, fueron humillados en las urnas.
El PMDB puede ser Roberto Requião, gobernador del Estado de Paraná, en el Sur, admirador de Hugo Chávez, pero puede ser también Delfim Netto, ministro de Economía en buena parte del período militar (1964/83), que tiene un horror incontrolable a todo lo que huela, aunque discretamente, a izquierda, populismo o parientes cercanos o lejanos. Entre uno y otro extremo, caben todos los matices en el partido que se quedará con cinco ministerios, precisamente los que más recursos presupuestarios manejan.
O sea, no es un proyecto de gobierno que atrae el PMDB al seno del "Lula-2" , sino las ventajas electorales que pueda sacar del hecho de estar en el aparato estatal, en cualquiera de sus expresiones (la Unión, los Estados o los municipios). Esa manera de hacer política es todo un clásico en Brasil. Por ende, no se puede decir que, con ese tipo de arreglo, Lula-2 tenga una cara nueva.
El caso del nuevo ministro de Agricultura, Reinhold Stephanes, es elocuente a propósito. Estuvo en gobiernos de distintos matices político-ideológicos, desde la dictadura militar hasta el gobierno Fernando Henrique Cardoso, del cual Lula decía haber recibido una "herencia maldita". Ahora, sin embargo, tiene como ministro a una persona que fue partícipe de la "herencia maldita". Peor: no es el único. Geddel Vieira Lima ya tomó posesión como ministro de Integración Nacional, después de haber sido uno de los líderes del gobierno Fernando Henrique y de haber pasado buena parte de los primeros cuatro años de Lula criticándolo con mordacidad.
En el Congreso, más descaracterización programática: los tres líderes del gobierno (en el Senado, en la Cámara de Diputados y en el Congreso) pertenecen a otros partidos, no son del PT, el partido de Lula. Y son, todos ellos, políticos a los que el PT, en sus viejos tiempos, definía (con razón, además) como integrantes de las "oligarquías regionales" del Norte/Nordeste, las regiones más atrasadas del país, atraso proveniente, en gran medida, de la acción (o inacción) de esas oligarquías.
Es cierto que el PT mantiene el mayor número de carteras en "Lula-2" , así como lo hizo en Lula-1. Pero ni están los históricos del partido ni los que están adoptan políticas acordes con los planteamientos del viejo PT. Ejemplo: Hacienda se mantiene con Guido Mantega, el economista que siempre acompañó a Lula en sus tiempos de oposición. Pero Mantega no controla ni uno solo de los tres instrumentos básicos de política económica. Las políticas monetária y cambiaria son decididas por el Banco Central, conducido por Henrique Meirelles (ex-BankBoston y ex-diputado electo precisamente por el PSDB, el principal partido de oposición a Lula). La política fiscal está atada y bien atada a un superávit primario (excluido el pago de los intereses por la gruesa deuda de Brasil) de alrededor de 4% del Producto Interno Bruto, como garantía a los acreedores de que no habrá "default" o nada por el estilo.
Bien hechas las cuentas, la cara de "Lula-2" es tan solo la del mismo Lula, todavía muy popular. ¿Por cuanto tiempo mantendrá la popularidad sin definir más claramente lo que va a hacer? La respuesta depende, más que nada, del grado de crecimiento de la economía. Lula anunció, ya en su primer año de gobierno (2003), un "espetáculo del crecimiento". No lo hubo. O lo entrega a partir de ahora o Lula-2 puede ser víctima de la "maldición de la reelección", que, en América Latina, asombró a todos los tres presidentes que la obtuvieron (Fernando Henrique Cardoso, Carlos Menem y Alberto Fujimori).
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