
ESPECIAL PARA INFOLATAM
Análisis realizado por Carlos Malamud
Infolatam
Madrid, 15 de mayo 2008
(Especial para Infolatam).-
"... la UE de 27 estados miembros no tiene nada claro lo qué espera de América Latina, ni hacia adónde querría marchar con ella, pero también es verdad lo recíproco, es decir, que América Latina no sabe lo que quiere ni lo que podría esperar de Europa".
Una gran cantidad, quizá excesiva, de jefes de estado y de gobierno de Europa, América Latina y el Caribe se reunirán en Lima con motivo de la V Cumbre ALCUE. Precisamente, el exceso de protagonistas debería llevar a una reformulación del formato de la cumbre, un tema nada sencillo dada la fragmentación existente en la parte latinoamericana. De forma ritual los mandatarios y los ministros acudirán nuevamente a la cita y también de forma ritual la mayor parte de los participantes, así como un gran número de los periodistas que cubren la reunión repetirán la pregunta acerca de la utilidad del encuentro. Más allá de la estéril discusión acerca de la utilidad de las Cumbres, que sí la tienen, creo que la pregunta central y la esencia de todo el proceso se relaciona con el gran interrogante acerca de lo qué espera cada una de las partes implicadas del otro, un otro a veces halagado y otras denostado. Y ese es precisamente el gran drama que atenaza tanto a los unos como a los otros a la hora de impulsar unas relaciones que deberían ser centrales para todos. Ocurre, sin embargo, que la UE de 27 estados miembros no tiene nada claro lo qué espera de América Latina, ni hacia adónde querría marchar con ella, pero también es verdad lo recíproco, es decir, que América Latina no sabe lo que quiere ni lo que podría esperar de Europa.
Esta gran indefinición que está en la base del proceso es la que ha provocado una serie de paradojas y contradicciones. Cuando hace casi diez años se iniciaron las cumbres, en Río de Janeiro en 1999, la situación latinoamericana era otra y el discurso centrado en el hecho de que América Latina es occidente era unánimemente aceptado. Hoy estamos frente a algunos discursos que se empecinan en negar lo evidente y reivindican el etnicismo como una respuesta contradictoria con lo anterior. Más allá de las razones históricas, el discurso etnicista esconde una brutal lucha por el poder, al cual se han sumado grupos políticos huérfanos de proyectos, como muestra palmariamente la nívea imagen del vicepresidente boliviano ataviado de ropajes indígenas. En este sentido, el cuestionamiento de la occidentalidad americana ha servido para torpedear el diálogo birregional.
La otra gran paradoja surge del empeño de la UE de negociar con bloques subregionales (Mercosur, la Comunidad Andina de Naciones - CAN - o América Central), partiendo de la premisa de que se debe impulsar el proceso de integración regional. Ya se sabe, lo que es bueno para Europa debe ser bueno para los demás. Pero, por distintos motivos, las negociaciones con Mercosur y con la CAN están estancadas y las únicas que tienen algún viso de prosperar son las que se desarrollan con los países centroamericanos. Es más, los dos únicos Acuerdos de Asociación firmados entre la UE y América Latina son con México y Chile, dos países individuales y no dos bloques de integración subregional. Ahora bien, México, Chile y América Central (junto a la República Dominicana) tienen tratados de libre comercio (TLC) firmados con Estados Unidos, lo que nos debería llevar a ver si hay alguna relación entre estos TLC y los Acuerdos de Asociación con la UE. En el caso de la CAN cada vez son más evidentes las desavenencias internas y la práctica imposibilidad de que se avance en una negociación común. De ahí la postura peruana, secundada por Colombia, de intentar negociar de forma bilateral y no grupal con la Unión.
En descargo de los limitados logros alcanzados hasta la fecha uno podría mencionar el estado problemático existente en los dos bloques participantes. La ampliación europea y el fracaso del proceso constitucional llevaron a Europa a una situación de brutal introspección, cercana a la parálisis en algunos temas, y el de las relaciones entre la UE y América Latina fue una de ellas. La firma del Tratado de Lisboa debería poner las cosas en su sitio y hacer avanzar el proceso. Del otro lado las cosas no son mejores. Nunca como en este comienzo del siglo XXI América Latina ha estado tan dividida y tan afectada por todo tipo de conflictos bilaterales. Pese a la elevada concentración de gobiernos englobados en la "izquierda", la ausencia de un lenguaje común dificulta no sólo avances concretos en el proceso de integración regional, hoy seriamente tocado, sino también en el diálogo con Europa. Ya se ve, cada uno acude a la cita, como si del mercado se tratara, con su propia lista de la compra. Mientras unos reivindican Malvinas, otros dicen ser atacados por Colombia y otros denuncian los 500 años de explotación colonial.
Prueba de las dificultades que deberá afrontar el diálogo son las duras declaraciones de Hugo Chávez contra la canciller alemana, Angela Merkel, a quien identificó con la derecha que llevó a Hitler al poder. No podía haber existido peor insulto para un demócrata alemán y Angela Merkel ha demostrado sobradamente que lo es. El problema del discurso bolivariano es que cree que es el legítimo propietario de la verdad, de la historia, de la memoria y de la interpretación política. En ese marco no hay lugar para el disenso y sin él cualquier proceso de negociación entre realidades tan complejas es prácticamente imposible.
Es de esperar, sin embargo, que los temas vinculados al cambio climático y a la pobreza puedan movilizar a los mandatarios y a los ministros presentes en Lima. Sólo de ese modo, e incorporando a la discusión otras cuestiones vitales, como las migraciones o los biocombustibles, se podrá seguir avanzando. Lamentablemente, la democracia, palabra tabú para algunos gobiernos de la región, no puede estar en la agenda. Por el contrario, sí parece que estará Cuba, que espera el total levantamiento de las sanciones establecidas en su día por la UE. Tanto en éste como en otros temas España tiene mucho que decir. Pero para que la voz española se escuche nítida y clara en éste y otros contextos es necesario dotar de mayor coherencia a la política hacia América Latina.
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