
La Nación
Buenos Aires, 10 de febrero de 2008
"El riesgo que corre el matrimonio presidencial es que comience a instalarse la sensación social de que Néstor Kirchner sigue mandando en la administración a través de la representación ejecutiva de la actual Presidenta. No le haría bien a ella, halagada aún por las encuestas, ni al propio sistema político, desacostumbrado a un poder bicéfalo. La sociedad argentina ha necesitado siempre ver un jefe -o una jefa- en la principal poltrona de la Casa de Gobierno...". (La Nación. Argentina)
"Néstor Kirchner nunca ha compartido el núcleo duro del poder. Desde el 10 de diciembre, su nuevo papel, el de una especie de consejero no ejecutivo, le es ostensiblemente difícil. Ya está metido en otra campaña electoral, la interna del justicialismo, que es la esfera de la política que más le gusta. Ese serpenteo constante entre la seducción y la trifulca, que acarrea toda competencia política, lo atrae al ex presidente más que la gestión misma de la administración. Se define como hombre de gestión, pero, en verdad, se fuga siempre que puede hacia el pasteleo político.
Kirchner está metido en la faena de conquistar encuestas o de ganar elecciones desde mayo de 2003, cuando accedió a la presidencia. Tales deleites no serían cuestionables ahora si no arrastraran dos riesgos. Uno de ellos es que su permanente protagonismo le podría restar trascendencia a la flamante gestión de su esposa como Presidenta. El otro conflicto es que esas camorras lo exponen demasiado al ex presidente y borronean su rol, más significativo sin duda, de referente institucional del sistema político. Kirchner es el único presidente de la democracia argentina que se fue con más simpatía popular que la que tenía cuando llegó.
El hecho mismo de estar buscando ahora la presidencia del Partido Justicialista anticipa que el ex presidente no se irá de la primera página de los diarios durante los próximos cuatro meses. Luego, seguirá siendo noticia como jefe formal y político del partido oficialista. La interna del justicialismo es, digamos las cosas como son, una elección digna de divisiones inferiores. Un político que le arrebató a Duhalde la provincia de Buenos Aires, y que se dio el lujo de nombrar como heredera presidencial a su propia esposa, merece mejores competencias. Pero eso, la disputa por lo que ya es obvio, su liderazgo del peronismo, es, sin embargo, lo único que hay ahora al alcance de sus manos.
En rigor, Kirchner no tenía muchas alternativas si lo que quería era conquistar la estructura del justicialismo. Pero tenía una: postergar esa interna durante siete u ocho meses, mientras trababa alianzas en su madriguera de Puerto Madero. Era el tiempo necesario para que su esposa pudiera afianzar su autoridad. Era el tiempo que el propio Kirchner había estimado indispensable para que Cristina Kirchner se aferrara del poder....
Cristina Kirchner, más popular que su esposo cuando éste accedió al poder nacional, entendió entonces que no debía opacar la presencia del entonces presidente. Durante cuatro años, muy pocas veces salió de las sombras que ella misma eligió; lo hizo sólo cuando ya su candidatura presidencial era un dato irreversible. Néstor Kirchner sabe -o sabía- que su esposa necesita de él ahora el mismo favor que ella le hizo durante el último lustro.
No obstante, los grandes acontecimientos de los dos últimos meses, desde que Cristina Kirchner es presidenta, los protagonizó el ex presidente más que su esposa. Néstor Kirchner se peleó ruidosamente con Washington, con más vigor que la Presidenta, y él se internó luego en la selva colombiana para volver con las manos vacías. Néstor Kirchner le abrió ahora a Lavagna las puertas de Olivos, una casa oficial que no es suya ni del peronismo sino la residencia provisional de su esposa.
El riesgo que corre el matrimonio presidencial es que comience a instalarse la sensación social de que Néstor Kirchner sigue mandando en la administración a través de la representación ejecutiva de la actual Presidenta. No le haría bien a ella, halagada aún por las encuestas, ni al propio sistema político, desacostumbrado a un poder bicéfalo. La sociedad argentina ha necesitado siempre ver un jefe -o una jefa- en la principal poltrona de la Casa de Gobierno...".
Extracto del artículo publicado por el diario La Nación
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