ESPECIAL PARA INFOLATAM

Análisis realizado por Manuel Mora y Araujo

El gobierno argentinos enredado en sus propios hilos

 
 

Infolatam
Buenos Aires, 23 de abril de 2008


(Especial para Infolatam).-

"... La sensación de que no se sabe quien gobierna el país ha generado un agujero de incertidumbre. Cosas que Kirchner no conoció, como los rumores típicamente argentinos, llenan ahora la prensa diaria. Los empresarios consultan a sus asesores sobre cambios de gabinete, niveles de inflación previsibles, eventual devaluación del peso, tasas de interés que se disparan sin encontrar techo; todo eso paraliza las decisiones macroeconómicas y despoja a la economía del dinamismo que fue un factor clave en los últimos años".

Desde que asumió la presidencia en diciembre pasado, el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner ha pasado por una interminable sucesión de sinsabores. La seguidilla comenzó con el episodio del juicio en Florida por la valija de Antonini Wilson, que perturbó seriamente el vínculo con Estados Unidos. Al gobierno argentino le llevó casi dos meses recomponer esa relación, pero lo logró; esa fue una señal positiva sobre lo que cabía esperar de su gestión. El respiro duró poco; otros problemas `fuera de agenda` se sucedieron, hasta el impresionante conflicto con los productores agropecuarios que todavía está activo.

La mayor parte de esos problemas derivan de decisiones y enfoques del propio gobierno argentino. El país venía, y sigue, esencialmente bien; ningún indicador macroeconómico o social presenta un cuadro crítico. La situación internacional puede despertar temores pero todavía no ha generado un efecto directo en la economía argentina. Creciendo a tasas superiores al 8 por ciento anual, por insatisfechas que estén muchas demandas sociales, no hay razones para la magnitud de las dificultades políticas que enfrenta el gobierno. Este se está enredando en sus propios hilos.

La imagen de la presidente, y de la confianza en general, han declinado en la opinión pública. Parte del capital de expectativas que rodeó su asunción se está consumiendo. El núcleo básico del problema es claro: se ha instalado la imagen del poder dividido, de una presidenta que no gobierna realmente en la plenitud de las potestades presidenciales. El poder o bien reside, finalmente, en Néstor Kirchner, o bien está dividido -lo que no es mejor-.

La lógica de Néstor Kirchner en el ejercicio del poder se apoyaba en un pilar central: las expectativas sociales. Las entendió y las manejó con gran habilidad política. Pero ya al final de su mandato Kirchner perdió esa sintonía. La política antiinflacionaria es el mejor ejemplo: llegó un punto a partir del cual el enfoque del control de precios se convirtió en un motor de expectativas inflacionarias, exactamente lo contrario de lo que se propuso. Cuando Cristina asumió el gobierno se generaron fuertes expectativas de algunas correcciones, sin cambios en lo esencial del enfoque, preservando sus fortalezas y rectificando sus debilidades. Esas expectativas se están diluyendo; lo que queda es un gobierno cuyos centros de decisión están ambiguamente definidos y cuyo rumbo es incierto.

La sensación de que no se sabe quien gobierna el país ha generado un agujero de incertidumbre. Cosas que Kirchner no conoció, como los rumores típicamente argentinos, llenan ahora la prensa diaria. Los empresarios consultan a sus asesores sobre cambios de gabinete, niveles de inflación previsibles, eventual devaluación del peso, tasas de interés que se disparan sin encontrar techo; todo eso paraliza las decisiones macroeconómicas y despoja a la economía del dinamismo que fue un factor clave en los últimos años.

El conflicto con el agro es la expresión máxima de esa situación. El gobierno habla de producción y redistribución de la riqueza, pero el apetito fiscal lo enceguece. El discurso oficial es poco creíble; se dice que el impuesto a las exportaciones persigue propósitos redistributivos, igualitaristas, pero el primer anuncio del gobierno en medio de este conflicto es el tren de pasajeros de alta velocidad -nada menos demandado por los pobres de la Argentina ni por su sufrida clase media-. Se dice también que la soja se ha extendido demasiado y que hay que incentivar a los productores a moverse a las vacas y el trigo; pero al mismo tiempo, desde el gobierno se castiga duramente a quienes ya están en esos cultivos y se los desincentiva tanto como a los que hacen soja.

Entretanto, Kirchner, que cogobierna, se abroquela en un partido Justicialista reorganizado, cuyos posibles votos el oficialismo ya los tiene y que ahuyenta a los votos que no tiene pero podría tener. Encumbra en la mesa directiva del partido a un manojo de dirigentes entre quienes se cuentan varios de los personajes más impopulares de la política argentina. Transferir una cuota alta de poder político a esa organización y a esas personas puede servir a muchos propósitos, pero ciertamente no servirá para fortalecer políticamente a la presidenta. Y su debilidad es el mayor problema en estas circunstancias.

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