
Infolatam
Quito, 15 de enero 2008
(Especial para Infolatam)
"... Después de este vertiginoso año quedan una certeza y una duda. Ambas se encuentran entrelazadas en la fortaleza de Correa y en el papel central y único que desempeña en todo el proceso. Es muy cierta su posición privilegiada y -hasta ahora imbatible-, pero quedan dudas sobre la posibilidad de mantenerla por períodos más largos en los que pasará a ser juzgado por resultados tangibles".
Rafael Correa puede exhibir un balance favorable al concluir su primer año de gobierno. Aunque la economía ecuatoriana ha tenido el peor desempeño de los últimos cinco años, con un magro crecimiento de 2,3%, en política ha obtenido resultados que sobrepasan sus propias expectativas. En efecto, aún sus partidarios más optimistas no esperaban que al llegar apenas a la cuarta parte de su mandato lograra controlar todos los dispositivos políticos, pudiera pulverizar a la oposición y se comenzara ya a hablar de reelección o de extensión de su período. Si alguien hubiera dibujado ese escenario hace apenas doce meses habría recibido como respuesta una sonora carcajada. Pero esa es la realidad y, para que no queden dudas, se refleja en los mayores índices de apoyo que ha recibido un presidente ecuatoriano desde el retorno a la democracia en 1979.
La fórmula para llegar a ese punto ha sido una hábil combinación de prácticas largamente usadas en la política ecuatoriana, con una gran sagacidad para calibrar adecuadamente el momento, una enorme capacidad parta movilizar a la población y una alta coherencia con sus ofertas de campaña. Veamos uno por uno estos ingredientes.
En primer lugar, las acciones y los procedimientos de Rafael Correa no se diferencian en nada de las prácticas clientelares y excluyentes de sus antecesores. A pesar de que basó su campaña en el combate a ese tipo de política, no existe el más mínimo asomo de diferencia en este sentido. El atropello a la Constitución y a cuanta norma se pusiera por delante, la movilización callejera como arma para acabar con la oposición y la confrontación como mecanismo de gobierno son prácticas que tienen larga historia en el país, de manera que en ello hay más continuidad que diferencia con los anteriores gobernantes y políticos.
En segundo lugar, nadie puede negar el sentido de oportunidad y la sorprendente capacidad de Correa para aprovechar las oportunidades que se le han ido presentando. Si en las primeras semanas de su gestión pareció resignarse a una táctica reactiva, especialmente frente al Congreso dominado por la oposición, no fue necesario que pasara mucho tiempo para que se apropiara de la iniciativa y no la abandonara jamás. Todo lo que ha sucedido a lo largo de este tiempo ha sido el producto de su decisión. Él ha puesto la agenda y la ha manejado a su gusto.
En tercer lugar, Correa ha logrado mantener movilizada a la población con una serie de recursos discursivos y también en parte con medidas económicas de efecto inmediato. Una sociedad que pidió insistentemente en los últimos años que se vayan todos los políticos y que había venido votando reiteradamente por "outsiders" era el mejor terreno para que germinara un liderazgo de este tipo. Mucho más si al enfrentamiento verbal con los viejos partidos (la partidocracia, en palabra que hizo suya el Presidente) se añadió la duplicación del monto de un bono que se entrega directamente a alrededor de un millón doscientas mil personas y el incremento de los subsidios a los combustibles. La combinación del discurso que apela a sentimientos profundos con los beneficios materiales inmediatos aseguró el apoyo y la disposición a movilizarse en favor de las acciones presidenciales.
Finalmente, es innegable que Correa se ha mantenido fiel a las promesas hechas en la campaña electoral. Que hayan sido correctas o descabelladas, ese es otro cantar. Lo cierto es que ha transitado por el camino previamente marcado, sin importar los efectos que se deriven de esa obstinación. Aunque con ello ha causado el estancamiento de la economía y en lo político se ha abierto todos los frentes posibles, el Presidente se ha mostrado decidido a seguir hasta el final. Obviamente, eso significó cerrar las puertas del palacio de gobierno a la real-politik y jugarse a todo o nada.
Lo descrito ha ocurrido dentro de un contexto altamente favorable tanto en términos económicos como políticos. El incremento del precio del petróleo jugó a su favor a lo largo de todo el año, pero también se benefició inercialmente de la herencia de una economía estable y en crecimiento. En lo político, Correa estuvo en el momento preciso en el lugar indicado, ya que hizo su súbita aparición en la escena cuando los viejos líderes la abandonaban y cuando los partidos políticos terminaban su larga agonía. No podía pedir algo mejor.
Solamente pocos días antes de cumplir su primer año vio empañarse parcialmente el horizonte cuando, por un lado, cayó su aceptación entre la población por la aprobación apresurada de una ley tributaria y, por otro lado, surgieron problemas dentro de la Armada. Su vehemencia y su escasa predisposición a acogerse a las normas comenzaron a pasarle factura tanto con la población directamente, como con un sector que siempre ha mostrado mucha sensibilidad y celo frente a la intervención de los políticos. Al parecer, el estilo de Correa fue interpretado entre los militares como un intento de ruptura de un pacto que nunca ha sido explícito pero que ha funcionado como la garantía de la permanencia de ellos en los cuarteles. Aunque el problema no tomó mayores dimensiones y fue finalmente resuelto, marcó los límites a los que puede llegar el estilo presidencial.
Después de este vertiginoso año quedan una certeza y una duda. Ambas se encuentran entrelazadas en la fortaleza de Correa y en el papel central y único que desempeña en todo el proceso. Es muy cierta su posición privilegiada y -hasta ahora imbatible-, pero quedan dudas sobre la posibilidad de mantenerla por períodos más largos en los que pasará a ser juzgado por resultados tangibles.
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