
ESPECIAL PARA INFOLATAM
Análisis realizado por Víctor Hugo Acuña Ortega
Infolatam
San José, 05/03/2006
Ahora, los dos contendientes se deberán confrontar con sus respectivas tareas, para ambos nada fáciles, puesto que para Arias se tratará de gobernar, sabiendo que más de la mitad de los electores no votaron por él, y para Solís se tratará de saber administrar desde la oposición el derecho y también el deber de saber que votaron por él casi la misma cantidad de personas que lo hicieron por quien es el nuevo presidente.
La noche del pasado viernes en un mensaje por televisión, Ottón Solís, candidato del Partido Acción Ciudadana, admitió que el próximo presidente de Costa Rica será Oscar Arias. El desenlace ha dejado un sabor dulce amargo en ambos contendientes: en Solís porque de manera imprevista casi derrota a Arias, pero queda insatisfecho porque las irregularidades del escrutinio. en Arias, porque su triunfo ha sido agónico y ha quedado empañado por las citadas denuncias de irregularidades. Es seguro que Arias jamás imaginó que su victoria sería tan ajustada y que sobre ella caería algunas dudas sobre su autenticidad y transparencia.
Ahora, los dos contendientes se deberán confrontar con sus respectivas tareas, para ambos nada fáciles, puesto que para Arias se tratará de gobernar, sabiendo que más de la mitad de los electores no votaron por él, y para Solís se tratará de saber administrar desde la oposición el derecho y también el deber de saber que votaron por él casi la misma cantidad de personas que lo hicieron por quien es el nuevo presidente.
El país enfrenta serios problemas sociales y económicos, pero sobre todo se encuentra profundamente dividido alrededor del tema del Tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos y las elecciones vinieron a ratificarlo puesto que Arias está a favor del TLC y Solís en contra. La cuestión de fondo es que las discrepancias en relación con el TLC expresan un desacuerdo sobre el proyecto de país que la sociedad costarricense requiere para enfrentar su futuro.
Los desacuerdos sobre el TLC manifiestan discrepancias sobre temas tales como el papel que debe desempeñar el Estado en el desarrollo nacional, sobre la forma más adecuada de reducir las desigualdades sociales, las cuales, indudablemente, se han profundizado en las últimas dos o tres décadas y sobre, el destino de Costa Rica como estado-nación autónomo. Las pasadas elecciones vinieron a poner en duda uno de los componentes básicos del imaginario nacional costarricense y el pilar más sólido del consenso social establecido en el último medio siglo, es decir, el carácter intangible, ejemplar e intachable de su régimen electoral.
Afortunadamente, con el mensaje televisivo de Ottón Solís, del pasado viernes, los temores de una confrontación de consecuencias ominosas han sido disipados; pero la imagen de la sacrosanta democracia costarricense no puede asegurarse que haya quedado intacta. Debe decirse que no es casual que quienes han salido en defensa de la llamada institucionalidad y del Tribunal Supremo de Elecciones parecen ser los mismos que están a favor del TLC y viceversa.
Así, la sociedad costarricense y sus nuevos gobernantes se enfrentan a un doble desafío: en el corto plazo, encontrar una fórmula de negociación para la principal causa de su división: el TLC; pero, en el largo plazo, la cuestión por resolver es encontrar un consenso alrededor de un nuevo proyecto nacional, capaz de satisfacer demandas reales de la población y de darle una nueva vida a los conocidos temas del viejo imaginario nacional costarricense.
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