
Infolatam
La Paz, 5 de agosto 2007
(Especial para Infolatam) .- "... La ausencia de una estrategia de concertación en cualquiera de los dos grupos en que está dividida la Asamblea no solo expresa los rasgos autoritarios de la cultura política boliviana; también responde a una profunda contraposición de dos visiones del país y de la reforma constitucional".
"Este 6 de agosto la Asamblea Constituyente cumplirá el año que se le concedió para redactar una nueva Constitución boliviana. No lo ha conseguido, eso en primer lugar. Desde el principio, la mayoría oficialista en la Asamblea (137 de 255, el 54 por ciento) pretendió imponerse sobre los otros grupos que, por su parte, se resistieron. Ocho meses de doce, entonces, se gastaron en discutir el sistema de aprobación del texto constitucional, para el cual el MAS consideraba suficiente el 50 por ciento más uno de los votos, por las razones obvias, en tanto que la oposición pedía dos tercios, a fin de hacer valer su presencia en el cónclave.
Ocasionalmente, el oficialismo recurrió al método que es la marca característica de su estilo político: la organización de protestas para presionar a los representantes, que esta vez no le dio resultado y, en cambio, empujó a sus adversarios, fuertes en los departamentos del oriente y sur del país (la "media luna"), a movilizarse también. Todo lo cual, como es lógico, complicó en lugar de allanar el camino de la Constituyente.
Al final, el MAS debió ceder ante su adversario, aunque logrando algunas concesiones de éste. Se aprobó entonces un reglamento de debates de consenso que permitió el tratamiento inicial de los temas de fondo. Pero en el segundo periodo al que esto dio lugar, la mayoría oficialista nuevamente maquinó para imponerse, por ejemplo impidiendo que la oposición cívico-política que expresa a la "media luna" pudiera introducir sus propuestas a la plenaria de la Constituyente. En lugar de eso, apoyó los proyectos indigenistas radicales.
Pero este segundo intento de forzar una resolución de las cosas tampoco prosperó.
La oposición introdujo a la discusión el tema de la capital del país, que se disputan Sucre y La Paz, y se produjeron en ambas ciudades sendas concentraciones que, igual que ya había ocurrido antes, hicieron más difícil, no más fácil, que la Asamblea encontrara la forma de concretar su trabajo. Al mismo tiempo el oficialismo, obligado por la necesidad de ampliar el mandato de la Constituyente hasta diciembre de este año, es decir, por tres meses adicionales, tuvo que moderar sus agresiones contra la oposición y llegar a un segundo acuerdo para salvar su principal instrumento de reforma política.
Esta ha sido, pues, la historia cíclica de la Asamblea: la mayoría de sus miembros tratando de convertirla en un instrumento propio (en buena parte por la dinámica espontánea de sus grupos internos, que es incontrolable), fracasando en el intento, y entonces retrocediendo un poco y llegando a acuerdos que, al cabo de un breve tiempo, romperá o tergiversará embargada nuevamente por la ilusión de prescindir del adversario. Ilusión ésta que alimentan los grupos de presión externos y las facciones más radicales de la propia mayoría. Este último acuerdo, por ejemplo, que amplía la Asamblea y da algunas garantías de resolución democrática de las discrepancias, de inmediato fue objetado por los indigenistas que hasta ayer estaban aliados con el MAS, porque saca los proyectos constitucionales de éstos de la plenaria, a fin de hacer lugar para que entren, en sustitución, los de la "oposición de derecha".
La ausencia de una estrategia de concertación en cualquiera de los dos grupos en que está dividida la Asamblea no solo expresa los rasgos autoritarios de la cultura política boliviana; también responde a una profunda contraposición de dos visiones del país y de la reforma constitucional. Cuando se piensa tan diferente, la probabilidad de llegar a acuerdos "híbridos" o "de mínimos" es muy baja.
La Representación Presidencial para la Asamblea Constituyente ha hecho un análisis de las 80 principales propuestas realizadas por los partidos y las organizaciones sociales (Asamblea y proceso constituyente, 2007). Uno de los autores de este estudio, José Luis Martínez, concluye lo siguiente de su lectura:
"a) En primer lugar, se manifiesta una profunda desconfianza hacia varias de las instituciones, mecanismos, principios y valores fundamentales de la tradición democrática liberal: representación, sistema de partidos, poder judicial, libertad... Este rechazo del constitucionalismo clásico y de la democracia liberal es generalizado entre los movimientos sociales latinoamericanos y se traduce en la formulación de principios e instituciones alternativos, es decir, en la reinvención del lenguaje constitucional...
"b) En segundo lugar, las luchas de los movimientos sociales se conciben como resistencias frente a la concepción del mundo liberal-mercantilista, caracterizada por el individualismo, la soberanía estatal frente a la soberanía popular y la autonomía del mercado respecto de las esferas social, cultura y política. Este posicionamiento discursivo representa, más allá del rechazo del régimen constitucional liberal, un serio cuestionamiento del sistema de Estado y del sistema capitalista que se apoya en una serie de teorías sociales, políticas, económicas y en un conjunto heterogéneo de corrientes de pensamiento crítico...
"c) Por último, una paradoja aparente: el recurso a la Asamblea Constituyente y a la Constitución como instrumento de cambio. En efecto, a la vista de lo anterior, resulta paradójico pretender la revolución del orden vigente mediante el recurso a un mecanismo -la Asamblea Constituyente- cuyo objetivo es la redacción de una nueva Constitución. Las tensiones de esa paradoja se vienen manifestando y seguirán haciéndolo a lo largo de todo el proceso."
Las dificultades de la Asamblea, pues, son propias del esfuerzo antinómico de realizar una ´revolución en democracia´."
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