
Infolatam
México, 26 de agosto 2008
(Especial para Infolatam).-
"La estrategia de López Obrador se mantiene inalterable: no negociar, no colaborar, sabotear las discusiones; a cada paso, los demás miembros del partido ven deteriorarse su imagen ante la opinión pública y ven también reducida a la nada su capacidad de influencia, en beneficio del PRI, que puede poner un precio muy alto a su colaboración con el PAN."
La crisis del Partido de la Revolución Democrática es acaso más estridente, más larga de lo que se podía haber imaginado, pero no es una sorpresa. En 2006 el partido obtuvo el mejor resultado electoral de su historia, se convirtió en la segunda fuerza en el Congreso y retuvo, con mayoría absoluta, el gobierno del Distrito Federal, pero perdió por escaso margen la presidencia de la república. En ese resultado está el conflicto. El partido entero estuvo durante la campaña subordinado al candidato, López Obrador, que impuso a su gente de confianza, impuso su retórica, su programa y su estrategia, por encima de grupos, tendencias y líderes históricos, como Cuauhtémoc Cárdenas; la derrota lo dejó en una posición vulnerable, sin ningún poder real en el partido y sin recursos, fuera de su popularidad y la lealtad de sus más cercanos.
En una estrategia que no es difícil de entender, López Obrador decidió radicalizar su discurso, polarizar el espacio político para mantener su autoridad sobre la base del partido. Apoyándose en una denuncia intransigente del fraude electoral exigió a los militantes -también diputados, senadores, gobernadores-que se negaran a reconocer al presidente Calderón y se rehusaran a cualquier forma de colaboración o diálogo con el gobierno federal. Era algo imposible de sostener, salvo para él mismo, que no tiene ningún cargo ni responsabilidad política; pero la exigencia, insistente, expresada en drásticos términos morales, situaba a todos los demás en una posición comprometida: tenían que subordinarse y perder toda eficacia política, o arriesgarse a ser tachados de traidores.
El conflicto estaba servido. No ha hecho más que acentuarse con cada iniciativa de ley que se presenta en el Congreso. La estrategia de López Obrador se mantiene inalterable: no negociar, no colaborar, sabotear las discusiones; a cada paso, los demás miembros del partido ven deteriorarse su imagen ante la opinión pública y ven también reducida a la nada su capacidad de influencia, en beneficio del PRI, que puede poner un precio muy alto a su colaboración con el PAN. La tensión llegó al límite en la elección de la dirigencia del partido, que enfrentó al candidato de López Obrador, Alejandro Encinas, con el del sector, digamos, pragmático, Jesús Ortega: fue un proceso tan extraordinariamente turbio que sólo dos meses después pudieron ofrecerse resultados parciales de la cuenta de un millón de votos, y el Consejo Nacional prefirió nombrar a un dirigente interino. Ninguna de las dos partes quiere una escisión, aunque la convivencia sea imposible, porque el registro oficial del partido ofrece un abundantísimo subsidio, indispensable para enfrentar la elección del año que viene.
Ninguna de las dos partes -y acaso sea el origen de muchos problemas-tiene un programa claro, nada que sea reconocible como alternativa de izquierda. El sector pragmático tiene el control de los aparatos del partido y de la mayoría de los legisladores, pero no tiene por ahora ningún líder equiparable a López Obrador: a falta de otra cosa, trata de capitalizar su actitud "responsable"; los obradoristas tienen al líder, una retórica de populismo clásico, y tienen la calle, mediante una extensa red de lo que habría que llamar "clientelas administrativas": vendedores ambulantes, organizaciones de taxis sin licencia, colonos, invasores de tierras, es decir, grupos que necesitan la tolerancia de las autoridades del Distrito Federal, que sigue siendo leal a López Obrador.
Es difícil aventurar un pronóstico. En este momento, en las encuestas de opinión el PRD aparece en un remoto tercer lugar, tras el PRI y el PAN; López Obrador, que todavía es enormemente popular en algunos sectores, es el líder político peor valorado y el que inspira mayor y más intensa animadversión. Se antoja inevitable un descalabro mayúsculo en la elección de diputados de 2009. No obstante, la crisis final llegará sólo cuando haya que elegir al candidato para la próxima elección presidencial, de 2012. Todo dependerá entonces de la habilidad -y la ambición-del actual jefe de gobierno del Distrito Federal, Marcelo Ebrard, que todavía subsidia la aventura de López Obrador, pero tendrá entonces su única oportunidad de aspirar a la presidencia de la república.
Mientras tanto, la oposición de izquierda en México es el PRI.
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