
Infolatam
Bogotá, 16 de agosto 2007
(Especial para Infolatam) .- "...Por un lado, se seguirá financiando la compra de sofisticado equipo bélico que satisfará las ambiciones más extravagantes del generalato venezolano. Por otra parte, se construirán milicias que darán al régimen una herramienta adicional para reprimir a la cada vez más débil oposición. Entonces, ¿hacía donde va la doctrina militar venezolana? Probablemente, hacia la combinación de lo peor de los dos mundos posibles. Pero eso no debería ser una sorpresa tratándose de Hugo Chávez."
El proyecto anunciado por el presidente Chávez de impulsar una reforma constitucional que permita su reelección indefinida -convenientemente empaquetado en ofertas populistas como la reducción de la jornada laboral a 6 horas diarias- ha conmocionado el escenario político venezolano y despejado cualquier duda sobre el carácter autoritario del "Socialismo del siglo XXI" promovido desde Caracas. Pero además, semejante torbellino político ha opacado un debate menos visible sobre el desarrollo de la doctrina militar de la revolución bolivariana. Una discusión al interior del régimen "chavista" cuyo desenlace puede tener amplias repercusiones para la estabilidad del Caribe y la región andina.
La discusión sobre la futura estrategia de seguridad venezolana saltó a la luz pública hacia finales de julio cuando el presidente Chávez decidió reemplazar al hasta entonces ministro de Defensa, general Raúl Baduel, por el también general Gustavo Rangel Briceño. En realidad, el relevo de Baduel, un aliado clave del presidente, responde a cálculos políticos que van más allá de las discusiones sobre la doctrina militar venezolana. De hecho, se trataría de una muestra más de la bien conocida inclinación presidencial de prevenir la emergencia de cualquier posible competidor con el omnímodo poder del jefe del Estado descabezando a los miembros más destacados del gabinete. Con un sólido prestigio al interior de la Fuerza Armada Nacional (FAN), el general mantenía ideas políticas propias. Su pase al retiro vuelve a convertir la sede presidencial del Palacio de Miraflores como el único centro de poder real del país.
Pero además, tanto la salida del Baduel como la de su rival político y asesor presidencial, general Alberto Muller Rojas, son el reflejo de un debate sobre el futuro de la postura militar venezolana. Como cualquier régimen con aspiraciones totalitarias, la revolución bolivariana ha construido una imagen paranoica del mundo que les rodea donde aparentemente EE.UU. -el principal comprador del petróleo de Caracas- conspira con Colombia -uno de los principales socios comerciales de Venezuela- para destruir el "Socialismo del siglo XXI". No hace falta extenderse en lo absurdo de este planteamiento. Washington está demasiado ocupado en Oriente Medio para siquiera imaginar la posibilidad de lanzar una campaña contra el díscolo Chávez. Por su parte, Colombia tiene bastante con tratar de avanzar en la presente campaña de pacificación interna que drena la totalidad de sus recursos militares. Sin embargo, el discurso antiimperialista del régimen sumado a la aspiración de Chávez de arrebatar el liderazgo hemisférico a Washington y un nacionalismo profundamente arraigado en el seno de la FAN ha convertido la posibilidad real de una invasión estadounidense del país en la piedra angular de todo el planeamiento militar venezolano.
Para confrontar esta amenaza, se han dibujado dos posibles estrategias. Por un lado, lo construcción de la FAN como una fuerza equipada con armamento de alta tecnología capaz de disuadir una potencial intervención estadounidense. Un proyecto alentado por el ex-ministro Baduel. Esa es la lógica que tienen las espectaculares adquisiciones de armas rusas por Venezuela en los últimos tiempos que incluyen desde cazabombarderos SU-30 hasta helicópteros de ataque Mi-34 y el proyecto de adquirir submarinos Clase Amur. Como alternativa, está la opción defendida por el general Muller Rojas de prepararse para librar una "guerra asimétrica" que implicaría la formación de milicias de defensa territorial inspiradas en el modelo cubano que se opondrían a cualquier intento de invasión lanzando una campaña masiva de guerra de guerrillas. Un planteamiento que subyace detrás de la iniciativa de crear una fuerza de reserva popular de un millón de hombres bajo control directo del presidente.
En realidad, estas dos posiciones doctrinales ocultan intereses distintos de una mera discrepancia sobre la mejor manera de garantizar la seguridad nacional venezolana. De hecho, los partidarios de equipar a la FAN con armamento de alta tecnología buscan asegurar una posición privilegiada de las fuerzas militares regulares como guardián del régimen. Eso sin contar que las sumas millonarias manejadas en los contratos de armamento ofrecen buenas oportunidades de enriquecimiento a todos aquellos vinculados al proceso de compras. Por otra parte, el desarrollo de milicias proporciona al régimen un medio adicional de militarizar y adoctrinar ala población. Además, llegado el caso, este tipo de formaciones político-militares pueden convertirse en un instrumento para reprimir cualquier tipo de oposición interna al régimen.
Ambas opciones entrañan graves riesgos para la seguridad regional y la estabilidad interna de Venezuela. A medida que el arsenal venezolano crezca, Chávez puede ceder a la tentación de utilizar su recién adquirido músculo militar para afirmar su proyecto hegemónico en los Andes y el Caribe. De ahí a lanzar una aventura exterior solo habría un paso con consecuencias fatales. De hecho, vale la pena recordar que Caracas mantiene reivindicaciones territoriales contra Colombia y Guyana. Dos pretextos tan validos como en su momento fueron las Malvinas para la junta militar argentina. En el otro lado de las cosas, la formación de milicias de defensa territorial implica la distribución armamento y el entrenamiento militar de la población civil. Si se tiene en cuenta que un crecimiento exponencial de la criminalidad ya ha convertido a Caracas en una de las ciudades más peligrosas del continente, no se puede mirar más que con preocupación la idea de entregar a la población armas de guerra. De hecho, bajo tales circunstancias, un estallido de descontento civil como el tristemente celebre Caracazo de 1989 podría adquirir tintes de confrontación civil con un saldo de miles de muertos.
La decisión del presidente Chávez de despedir tanto a Baduel como a Müller Rojas acompañada por la confirmación de que el país desarrollaría simultáneamente ambas doctrinas estratégicas -defensa convencional y defensa popular- representa una especie de decisión salomónica cuajada de ventajas políticas. Por un lado, se seguirá financiando la compra de sofisticado equipo bélico que satisfará las ambiciones más extravagantes del generalato venezolano. Por otra parte, se construirán milicias que darán al régimen una herramienta adicional para reprimir a la cada vez más débil oposición. Entonces, ¿hacía donde va la doctrina militar venezolana? Probablemente, hacia la combinación de lo peor de los dos mundos posibles. Pero eso no debería ser una sorpresa tratándose de Hugo Chávez.
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