EL ANÁLISIS DE INFOLATAM

Chile y Bachelet: Tiempos de decepción

 

Infolatam
Santiago, 9 de abril 2008


(Especial para Infolatam)

"El escenario político chileno no es enteramente inmune a sorpresas. En la elección pasada el gran imprevisto fue Bachelet y tuvo los caracteres de un fenómeno. Ahora las novedades podrían provenir de Ricardo Lagos, el ex presidente que vuelve a la contingencia política un tanto desprestigiado pero todavía poderoso ".

Dos años después de haber instalado su gobierno en un contexto de enormes expectativas ciudadanas, Michelle Bachelet siente ser víctima de los sesgos machistas nacionales, de la mala fe opositora, de la brevedad de su mandato -cuatro años- y de los continuos desencuentros con sus colaboradores. Pero ella no es la única contrariada. Una corriente transversal de decepción con su gobierno cruza al país de izquierda a derecha. Todo indica que la actual administración ya no fue ni será lo que quiso ser.

La izquierda sigue sin comprender por qué la figura de mayor afinidad con sus causas entre los cuatro últimos gobernantes sigue apegada a la ortodoxia liberal del ministro de Hacienda Andrés Velasco. El sector valora que el gobierno haya sacado adelante una reforma provisional de corte asistencialista que asegurará en la vejez unos 150 dólares mensuales a los chilenos de los estratos más pobres, pero considera que se trata de un paso poco audaz en dirección al Chile más igualitario que la mandataria prometió durante su campaña el año 2004, sobre todo teniendo en cuenta que nunca el estado chileno fue más rico que ahora, a raíz de los excedentes generados por los altos precios del cobre.

La izquierda también aprecia el esfuerzo del Ministerio del Trabajo por incrementar la tasa de la sindicalización de la fuerza laboral, que en Chile sigue siendo baja, pero tiene problemas en entender por qué la mayor empresa del país, la estatal Codelco, cuestiona en los hechos las propias directrices oficiales en los temas de negociación colectiva y subcontratación.

La percepción opositora es que Chile ha estado perdiendo, no sólo en los últimos años sino desde mucho antes de Bachelet, enormes oportunidades de desarrollo. Si en condiciones externas peores el país creció entre los años 1984-1997 a una tasa real promedio anual de 7,2%, en la última década la expansión de la actividad fue inferior al 4%. A juicio de la derecha, estas cifras hablan, por una parte, de los rendimientos decrecientes del proceso de transformaciones económicas que el país realizó entre los años 85-97 y, por otra, de la falta de imaginación de los últimos gobiernos concertacionistas no sólo para emprender reformas que devuelvan a la economía chilena la competitividad perdida, sino también comprometerse más resueltamente con la igualdad de oportunidades y la equidad.

Para la derecha se impone una reforma para desmontar esa gran máquina reproductora de desigualdades que es en la actualidad la educación chilena, un programa más resuelto para expandir el empleo, la principal palanca de superación de la probreza, y una reforma modernizadora del estado, actualmente capturado por intereses corporativos o proselitistas y una burocracia que es buena para obstruir y gastar y mala para modernizar y gestionar con eficiencia.

Cuestión de carácter

Dueña de una simpatía natural y de un capital político todavía apreciable, la presidenta Michelle Bachelet pagó en la primera mitad de su gobierno los costos de haber llegado al poder con un programa difuso -sus dos primeros años en realidad fueron de palos de ciego- y de arrastrar inseguridades que han complicado sus relación con ministros y colaboradores.

Después de dos gabinetes desastrosos en términos políticos, encabezado el primero por Andrés Zaldívar y el segundo por Belisario Velasco, con los cuales la mandataria terminó cortando incluso todo contacto e interlocución, parecía que la llegada durante el verano de Edmundo Pérez Yoma a la cartera de Interior, impuesta por presión conjunta del Partido Socialista y la Democracia Cristiana, iba a prevenir las descoordinaciones y los errores en que la administración estaba incurriendo, luego de comprarse una crisis educacional de proporciones el 2006 y la catastrófica puesta en marcha del Transantiago el 2007, además de varios episodios de falta de transparencia, incompetencia o abierta corrupción en el manejo de los recursos públicos.

Efectivamente el nuevo ministro del Interior hizo su trabajo mientras la presidenta veraneaba en el sur, pero no pasó mucho tiempo antes de ser desautorizado por ella en la crisis generada luego que la Contraloría detectara irregularidades en el manejo de las subvenciones educacionales en la Región Metropolitana.

El resultado de tal despropósito fue salvar a un funcionario medio, un operador político con buena llegada a La Moneda que la Contraloría había recomendado remover, y ganarse en cambio una acusación constitucional contra la titular de la misma cartera, otra operadora política pero de rango ministerial, que tiene en la actualidad a Yasna Provoste suspendida de su cargo a la espera de la decisión definitiva del Senado.

Nuevo escenario, posibles sorpresas

De ser aprobada en definitiva, esta sería la primera vez desde el retorno a la democracia que en Chile el parlamento destituye a ministro, lo cual introduce al análisis de tres hechos nuevos que son relevantes.

El primero es que el gobierno perdió la mayoría en ambas cámaras, conseguida el 2005. El segundo es que la presidenta sigue actuando como si no la hubiera perdido, haciendo evidente la incapacidad gubernativa de imponer su agenda y a lo menos discutible su retórica de mujer incomprendida. Y el tercero es que la oposición está olfateando el poder, luego que las encuestas le otorgan ventaja a Sebastián Piñera frente a todos los probables candidatos de la Concertación. Como una ventaja parecida también la tuvo Joaquín Lavín hasta comienzos del 2004 en la elección pasada, la Alianza sabe que todavía es prematuro cantar victoria.

Pero, no obstante lo congelado que pueda estar, el escenario político chileno no es enteramente inmune a sorpresas. En la elección pasada el gran imprevisto fue Bachelet y tuvo los caracteres de un fenómeno. Ahora las novedades podrían provenir de Ricardo Lagos, el ex presidente que vuelve a la contingencia política un tanto desprestigiado pero todavía poderoso tras haber asistido al secretario general de la ONU en los temas del calentamiento global, y de un reciente fallo del Tribunal Constitucional que, a requerimiento de diputados de derecha, proscribió la entrega en los consultorios del anticonceptivo de emergencia conocido como la píldora del día después.

El fallo contraría al gobierno de Bachelet, que estaba distribuyendo el fármaco no sólo por razones sanitarias -confiando en que no es abortivo y que es eficiente para frenar el embarazo adolescente- sino también sociales: para la presidenta es injusto que un medicamento que está al alcance de los sectores de ingresos medios y altos en las farmacias sea inalcanzable para el resto de las mujeres por razones económicas. Esa percepción no sólo es de ella, puesto que también la mayoritaria del país. Así las cosas, en este plano también se anticipa una batalla a la que el gobierno y la Concertación, pese a todo, están entrando con espíritu ganador.

 
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