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EL ANÁLISIS

Alfonsín y Cristina de Kirchner: dos imágenes contrastantes

 

Infolatam
Buenos Aires, 8 abril 2009


(Especial para Infoltam).- "... El contraste entre el clima de recogimiento que produce la muerte de Raúl Alfonsín y la soledad de un gobierno al que la sociedad le ha retirado el afecto es como una dramatización del momento actual.

El mensaje debería ser registrado por todos los dirigentes argentinos, mucho de los cuales están lejos de ser dialoguistas y promotores de consensos. Pero toca más fuerte y directamente al gobierno de Cristina y a la jefatura política de Néstor; desnuda, dramatizando las cosas, dónde está el núcleo que realmente no funciona en el kircherismo".

El deceso de Raúl Alfonsín produjo en la Argentina una conmoción poco frecuente. Multitudes convergieron al Congreso de la Nación, donde sus restos fueron velados, y al cementerio donde fueron enterrados. La prensa exalta las virtudes cívicas del ex presidente; contribuye además a instalar en la opinión pública una contraposición entre Alfonsín y los actuales gobernantes, entre el representante de valores democráticos, proclive al diálogo y al consenso, y los exponente de un estilo confrontativo, intolerante y rencoroso. La muerte de Alfonsín se suma a los hechos que dejan al gobierno de los Kirchner aislado de la sociedad. Ha servido también de marco apropiado para reunir a dirigentes de un espectro político amplio en una profesión común de fe democrática.

El fenómeno es sociológicamente llamativo. Está más cerca de la categoría ‘entierros que conmueven a las masas' que de una expresión más articulada de valores y demandas políticas. Se compara en la Argentina a los entierros de Perón, de Eva Duarte y de Irigoyen -el gran antecesor e inspirador de Alfonsín, fallecido en 1932- o al de Lady Diana en Inglaterra o a los de Getulio Vargas y Tancredo Neves en Brasil. La realidad es que Alfonsín concluyó su presidencia en 1989 antes de término, porque había sumido al país en una situación ingobernable. Desde entonces su imagen pública -al menos la que miden las encuestas de opinión- nunca fue muy buena; más bien lo envolvió un halo de rechazo, que él mismo nunca puso en duda. Es posible concluir que Alfonsín se cuenta entre los dirigentes que han contribuido a alimentar muchos de los problemas que aquejaron a la Argentina desde 1983 hasta hoy. Así lo veía la sociedad hasta hace poco tiempo.

Raul AlfonsinPero en la Argentina, estos días, ese no es el consenso. Como sucede muchas veces en este tipo de situaciones, una masiva corriente en la opinión pública ha coincidido en el propósito de ensalzar los aspectos positivos de la vida pública de Alfonsín y pasar a un segundo plano los pasivos del balance. La sociedad parece estar encontrando en Alfonsín un símbolo poderoso para ratificar masivamente su vocación democrática y su expectativa de un clima político más convivencial. Enhorabuena. El juicio de la historia no está en manos de quienes vivimos hoy sino de las generaciones futuras.

La muerte de Alfonsín sorprendió a Cristina Fernández de Kirchner en Londres, donde asistía a la reunión del G20. Como quiera que se interprete su bajo protagonismo en el cónclave, lo cierto es que la presidenta adelantó su regreso al país por la muerte de Alfonsín. Algunas expresiones de la presidenta durante su breve estadía en Londres son también materia de comentarios periodísticos y de conversaciones en la calle; entre otras cosas, hubo una aparente gaffe sobre la actuación policial ante los manifestantes y también una imprudente referencia a la situación de Palestina aludiendo a las islas Malvinas. Nada de eso suma, desde luego, pero tampoco va a restar demasiado a la imagen de un gobierno que ya no despierta confianza en el mundo y que se encuentra desgastado en su propia sociedad.

El contraste entre el fenómeno de erupción emocional masiva que despierta la muerte de Alfonsín y el declive opaco del gobierno argentino se pone de relieve en el contexto del escenario electoral, que el mismo gobierno decidió adelantar cuatro meses. Alfonsín reaviva la posibilidad de una convergencia electoral opositora; el vicepresidente Cobos es, en esa línea, la figura articuladora. Cristina, en la soledad de su retorno de Londres, es la imagen de una derrota posible, del ocaso de un proyecto político que ilusionó a gran parte de la sociedad. La presidenta abandonó Londres, donde no cosechó réditos, y llega a un país hoy imbuido del mensaje que se proyecta en la imagen de Alfonsín: diálogo, convivencia, búsqueda de consenso. Precisamente atributos que los Kirchner no pueden cultivar, tal vez porque no quieren hacerlo, tal vez porque no saben cómo hacerlo.

Las tendencias electorales no favorecen hoy al gobierno argentino. Tampoco marcan decididamente una tendencia en su contra, más bien dejan un escenario abierto a lo que suceda en los próximos dos meses. Hoy la sociedad expresa espontáneamente cuales son sus expectativas; el gobierno de los Kirchner, como ocurre frecuentemente, los kirchner Cristina y Néstorrecibe esos mensajes sin atinar a producir una respuesta efectiva.

El contraste entre el clima de recogimiento que produce la muerte de Raúl Alfonsín y la soledad de un gobierno al que la sociedad le ha retirado el afecto es como una dramatización del momento actual. El mensaje debería ser registrado por todos los dirigentes argentinos, mucho de los cuales están lejos de ser dialoguistas y promotores de consensos. Pero toca más fuerte y directamente al gobierno de Cristina y a la jefatura política de Néstor; desnuda, dramatizando las cosas, dónde está el núcleo que realmente no funciona en el kircherismo: mucho menos que las decisiones de política pública que adopta, lo que se le cuestiona, y lo que posiblemente se le va a cobrar al momento de votar, es la falta de diálogo constructivo, el desdén por la pluralidad de puntos de vista y de intereses que la política democrática debería representar, porque esa es la más esencial de sus razones de ser.

 
 

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