ESPECIAL PARA INFOLATAM

Análisis realizado por Clovis Rossi

Brasil bajo la sombra de "BelIndia"

 
 

Infolatam
Sao Paulo, 23 de diciembre 2007


(Especial para Infolatam)

"... Pese a todo, la “Belíndia” está dada por dos “rankings” que se publicaron ya en los meses finales del año. Dato uno: Brasil pasó por fin al nivel de desarrollo humano alto, de acuerdo con el IDH (Índice de Desarrollo Humano) elaborado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). ¿Por fin, Bélgica? No, nada parecido. Brasil es el último (70) entre los países de alto desarrollo humano. Un poco India todavía, pese a que esté entre las diez más grandes economías del mundo (o la sexta, según la manera de hacer las cuentas)."

Durante los años duros de la dictadura militar en Brasil, el economista Edmar Bacha – que llegaría a presidente del Banco Central en democracia – apodó el país de “Belíndia”. Quería decir que era una pequeña Bélgica rica cercada de una inmensa India miserable. Claro que estamos hablando de tiempos en que India sonaba en las noticias internacionales como un país de muchos pobres, y no como la nación que conoce hoy un impresionante desarrollo económico. Pero sigue siendo muy pobre.

Brasil salió de la dictadura militar, volvieron los civiles, las elecciones ya son una rutina al que el país se había desacostumbrado. Salieron también los planes económicos heterodoxos que caracterizaron la democracia en sus inicios. Llegó la ortodoxia, aunque la izquierda o, al menos, el centro-izquierda gobierne el país hace ya 13 años, ocho con Fernando Henrique Cardoso, cinco con Luiz Inácio Lula da Silva. Sin embargo, 2007 demostró, una vez más, que la sombra de “Belíndia” pasea por Brasil.

Fue un año de crecimiento económico fuerte, el más fuerte en décadas (la previsión más reciente es de que sobrepase los 5%). Menos, claro, que India o China o Rusia, los compañeros de Brasil en los BRICs, ese jueguito especulativo inventado por la empresa financiera Goldman Sachs para apuntar los países que serán potencias en el año 2020.

Pero, de todos modos, el ambiente económico es el más cercano a la euforia que Brasil ha vivido desde los tiempos de Juscelino Kubitschek, presidente entre 1956 e 1961, el hombre que inventó de la nada una capital en el centro de país, Brasilia. En lo que se refiere al social, también hay avances, menos espectaculares, pero avances al fin y al cabo.

Pese a todo, la “Belíndia” está dada por dos “rankings” que se publicaron ya en los meses finales del año. Dato uno: Brasil pasó por fin al nivel de desarrollo humano alto, de acuerdo con el IDH (Índice de Desarrollo Humano) elaborado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). ¿Por fin, Bélgica?

No, nada parecido. Brasil es el último (70) entre los países de alto desarrollo humano. Un poco India todavía, pese a que esté entre las diez más grandes economías del mundo (o la sexta, según la manera de hacer las cuentas). Peor: el gobierno festejó el último puesto entre los de desarrollo alto. ¿Que hay para festejar cuando la décima economía del mundo está en el puesto setenta en desarrollo humano?

Además, estadísticas a parte, la vida cotidiana desmiente el alto desarrollo humano. La violencia es tan rutinaria en las grandes ciudades (y hasta en ciudades no tan grandes) que los diarios ni siquiera ponen mucho énfasis a los tiroteos entre criminales y la policía o y a lo que se dado por llamar “las balas perdidas”, tiros que salen y no se descubre nunca de donde exactamente y matan a gentes que no son parte de la guerra cotidiana en Río de Janeiro.

La portada de los diarios se reserva para casos de un primitivismo que vuelve casi “normal” el caso de la joven saudita que fue violada por un grupo de siete personas y, sin embargo, fue condenada porque se había encontrado con un amigo que no era pariente, sin la presencia de un pariente.

En Brasil, fue peor: una niña (11 años) fue detenida en una misma celda con más de 20 hombres, que la violaron los 20 días en que pasó presa. El horror puede parecer insuperable pero que hay que agregar dos cosas: 1º: Mucha gente de la ciudad sabia lo que se pasaba en la cárcel, pero todos se callaron, con miedo. 2º:  Hubo un intento de las autoridades de desviar la atención sobre la edad de la niña, con alegatos de que no tendría 11 sino 19 anos, como se fuera normal que una mujer, con 11, 15, 20 o 60 años, pueda ser dejada en una cárcel con hombres.

El año reafirmó, una vez más, el carácter igualmente primitivo de la política en Brasil. El escándalo de esta vez afectó al presidente del Senado, Renan Calheiros, tercero en la línea de sucesión al presidente Lula, después del vicepresidente y del presidente de la Cámara de Diputados.

Calheiros tuvo que renunciar a la presidencia, pero no perdió su mandato, puesto que sus pares le absolvieron dos veces (había cinco acusaciones distintas contra el), en sesiones secretas. O sea, al renunciar, el senador confiesa que no tiene condiciones de seguir siendo presidente de la Casa. Quien no puede presidir la cámara a la que pertenece no es digno por definición de formar parte de ella. Sin embargo, Calheiros sigue siendo senador.

En el surrealista mundo político brasileño, pasó en 2007 otro evento casi increíble. Los que estaban en el gobierno antes de Lula crearon la llamada CPMF, un impuesto que, teóricamente, se destinaría a la financiación de la salud. Lula, como todos sus compañeros de partido, estuvieron en  contra. Bueno, ahora Lula y sus compañeros intentaron prorrogar hasta 2011 el impuesto al que se oponían mientras no eran gobierno, pero fueron derrotados por los que crearon el impuesto cuando gobernaban y se volvieron contra él, ahora que son oposición.

Pese a todo, Lula es el presidente más popular de la historia, por lo menos desde que hacen encuestas de popularidad en el país. La economía va bien, los programas sociales atienden a 11 millones de familias, los banqueros y los acreedores del gobierno siguen amasando fortunas gracias a los intereses fabulosos que el Banco Central determina.

Ni siquiera la turbulencia global decurrente de la crisis de las hipotecas hizo variar el panorama económico. Al revés: mientras los grandes diarios globales hablan del regreso de la inflación (por lo menos en los precios de los alimentos), en Brasil la inflación, el demonio de tantas décadas sigue bajita, bajita, en niveles de Primer Mundo, de esa Bélgica de la que Brasil todavía está tan distante.

 

 

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