EL ANÁLISIS

¿Golpe de estado?

 

El Deber
Santa Cruz (bolivia), 9 de septiembre 2008


"... Un complot nunca prosperaría y si por casualidad prosperase, carecería de aceptación internacional. Nos parece que esta realidad es incontrastable y no la ignoran ni los más reacios a sus relaciones con el régimen actual. Golpe de estado, entonces, ¿quién apuesta por él?". (Editorial de El Deber. Bolivia)

Desde los centros del poder se mantiene a flote una afirmación a la que cuesta un mundo hallarle pie o cabeza. Según tal afirmación, en el país está en gestación un golpe de estado. Hay un complot, se comenta en tonos de denuncia, una conspiración, un movimiento subversivo, en fin, para derrocar al régimen y de facto, dar nacimiento a otro de catadura totalmente distinta por donde se lo mire.

De ser esta época la de un pasado no lejano, la afirmación sobre afanes subversivos tendría acentuados visos de credibilidad y habría movilizado frenéticamente a los organismos represivos del control político amén de tener en boga toda suerte de limitaciones de las libertades ciudadanas en su conjunto.

Mas hoy -y tomando en cuenta las circunstancias en que discurre la estricta realidad política nacional-, resulta casi impensable un albur o un tejemaneje de verdad subversivo. Ganas de alzarse contra el régimen tal vez no falten en determinados frentes o sectores políticos. Pero de ahí a implicarse en andanzas de tal tipo, sin duda que queda larguísimo trecho por andar.

Al margen de los motivos internos que cierran el paso herméticamente a cualquier cambio político por la fuerza, hay otro de carácter externo, internacional más propiamente dicho, que refuerza el concepto acerca de la improcedencia de una conspiración, de un golpe de estado, precisamente en el tiempo actual que mucho tiene de peculiar.

Es innegable que en este cono sudamericano y hasta un poco más allá todavía, las corrientes socialistas discurren no sólo vigorosas, sino hasta se puede decir tumultuosas y descontroladas. El socialismo en sí, los socialistas, están de moda y sargentean, ya francamente sin disimulos, en los más altos y estratégicos centros del poder. Socialismo y socialistas copan los regímenes de gobierno y en su ámbito las disidencias y los disidentes son apabullados, si no con buenas razones, por el expedito recurso de las mayorías, a las que no se les puede negar fuerzas, aunque sí discutirles argumentos con ventajas.

De ese socialismo entronizado en el cono sudamericano y un poco más allá aún, el jefe del gobierno boliviano, don Evo Morales, viene a ser el consentido, el niño bonito, el tipo de la película. Los gobernantes de países vecinos, que sintonizan la misma onda socialista, ven a su colega Evo como a un enviado providencial, como al articulador de la gran patria socialista que en la vieja Europa tuvo una existencia ruidosa y arrolladora, pero, en fin, efímera.

Si no todo nuestro cono sudamericano, al menos la absoluta mayoría incrustada en el poder político, está con el consentido Evo y obviamente con el régimen que encabeza. De ilusos sería, en la contingencia, complotarse para sacarlos de escena. Un complot nunca prosperaría y si por casualidad prosperase, carecería de aceptación internacional. Nos parece que esta realidad es incontrastable y no la ignoran ni los más reacios a sus relaciones con el régimen actual. Golpe de estado, entonces, ¿quién apuesta por él?

 
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