
Infolatam
La Paz, 30 de julio 2007
(Especial para Infolatam) .- "... El gobierno de Evo Morales... se esfuerza para tratar de limitarla - (la Asamblea) - para sacar de su vista asuntos tan espinosos como la organización de las fuerzas militares y policiales, o el cambio de sede de gobierno de La Paz a Sucre, porque una decisión en uno u otro sentido podría terminar en batalla campal".
Los bolivianos prefieren el “modelo Rousseau de democracia”, es decir, la clase de democracia que se organiza para transferir directamente el poder a la gente. Este modelo proviene de la tradición teórica que considera que la preocupación central de la política debe ser “¿quién gobierna?”. Una pregunta que se remonta a Platón y que los bolivianos (en especial los de izquierda) tienden a responder con “el pueblo”. Esta preferencia cultural es la que explica el hecho de que una medida de los años noventa llamada “participación popular”, que complementa en los municipios la democracia representativa oficial con mecanismos de deliberación directa de los pobladores, hubiera sido tan aplaudida desde sus inicios.
La democracia directa es aparentemente superior a la representación, esto es, a la intervención de los dirigentes entre los votantes y las decisiones públicas. El problema está en que no es posible aplicarla más que en colectividades muy pequeñas. En cambio, si éstas son numerosas y complejas, la democracia participativa o es imposible, o se convierte una simple estratagema para posibilitar el gobierno de una clase, de un partido o de un caudillo que, a falta de un pueblo efectivamente deliberante, se atribuyen este nombre para gobernar por cuenta propia.
La inclinación de los bolivianos, y en general de los latinoamericanos, por la democracia a lo Rousseau, ha sido el caldo de cultivo de toda laya de déspotas y tiranuelos. Puesto que la cuestión central sería quién gobierna, no faltan candidatos que, llamándose “pueblo”, se postulan como los más idóneos para ello. Perón, Velasco, el primer Paz Estenssoro, los sucesivos dirigentes del PRI, Chávez, etc. Ninguno de estos caudillos, ni otros, dudará en alterar las reglas y las instituciones de la democracia representativa, e incluso en armarse en contra de ella, en nombre de una “democracia superior” que ponga al pueblo en el poder, sin más vueltas. En el fondo esto siempre ha significado una democracia que asegure el dominio sin vueltas de los caudillos.
Conscientes de ello, los legisladores bolivianos de 1967 prohibieron como un delito (sedición) el atribuirse “la soberanía del pueblo”, una prohibición que la Constitución mantiene hasta hoy. A pesar de ello, este delito, así como su trasfondo histórico y teórico, han quedado olvidados. Nada es tan común hoy en Bolivia como ver a una “reunión de personas” atribuyéndose la soberanía del pueblo.La Constitución del 67 estaba redactada según el modelo liberal de democracia, cuyo fundamento teórico, que se remonta a Locke y Montesquieu, tiene como el problema más importante de la política no “quién gobierna”, sino “cómo evitar o abreviar los malos gobiernos”. Y da como respuesta un sistema de contrapesos, procedimientos y plazos que en funciona en la mayor parte del mundo occidental y (esto es importante) en todos los países desarrollados.
Hoy, nuestra Constitución suma a la vía de los representantes otras vías más directas de deliberación: “la Asamblea Constituyente, la iniciativa legislativa ciudadana y el referéndum”. Es una Constitución más próxima a Rousseau, pero todavía no admite que quienes no tienen las firmas, los votos o los resultados de su parte se consideren “el pueblo”. En este momento nadie sabe qué clase de Carta Magna redactará la Asamblea Constituyente que está a punto de prorrogar su labor más allá del año que se concedió de inicio.
Toda clase de ideas se han discutido y no son las menos extravagantes las que parecen mayoritarias. Puede decirse sin exageración que se trata de una “Asamblea de Pandora”, al punto de que el gobierno de Evo Morales, que al inicio de esta historia pedía para ella “poderes sin límite”, ahora se esfuerza para tratar de limitarla, para sacar de su vista asuntos tan espinosos como la organización de las fuerzas militares y policiales, o el cambio de sede de gobierno de La Paz a Sucre, porque una decisión en uno u otro sentido podría terminar en batalla campal.El final de la Asamblea es un misterio. Pero algo resulta indudable: si llega a aprobar una nueva Constitución, cualquiera sea ésta, estará inspirada por el autor de El contrato social y legalizará la tradicional inclinación política de los bolivianos.
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