EL ANÁLISIS DE INFOLATAM

La disminución de la pobreza y la desigualdad social

 

Infolatam
Buenos Aires 14 de marzo 2006


La ola de gobiernos de orientación centro izquierda o populista, que va creciendo en toda América Latina, trae en su agenda un tema común a todos ellos: la equidad social. Los distintos gobiernos plantean distintas políticas específicas al respecto -en buena medida, dependiendo de las circunstancias de cada país-, pero el eje es central en todos esos programas de gobierno. Sin embargo, la conceptualización del problema está lejos de ser formulada en términos similares en cada caso.

En la Argentina, por ejemplo, se está planteando un debate público sumamente interesante: mientras para muchos el problema prioritario es cómo disminuir la pobreza, hay quienes subrayan que -al menos en términos ideales- el objetivo a buscar debería ser disminuir la desigualdad, acortar la brecha entre los que tienen más y los que tienen menos. Estos últimos señalan, con fundamentos ciertos, que el proceso que tiene lugar en este ciclo de crecimiento de la economía argentina está efectivamente disminuyendo los índices de pobreza pero a la vez está aumentando aquella brecha; o sea, hay menos pobres pero hay más desigualdad.

En los hechos, mientras en los últimos años los ingresos de los trabajadores formales empleados en la economía privada han aumentado significativamente por encima de la inflación, el ingreso de los informales y de los más pobres corre bastante por detrás de los aumentos de precios. Por otra parte, la participación de la masa salarial en el ingreso nacional es sustancialmente más baja que algunas décadas atrás. Eso no significa que los más pobres son aun más pobres que hace tres años: el desempleo ha disminuido notablemente y el trabajo ocasional o a destajo ha aumentado, lo que significa mayores ingresos por familia pobre. Pero quienes están más arriba en la escala social han mejorado mucho más aun.

Quienes ponen el acento en la disminución de la pobreza razonan en términos paretianos: cualquier situación donde algunos mejoran y otros empeoran es subóptima comparada con una situación donde algunos mejoran mucho y otros poco pero nadie está peor que antes. La disminución del número de pobres se acerca al óptimo, aunque la riqueza de otros aumente mucho. En ese enfoque, el crecimiento del ingreso por habitante -el desarrollo económico- es visto como el camino más seguro para lograr una disminución gradual de la pobreza.

Quienes ponen el acento en la equidad distributiva rechazan la lógica paretiana; tampoco ven con tanta confianza el crecimiento económico per se. Más bien insisten en que la calidad de una sociedad se mide en términos de la igualdad de oportunidades para todos sus miembros; a más desigualdad social, sostienen, tanto más desiguales son las oportunidades, tanto más resquebrajado crece el tejido social, tanta menor cohesión en los vínculos comunitarios. No está claro cual es el modelo empírico de estos igualitaristas: mientras algunos apuntan a las sociedades escandinavas, donde la brecha entre los más ricos y los más pobres es bastante reducida, otros parecen estar pensando en las sociedades donde se iguala en la pobreza, como Cuba. En otras palabras, puede haber igualdad habiendo desparecido la pobreza y puede también haber igualdad habiendo muchos pobres.

Los estudios de opinión pública en casi todos los países sugieren una misma tendencia: la gente más pobre aspira a salir de la pobreza, no a reducir la brecha que los separa de los más ricos. Pero, desde luego, la opinión pública no es necesariamente el mejor criterio para establecer estándares de filosofía social. Por ejemplo, no porque una mayoría circunstancial esté a favor de la pena de muerte ha de considerarse filosóficamente legítimo establecer esa institución.

El mayor problema que presenta el igualitarismo actual es menos filosófico que práctico. ¿Cómo puede avanzarse hacia el objetivo de más igualdad distributiva sin poner en riesgo que efectivamente se logre disminuir la pobreza? Un dilema muy concreto es el de la política impositiva: una política progresiva es vista a menudo como el mayor instrumento de igualación social. Está claro que una política tributaria excesivamente progresiva puede desalentar la inversión y conspirar así contra las tasas de crecimiento; su efecto indeseado bien podría ser entonces que no disminuye el número de pobres sino el número de ricos, logrando mayor igualdad sin reducir la pobreza.

El igualitarismo empieza a perfilarse en algunos países latinoamericanos como una alternativa ideológica a los gobiernos de centro izquierda que buscan promover el crecimiento de la economía, la inversión y el empleo. En esta perspectiva, se emparenta con la emergente ola ambientalista, que también relega el objetivo del crecimiento a un plano secundario en aras de otros valores relacionados con la calidad de vida.

Una variante novedosa de las preocupaciones igualitaristas es la que están expresando los nuevos gobernantes como Michelle Bachelet o Evo Morales. Ellos están hablando de mejorar la igualdad en variables ajenas al ingreso; por ejemplo, el género en el caso de la presidenta de Chile, las etnias en el caso de Bolivia. En esos planos, el igualitarismo bien puede actuar como un factor correlacionado con el crecimiento. En cambio, gobiernos como el de Kirchner, el de Lula y muy claramente ahora el de Tabaré Vázquez, parecen haberse despojado de inquietudes igualitaristas y están buscando más decididamente crecimiento y disminución de la pobreza, sin preocuparse por cuánto se enriquecen los más ricos.

 
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