Infolatam
Salamanca, 18 de octubre 2006
"El camino a la segunda vuelta no será sencillo. Se espera radicalización ideológica, campaña sucia y polarización. En un contexto tan fragmentado como el ecuatoriano, cualquiera de los dos candidatos tendrá que construir alianzas con los partidos a los que tanto han criticado."
Los ecuatorianos votaron mayoritariamente por dos candidaturas: la del multimillonario de derecha, Álvaro Noboa, y la del economista de izquierda, Rafael Correa, quienes se disputarán la presidencia del país en una segunda vuelta el próximo 26 de noviembre. Ambos representan opciones ciudadanas, por fuera de la clase política tradicional, han hecho campaña de manera populista y clientelar y, en el caso de Correa, con un feroz (e iluso) discurso antisistema, como fue su propuesta de que los ciudadanos votaran nulo al elegir diputados o la amenaza de decretar el cierre del Congreso en caso de ganar.
Mientras Correa ofrecía reforma política, Noboa hacia efectiva la vieja promesa de "Pan, Techo y Empleo" o, como diría el derrocado presidente Abdalá Bucaram, Jama, Caleta y Camello. El de Noboa fue un voto pluriclasista, el de los muy ricos y el de los más pobres (en un país donde casi el 60% de la población nacional lo es), asentado en una efectiva campaña "puerta a puerta", en la que personalmente entregó bienes materiales, desde créditos personales a microempresas, ordenadores, comida o dinero en efectivo. Su éxito además estuvo en la capacidad de controlar los esquemas de movilización electoral de los partidos costeños, como la compra de voto y el clientelismo, lo que dejó a los roldosistas y a los socialcristianos sin sus bases de apoyo social (por lo menos en esta ocasión).
El camino a la segunda vuelta no será sencillo. Se espera radicalización ideológica, campaña sucia y polarización. En un contexto tan fragmentado como el ecuatoriano, cualquiera de los dos candidatos tendrá que construir alianzas con los partidos a los que tanto han criticado. Sin dudas Noboa lo tiene más fácil, debido a su pragmatismo. En estos años no ha tenido problema de negociar con unos y otros, aún cuando a largo plazo esas alianzas no le beneficiaran.
La competencia ha puesto a los ciudadanos en una disyuntiva peligrosa: elegir entre un supuesto cambio político radical (a golpe de Correa), que permitiría colocar a Ecuador en el eje geopolítico chavista, o la promesa de la defensa de la estabilidad económica, mediante el mantenimiento del esquema de la dolarización, vigente desde el año 2000.
La sorpresa de la elección ha sido el apoyo a Gilmar Gutierrez y el Partido Sociedad Patriótica, fundamentalmente en algunas provincias de la Sierra (Bolivar, Chimborazo o Cotopaxi) o la Amazonía, donde tras la gestión de gobierno de su hermano Lucio, se gestaron fuertes redes clientelares asociadas a la distribución de comida entre la gente más pobre, lo que contribuyó a tejer una base social que se ha traducido en las urnas. No es de extrañar que ese éxito haya dado el "tiro de gracia" al Movimiento indígena Pachakutik (MUPP-NP), uno de los principales perdedores de la contienda.
Gane quien gane en la segunda vuelta lo más probable es que no pueda gobernar. Si triunfa Noboa, los "forajidos" volverán a las calles. Si gana Correa, salvo coaliciones en este momento inimaginables -pero no imposibles-, los patricios guayaquileños y otros grupos de poder alimentarán aún más la ingobernabilidad.
Por tanto, estas elecciones no parecen haber servido para dar respuesta a los graves problemas que vive el país. Correa o Noboa significan más de lo mismo en términos de populismo o discurso antiinstitucional. Correa no tendrá diputados en el Congreso (ya que decidió no presentar lista en estas elecciones) y Noboa no conseguirá mayoría legislativa, lo que hará que el próximo presidente sea bastante débil, lo que alimentará la espiral de crisis a la que Ecuador nos tiene acostumbrados.
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