EL ANÁLISIS DE INFOLATAM

Los responsables de la crisis energética

 

Infolatam
La Paz, 24 de febrero de 2008


(Especial para Infolatam)

"... Brasil tiene que andar con cuidado. Una cosa es chocar con Bolivia, incluida ya en la lista de "proveedores poco confiables", y otra muy distinta querellarse con Argentina, cuyo gobierno podría llegar incluso a afectar los intereses de Petrobras en ese país. Esto demuestra, una vez más, que el acceso a la energía es un asunto de la máxima seriedad, en la que no caben más que los intereses...."

En la segunda mitad de los años noventa, mientras recibía inversiones extranjeras de alrededor de tres mil millones de dólares, Bolivia aparecía como la solución de los problemas energéticos de Sudamérica. Nuevos descubrimientos le habían permitido estimar reservas de casi 50 trillones de pies cúbicos (TCF), las principales de libre disponibilidad de la región. En el pasado, teniendo sólo el diez por ciento de esta cantidad, Bolivia había aprovisionado de gas al norte argentino por veinte años. En vísperas del nuevo milenio, el nuevo gasoducto que le permitiría llegar a San Pablo, el principal mercado brasileño, estaba listo. Las compañías hacían planes para tender mas tubos hacia el este y también hacia al oeste del país, al norte chileno, tan desesperadamente necesitado de la energía que le permitiera continuar impulsando el desarrollo de su país.

Todo esto se realizaba en un ambiente de libertad y seguridad para las empresas transnacionales que traían el dinero y se ocupaban de las labores. Cada una se esforzaba en ocupar un lugar más destacado que las otras y esto hacía que los proyectos y las iniciativas se sucedieran, tanto aquí como en Argentina, que también había descubierto mucho gas y se había convertido en proveedora del centro y sur chilenos.

A fines de los años noventa, las empresas hacían buenos negocios y obtenían grandes ganancias. El fantasma de la crisis energética parecía haber sido conjurado, pero en pocos años la situación cambió radicalmente. El sistema se resquebrajó por el lado político. Las facilidades concedidas por los gobiernos de entonces para asegurar la inversión fueron crecientemente criticadas por la población y la izquierda, hasta el punto de hacerse insostenibles. Y entonces sonó la hora del nacionalismo. En Argentina los precios de los hidrocarburos fueron congelados, esto disminuyó las inversiones y esto, a su vez, dejó al desnudo que la política de los noventa de exportar grandes volúmenes de gas a Chile había sido irresponsable. Se comprobó que el gas argentino no alcanzaba para abastecer el mercado interno del país, uno de los más "gasificados" del mundo, y para seguir vendiéndose a Chile. Comenzaron los racionamientos internos y externos.

En Bolivia la situación se tornó aún peor. Una feroz crítica social a las empresas petroleras y a sus ganancias extraordinarias terminó en un alza de los gravámenes petroleros en un 270 por ciento, la renegociación de los contratos y un decreto de nacionalización que si bien no se ha cumplido hasta ahora, pende como una espada por encima de la cabeza de las empresas. En el proceso, como era previsible, la inversión se detuvo en seco, las reservas probadas (que dependen de las inversiones que se realizan en explotación) bajaron a algo más de 20 TCF y Bolivia llegó finalmente al estado actual, en el que ya ni siquiera puede cumplir los nuevos contratos de exportación de gas que ha firmado luego del que suscribió con el Brasil.

El más importante de estos nuevos contratos beneficia a la Argentina, que así quiere contribuir a resolver los racionamientos. El gobierno de Evo Morales lo aprobó pese a la carencia objetiva de gas, quizá obnubilado por la promesa del ex presidente Néstor Kirchner, quien dijo que la estatal argentina Enarsa invertiría grandes sumas en Bolivia. Claro que, dada la precariedad de Enarsa, esta promesa era obviamente retórica.

Se supone que Bolivia le venda a Argentina por lo menos 7,7 millones de metros cúbicos diarios de gas, a un precio casi un dólar superior al que paga el Brasil. A pesar de este incentivo, Bolivia no ha podido enviar al sur más que la mitad de este volumen. La razón es sencilla: actualmente el país sólo puede producir algo menos de 40 millones de metros cúbicos diarios, de los cuales 29 van al Brasil y siete se usan en el mercado interno.

La presidenta Cristina Fernández, enfrentada al espectro de un próximo invierno sin calefacción en los hogares, está presionando a Bolivia y Brasil para acordar una nueva distribución del gas disponible (ya que su incremento es una cuestión de mediano plazo) y mejorar la posición argentina. Bolivia estaría más que dispuesta a llegar a un consenso que le permitiera disminuir la parte brasileña en beneficio de Argentina y así eludir las multas que pueden cobrarle ambos países por no cumplir sus compromisos (compromisos que, igual que la Argentina de Menem con Chile, la Bolivia de Morales aceptó irresponsablemente). Sin embargo, Brasil no quiere ni oír hablar del asunto. Está previsto que el año 2008 haya sequía en el noroeste brasileño, lo que disminuirá la capacidad hidroeléctrica del país, y el desarrollista Lula está empeñado en mantener el ritmo de crecimiento de su país por sobre todas las cosas.

Brasil tiene -también esta vez- la sartén por el mango. Sus inversiones son las que mantienen en funcionamiento la parte principal de la industria petrolera boliviana y en el pasado Petrobras ha pagado sumas importantes a Bolivia por no haber comprado la cantidad de gas que establece el contrato entre ambas partes (las multas se generan por las fallas del vendedor o del comprador). En cambio, Argentina tuvo algunos incumplimientos cuando Bolivia la proveía en los años setenta y ochenta.

Pese a ello, Brasil tiene que andar con cuidado. Una cosa es chocar con Bolivia, incluida ya en la lista de "proveedores poco confiables", y otra muy distinta querellarse con Argentina, cuyo gobierno podría llegar incluso a afectar los intereses de Petrobras en ese país.
Esto demuestra, una vez más, que el acceso a la energía es un asunto de la máxima seriedad, en la que no caben más que los intereses. Recordemos cuántas guerras se han producido por esto mismo.

En Sudamérica estamos muy lejos de una guerra, gracias a Dios, pero no cabe duda de que sin necesidad, por razones ideológicas y por carencia de buenos dirigentes, nos hemos complicado mucho las cosas. Los privatizadores "salvajes", que con sus políticas permitieron el retorno triunfal de los nacionalistas, y éstos, que ocuparon el último lustro en redistribuir la riqueza del gas olvidando la necesidad de crearla, son los responsables de la crisis energética que está en las puertas.

 
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