
Infolatam
Madrid, 5 de febrero 2007
"... en Colombia, los cultivos de coca, lejos de estar disminuyendo, siguen en aumento y ... en Afganistán la producción de opio ha crecido en un 50% desde el año pasado. La pregunta obligada es ¿puede el primer productor de cocaína del mundo ser un "ejemplo brillante" para el primer suministrador de heroína?"
Las comparaciones son odiosas y a veces incluso, engañosas. Hace unos días, el presidente de Estados Unidos nombraba al actual Embajador de EEUU en Colombia, William Wood, próximo Embajador en Kabul; inmediatamente después, el general Peter Pace, presidente de la Junta de Jefes de Estado Mayor, señalaba a Colombia como un "brillante ejemplo para el gobierno de Afganistán". Así lo destacaba el International Herald Tribune en un artículo firmado por Dan Restrepo (29/01/07).
Aunque están más lejos que cerca en todos los sentidos, los dos países tienen puntos en común: el poder de las bandas armadas y el del tráfico de drogas. La democracia colombiana, una de las más antiguas de América Latina, lucha desde hace más de 50 años contra las guerrillas y el narcotráfico y, más recientemente, contra los grupos paramilitares anti-insurgentes. Por su parte, el gobierno de Afganistán intenta hacer frente a las batallas de los caciques y señores de la guerra, al narcotráfico procedente de sus grandes plantaciones de opio y desde hace un tiempo al resurgimiento talibán.
Las comparaciones no acaban ahí. Un asunto no pequeño enturbia las políticas de ambos países: la aparición de vínculos entre los gobernantes y las bandas criminales. La presidencia de Álvaro Uribe atraviesa uno de sus peores momentos por acusaciones de nexos entre algunos políticos y los "paramilitares" de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC). Por esta causa ya han sido encarcelados tres miembros del Congreso y las implicaciones podrían llegar hasta el entorno presidencial. Desde 2002 a Uribe se le ha observado con lupa por sus supuestos lazos con los paramilitares. Ahora la conexión se estrecha. En Afganistán el Gobierno de Karzai lucha, sin demasiado éxito, contra las relaciones de numerosos cargos públicos con el narcotráfico que, junto con la corrupción y la inseguridad, forman un peligroso círculo vicioso.
El cáncer alimentado por la droga subyace debajo de casi todo en estos dos países. En Colombia financió el terrorismo, después se convirtió en el gran negocio de la guerrilla, alimentó las sacas de los paramilitares y terminó llegando a los políticos: el Proceso 8000 puso de manifiesto la "narcofinanciación" de la campaña electoral del ex presidente Samper. En Afganistán el dinero de los traficantes de opio sustenta el crimen organizado, chantajea a políticos locales y ha llegado hasta Parlamento elegido en octubre de 2005: según datos recientes, una cuarta parte de los diputados podrían estar "comprados".
Así las cosas, ambos países deben dar prioridad a la lucha contra esta lacra. En otro artículo, también publicado por el Herald Tribune la pasada semana ("A bad model for Afghanistan" 4/02/07), se revela que en Colombia, los cultivos de coca, lejos de estar disminuyendo, siguen en aumento y que en Afganistán la producción de opio ha crecido en un 50% desde el año pasado. La pregunta obligada es ¿puede el primer productor de cocaína del mundo ser un "ejemplo brillante" para el primer suministrador de heroína? Ustedes dirán.
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