
Infolatam
Madrid, 25 de octubre 2007
(Especial para Infolatam) .- "...Pese a que el presidente Kirchner, y su esposa, han apostado de forma reiterada por una política "transversal" de centro izquierda, que corta en canal e inclusive divide a buena parte de las fuerzas políticas, una cantidad importante de sus apoyos proviene de las viejas y clientelares estructuras peronistas y de los votantes populares, que siguen siendo peronistasl".
De cumplirse las predicciones de la amplia mayoría de las numerosas encuestas actualmente circulando en Buenos Aires, Cristina Fernández de Kirchner será con absoluta certeza la próxima presidenta argentina. Es más, según las mismas encuestas, tampoco habría necesidad de convocar a una segunda vuelta, ya que según la ley electoral argentina ésta se evita en el caso que el ganador obtenga más del 45% de los votos o que conquiste entre el 40 y el 45% y con una diferencia superior a 10 puntos con el segundo más votado. Sin embargo, habría que recordar la escasa fiabilidad de las encuestas políticas argentinas, que en buena parte de las últimas convocatorias electorales se han equivocado groseramente en sus previsiones, un argumento que debería convocar a una cierta cautela en los análisis, aunque prácticamente nadie se detiene en estas cosas.
Hay un punto interesante en los análisis de los encuestadores y éste pasa por la desafección de los sectores medios urbanos, más ilustrados que la media, con la política presidencial. Así, en las ciudades de Buenos Aires, Córdoba y Rosario se estima un muy pobre resultado de la candidata oficialista, si no una derrota a manos de algún candidato o candidata de la oposición, preferentemente Elisa (Lilita) Carrió, convertida en la persona capaz de aglutinar, aunque en escasa cuantía, el voto útil. De este modo se establecería una especie de división social entre la población de las mayores ciudades con los habitantes de la provincia de Buenos Aires y de buena parte del norte del país, que seguiría fiel al kirchnerismo. Lo curioso de esto es que pese a que el presidente Kirchner, y su esposa, han apostado de forma reiterada por una política "transversal" de centro izquierda, que corta en canal e inclusive divide a buena parte de las fuerzas políticas, una cantidad importante de sus apoyos proviene de las viejas y clientelares estructuras peronistas y de los votantes populares, que siguen siendo peronistas.
En función del ya mencionado consenso demoscópico, prácticamente unánime, se ha instalado en la sociedad argentina la sensación de que no hay ninguna competencia en ciernes y que es prácticamente imposible para una oposición dividida, desnortada y sin propuestas derrotar a la pareja presidencial, compuesta por el presidente en ejercicio y su esposa candidata, que saca el mayor partido posible de las ventajas que le da su vinculación estrecha al aparato del Estado. Es tal la desmovilización y la falta de motivación existente en la sociedad argentina que la campaña electoral ha pasado prácticamente desapercibida.
En este sentido, la falta de interés y el predominio de la idea de su triunfo inevitable han provocado la primera gran victoria de la estrategia de Cristina Fernández, cuyos impulsores buscaron adrede ofrecer a sus detractores el menor perfil posible, sin prácticamente hacer declaraciones a la prensa local, sin entrar en discusiones con los candidatos da la oposición, tratando de hablar lo menos posible a fin de no cometer errores, y paseándose por el extranjero, intentando dar la imagen de una estadista de talla internacional. Por eso, en la campaña oficialista no ha quedado clara la frontera entre ser la candidata de la continuidad o la del cambio y la disyuntiva se ha solucionado tirando por la calle del medio: para Cristina Fernández de Kirchner el cambio se expresa en la continuidad.
Ante esta situación de marcada indefinición programática, los candidatos opositores fueron incapaces de remontar vuelo, de producir un discurso capaz de conectar con los ciudadanos o siquiera de llevar a la candidata oficialista a discutir en torno a sus propias propuestas. La atonía opositora le permitió a Cristina Fernández darse el lujo de no mencionar, a lo largo de 45 discursos pronunciados durante los tres meses de la campaña, las palabras inseguridad, lucha contra la corrupción o transparencia en el poder, mientras que sólo mencionó en tres ocasiones la palabra inflación, que pese a sus afirmaciones en contrario es uno de los problemas que más preocupa a los argentinos.
A favor del oficialismo sigue soplando el viento de cola de la recuperación económica y del vertiginoso crecimiento de los últimos cuatro años. Se trata de un activo importante en el haber del actual gobierno y que más allá de los oscuros nubarrones que empiezan a asomar en el horizonte todavía siguen impactando en una parte importante de la población, que gracias al buen desempeño económico pudo volver a encontrar trabajo o sencillamente salir de la pobreza.
Cualquiera que sea el ganador, al nuevo presidente, o presidenta como todo indicaría, no le esperan tiempos fáciles. La situación económica se hace cada vez más complicada, con una inflación que no cede, pese a la "perfección" de las mediciones del Indec (el Instituto Nacional de Estadísticas y Censo, encargado de la elaboración de los índices inflacionarios), que se sitúa casi en la mitad de lo que señalan otras cifras elaboradas por instituciones privadas.
A esto hay que agregar la potencialidad de una crisis energética siempre latente, la perspectiva, cada vez menos teórica, de que el superávit fiscal se haya volatilizado en un gasto público totalmente disparado o las preocupaciones por revitalizar una inversión extranjera directa que sigue vacilando a lo hora de llegar a Argentina, dada la falta de acuerdo con el Club de Paris y la ausencia de seguridad jurídica ante la no renovación de ciertas tarifas y el incumplimiento reiterado de los contratos firmados. Fuera del ámbito económico, las preocupaciones de los ciudadanos se centran en cuestiones como la seguridad ciudadana o la corrupción. La pervivencia del delito en las ciudades, pese a la recuperación económica, hoy preocupa más que aquellas cuestiones, como la falta de trabajo, la pobreza y desprotección social que eran vitales al comienzo de la presidencia de Kirchner.
En ese entonces el gobierno argentino tenía una idea clara de cómo salir de la crisis terrible y angustiosa que se había instalado en el país desde 2001. Sin embargo, una vez superada la misma fue incapaz de trazar una política clara que permitiera crecer a tasas superiores a las que se estaba creciendo y, a la vez, fortalecer las instituciones y luchar contra la corrupción, sin crispar a importantes sectores sociales. Por eso, si el próximo gobierno no da una respuesta eficaz a estos desafíos podría comprometer la actual etapa de crecimiento, pese al mantenimiento del tirón de la demanda asiática, e inclusive, iniciar una época de nuevas turbulencias políticas.
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