
Infolatam
Santiago, 29 de agosto de 2007
(Especial para Infolatam) ".. el de Michelle Bachelet, que es por lejos el que ha realizado una crítica más frontal contra el modelo neoliberal, es también por lejos el que lo ha abrazado con mayor ortodoxia en el plano de las políticas macroeconómicas".
No obstante suscribir recetas neoliberales, el gobierno de Michelle Bachelet miró con simpatía las expresiones de rechazo al modelo económico.
La de ayer no es la primera protesta contra el gobierno, el modelo económico, la situación imperante o las apreturas que padecen los que tienen menos, y todo indica que tampoco será la última. Pero el movimiento de rechazo al neoliberalismo convocado en Chile por la Central Unica de Trabajadores, agrupación de sindicatos que reúne a menos de 15 mil trabajadores, y apoyado por distintos actores sociales, sí podría ser una de las singulares desde el momento en que contó con las simpatías de algunas autoridades del propio gobierno. La gran ironía estriba sin embargo en que, de los cuatro gobiernos que la Concertación le ha dado a Chile a partir de 1990, el de Michelle Bachelet, que es por lejos el que ha realizado una crítica más frontal contra el modelo neoliberal, es también por lejos el que lo ha abrazado con mayor ortodoxia en el plano de las políticas macroeconómicas. El hecho forma parte del tartufismo político que se ha venido haciendo presente en la escena pública chilena en los últimos años y pertenece a la esfera de los misterios de nuestra historia. Efectivamente, para una fracción importante de la población es cada vez más difícil entender que la coalición gobernante, ferozmente crítica del modelo económico en los tiempos de la dictadura, no lo haya desmantelado cuando accedió al poder hace 17 años, al menos en los términos en que se había comprometido a hacerlo.
Aunque se desarrolló según un libreto ya conocido y dentro de las proporciones que estaban previstas –piquetes de manifestantes en distintos barrios, especialmente en las zonas céntricas, episodios de gran violencia urbana, actuación de grupos violentistas procedentes del lumpen, apedreo de buses, bombas molotov y choques frontales con carabineros, desórdenes en la periferia hasta bien entrada la noche– la protesta de ayer se inserta en una dinámica que es diferente.
Desde hace dos meses hay signos de intranquilidad en el frente laboral, el país ha visto conflictos serios en algunas empresas (Celco, Codelco, Agrosuper y serían varias más las que están en capilla) y el presidente de los obispos chilenos, monseñor Alejandro Goic, exhortó a las empresas que pudieran hacerlo a pagar un “salario mínimo ético” que prácticamente duplica el monto del mínimo legal. A su planteamiento siguió un acalorado debate público sobre las brechas sociales que puso en evidencia, primero, que a la Iglesia chilena le va bastante mejor hablando de temas económico-sociales que de asuntos relacionados con la moral sexual y, segundo, que Chile, no obstante su sostenido desarrollo durante más de 20 años, sigue teniendo estándares de país tercermundista en lo que se refiere a niveles de ingreso, calidad de su fuerza laboral, productividad de la mano de obra no calificada y bajos niveles de escolaridad sobre todo entre los mayores de 50 años. En estos y otros factores, no en el modelo económico, están muchas de las razones que explican que alrededor de la mitad de los trabajadores chilenos tenga salarios inferiores a los 340 dólares mensuales. Obviamente que la cifra es baja y describe hasta qué punto Chile, no obstante sus progresos, sigue teniendo subidas cuentas pendientes con la pobreza y la equidad.
Es difícil establecer cuál será el curso de las fuerzas que se han puesto en movimiento. Parece difícil que el gobierno tire el modelo por la borda. Pero es muy probable que en adelante se la juegue más resueltamente por aumentar los niveles de sindicalización de la fuerza laboral, del orden del 13% en la actualidad, y logre destrabar de sus propia inercias el programa de protección social con que Michelle Bachelet llegó a La Moneda. El superávit que el fisco ha estado acumulando y los enormes excedentes generados por el alto precio del cobre, que el ministro de Hacienda tiene depositados en el exterior, le dan a la administración un cierto margen para activar su agenda social. Para quienes protestaron ayer, esto seguramente es poco y de seguro vendrán nuevas protestas. Lo que no está tan claro es que personeros de gobierno vuelvan a sentirse interpretados por ellas.
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