
Infolatam
Madrid, 25 de junio de 2007
(Especial para Infolatam).- El domingo 24 de junio ha sido un día negro para los dos integrantes del matrimonio Kirchner, él presidente argentino en ejercicio, ella candidata in pectore para sucederle. Descontada la derrota en la ciudad de Buenos Aires, donde se esperaba, al menos, que su candidato, el todavía ministro de Educación Daniel Filmus obtuviera más del 40% de los votos, el otro gran objetivo de la jornada era ganar en Tierra del Fuego, donde el gobernador Hugo Cóccaro aspiraba a la reelección. No pudo ser.
No lo fue en ninguno de los dos casos, de modo que a esta doble derrota electoral se une la anterior de la provincia de Neuquén, donde el hombre del presidente fue derrotado por el partido provincial en el poder, el Movimiento Popular Neuquino.
En parte, el dilema presidencial se debe a su compleja relación con el peronismo, ya que pese a contar con el respaldo de buena parte del aparato partidario ha dejado demasiados cadáveres en el camino como para que éstos no intenten cobrarse las viejas deudas pendientes. Y la pregunta es si ese mismo partido permanecerá incólume detrás de la candidatura de la actual primera dama. Es decir, si lo que se quiere ganar por la izquierda con la candidatura de Cristina Fernández no podría perderse por el centro. En un momento como el actual, con el radicalismo desnortado y con muchos de sus militantes ávidos de prebendas, travestidos en radicales K, lo importante es calibrar las fuerzas propias y adivinar las posibilidades ajenas. Difícil tarea para un presidente que con frecuencia muestra su vertiente colérica, que no acierta llamar "porteños" a los porteños y los llama capitalinos, y que debe mostrar algo más que su dominio de la escena política para llegar a buen puerto en octubre próximo.
Sin embargo, no se trata de una tarea fácil. Y no lo es, en primer lugar, porque el calendario político no ayuda. De aquí a octubre quedan unas cuantas elecciones provinciales complicadas, comenzando por Santa Fe y Córdoba, y un rosario de derrotas haría evidente la fragilidad de la coalición política que sostiene al presidente. Tampoco contribuye el frío que debe llegar, ya ha llegado, en esta época. Como decía a principios de la década de 1960 Álvaro Alsogaray, entonces ministro de Economía, intentando ganar tiempo para salir de la crisis económica en que estaba inmerso el país: "hay que pasar el invierno". Eso es lo que tiene que hacer este gobierno, atenazado por una crisis energética que pretendió negar durante demasiado tiempo y ahora se ha hecho evidente con apagones eléctricos, racionamiento de energía para las fábricas y colas en las gasolineras para aprovisionarse de fuel oil o de gas natural comprimido (GNC) para los taxis. Y eso que lo peor aún no ha llegado, lo que de acontecer puede provocar más crispación entre la ciudadanía.
Por último, tampoco ayuda la estructura política argentina. En el entorno presidencial se ha olvidado muy pronto que Néstor Kirchner llegó al poder con un apoyo escasamente superior al 20% de los votos. Es verdad que luego transformó una limitada legitimidad de origen por una holgada legitimidad de ejercicio. Pero los apoyos verdaderos son los que son. Si esto fue posible, si la figura del presidente creció entre los argentinos, fue porque el ex gobernador de Santa Cruz tenía una clara estrategia para salir de la crisis económica que desde 2001 golpeaba de forma inclemente al país, aunque ya en el gobierno provisional de Eduardo Duhalde, su ministro de Economía Roberto Lavagna había dado pasos importantes en la buena dirección. Sin embargo, el hombre que supo sacar al país de la crisis carecía de planes para después. ¿Qué hacer para crecer más? ¿Cómo reforzar las instituciones y potenciar las instituciones democráticas? ¿Cuál es el mejor camino para potenciar a los partidos políticos, aunque sean de la oposición? Éstas y muchas otras preguntas semejantes quedaron sin respuesta, jamás la tuvieron, en la boca de un presidente obsesionado por "acumular poder".
Esta obsesión por el poder, más allá de los proyectos políticos e ideológicos con los que quiere recubrir una pálida desnudez intelectual y una gran incomprensión del mundo que lo rodea, explica el actual desojar de la margarita entre la candidatura de él y la candidatura de ella. Algún analista argentino ha dicho que él encarna una vertiente más populista y ella una mucho más progresista. Puede ser, aunque personalmente tengo serias dudas al respecto. Más allá de los nominalismos el problema es armar una candidatura que tenga los apoyos suficientes para derrotar a una oposición todavía dividida e incapaz de armar un frente común.
En esta ocasión tanto da, como ha dicho Joaquín Morales Solá en las páginas de La Nación, que el presidente fuera golpeado "por izquierda" (Fabiana Ríos en Tierra del Fuego) y "por derecha" (Mauricio Macri en la ciudad de Buenos Aires). Desde su perspectiva, las victorias opositoras les han dolido, y mucho. La derrota, que siempre es huérfana, amenaza la totalidad del proyecto presidencial de supervivencia prolongada en el poder, un proyecto que pasaba, y de momento parece que sigue pasando, por la candidatura de Cristina Fernández, la señora de Kirchner, para las elecciones presidenciales de octubre próximo. Si ayer, hace sólo 15 días, cuando la primera vuelta, ella estaba exultante y omnipresente en la sede del ministro devenido en candidato, ayer decidió no acudir al mismo lugar. Como dicen en el entorno presidencial, se trata de cuidar a la candidata, de preservarla de ataques anticipados que puedan amenazar una fulgurante marcha hacia el éxito.
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