Peter Hakim: México Trump

Cómo convertir a México en un adversario de EE.UU.

Infolatam
Washington, 23 marzo 2017
Por Peter Hakim

“Vamos a tener buenas relaciones con México, espero. Y si no, pues no las tendremos”.  Eso es el presidente Donald Trump, expresando un notable menosprecio, casi indiferencia, hacia una relación que el presidente George W. Bush calificó de la más importante en el mundo para los Estados Unidos.

El Presidente Trump puede hacer algo más que “esperar” unas buenas relaciones con México, como si fuera simplemente una cuestión de azar. Es de México de lo que se habla, el país vecino que tiene 2.000 millas de frontera con Estados Unidos y compra $250 mil millones anuales en bienes y servicios realizados en los EE.UU. Un diez por ciento de la población de EE.UU. tiene sus orígenes en México. Ningún otro país en el mundo tiene más impacto en la vida cotidiana de los estadounidenses.

Con un flujo constante de retórica ofensiva e intimidatoria dirigido a México, compuesto por el conjunto mal intencionado y altamente polémico de propuestas políticas, el propio Trump es en gran parte responsable del fuerte deterioro de las relaciones bilaterales en los últimos dos años. El distanciamiento a gran escala entre los dos países parece ahora casi inevitable a menos que Trump esté dispuesto a cambiar drásticamente su actitud y comportamiento hacia México, los mexicanos y los méxico-americanos. Tendría que cambiar de rumbo cesando los esfuerzos para imponer su voluntad al gobierno mexicano y parar la búsqueda a corto plazo de beneficios políticos y económicos a expensas de México. Seguramente, ninguno de estos cambios parece probable. Trump hoy va viento en popa, sin tener en cuenta sus perjudiciales consecuencias, a la ruptura de la relación ya tensas entre México y Estados Unidos.

Los desacuerdos entre México y los EE.UU. no son inusuales Las tensiones entre las dos naciones están siempre presentes y, ocasionalmente, producen enfrentamientos abiertos. Hay una larga historia de desconfianza, sospecha y franca amargura entre los dos Gobiernos. Lo que Trump y sus asesores no han logrado entender es que los problemas más incordian las relaciones EE.UU.-México, – ya sean las prácticas comerciales desleales, o el persistente déficit de la balanza de pagos, la inmigración ilegal, los productos manufacturados o las empresas que se instalan en México, la inseguridad fronteriza, o el tráfico de drogas-  no se pueden abordar de manera efectiva únicamente por Estados Unidos. De hecho, cada uno de estos problemas serían mucho peores hoy sin la fuerte cooperación multilateral que se ha desarrollado entre los dos países desde principios de 1990.

Por supuesto que Trump puede salirse con la suya en muchas de las cuestiones que ahora están en disputa con México. A pesar de que no va a convencer a los mexicanos para que paguen por ello, las constructoras de Estados Unidos hacen cola para presentar sus proyectos para el muro fronterizo con fondos para su puesta en marcha incluídos en los presupuestos del Presidente. Al igual que anteriores presidentes de Estados Unidos, Trump tiene la autoridad necesaria para expulsar a un gran número de inmigrantes mexicanos indocumentados que viven en EE.UU. (e incluso algunos de los que son plenamente legales). El TLC, firmado hace 22 años, le permite retirar a los EE.UU. con seis meses de preaviso. Trump ha demostrado ya su poder para disuadir a las empresas estadounidenses de llevar sus actividades a México.

Aun así, incluso si estas acciones pudieran producir los beneficios que Trump reclama para ellos, lo que decididamente no pueden, los EE.UU. estarían peor que hoy. En primer lugar, EE.UU. estaría en peligro de perder el valioso apoyo y la cooperación que México ofrece ahora para hacer frente a los flujos migratorios (de México y de otros lugares) y otros movimientos transfronterizos (de más de un millón de personas al día), para frenar el ilícito tráfico de drogas colaborando en una serie de actividades de represión, y en la gestión para la distribución del agua y otros objetivos sobre recursos naturales. Y EE.UU. no podrá depender más de la ayuda de México como socio para afrontar múltiples problemas imprevistos que inevitablemente surgen entre países vecinos. Una epidemia de virus u otro desastre de salud pública podría surgir en la región fronteriza. Lo mismo ocurriría con un terremoto u otros desastres naturales, o un acto criminal o terrorista. El manejo de estos problemas requiere de la confianza, la buena voluntad y la cooperación de México.

Las causas del distanciamiento entre Estados Unidos y México

La brecha actual y creciente entre EE.UU. y México no es cosa sólo de la falta de entendimiento entre la administración Trump y el Gobierno mexicano. Las disputas se producen regularmente entre los países vecinos, incluso entre aliados cercanos. No tienen por qué que llevar a una profunda y prolongada animosidad profunda o a un conflicto abierto. Lo que ha indignado a los mexicanos de hoy ha sido el acoso incesante de Trump. El muro que se propone, un poderoso símbolo de división y desconfianza, es una provocación sustancial en sí mismo. Insistiendo en que México pague una barrera no deseada es una abierta intimidación agravada por: (1) las reclamaciones de Trump por prácticas comerciales desleales, acusando a México de estafar a EE.UU.; (2) las amenazas de poner impuestos sobre las remesas familiares y grandes aranceles a las importaciones de México (que violan los tratados y las normas comerciales internacionales); y (3) su sugerencia, que sonó como una advertencia a los mexicanos, de  que EE.UU. podría enviar tropas a México para hacer frente a los carteles de la droga.

El muro que se propone, un poderoso símbolo de división y desconfianza, es una provocación sustancial en sí mismo.

Por otra parte, en lugar de reconocer la responsabilidad compartida, como hicieron sus tres predecesores, Trump culpa constantemente a México de los problemas de la droga en Estados Unidos. Pero lo más ofensivo para los mexicanos ha sido el comentario humillante de Trump sobre los inmigrantes mexicanos en los EE.UU., al sugerir que muchos de ellos son narcotraficantes, pandilleros y delincuentes violentos. Sus amenazas de deportaciones masivas están perturbando la vida de estadounidenses de origen mexicano y sus familias, la gran mayoría instalada legalmente en Estados Unidos, a quienes se les deja sentir no deseados y perseguidos. Ningún gobierno de México puede mantener buenas relaciones con los EE.UU. cuando sus ciudadanos están siendo insultados y hostigados. Imagínese la reacción de Washington con México o cualquier otra nación que sistemáticamente ofendiera y maltratara a los norteamericanos.

Las relaciones entre Estados Unidos y México han alcanzado su punto más bajo en una generación o más. La administración Trump se ve hoy en día, en México, como el adversario en el que no se puede confiar y debe ser resistido. Para empeorar las cosas un considerable número de norteamericanos, – por suerte no a mayoría – están convencidos de que México es la principal fuente de algunos de los problemas y contratiempos más importantes de EEUU. Muchos aceptan los planes del presidente de Estados Unidos de prohibir la entrada de los productos y ciudadanos mexicanos en Estados Unidos, cosa que ha enojado a los mexicanos y los ha hecho más recelosos.

El daño ya está hecho y recomponer las relaciones México-Estados Unidos no va a ser fácil ni rápido. Si la administración Trump no cambia pronto la relación con su vecino del sur, las relaciones se harán más amargas y posiblemente se romperán por completo. A pesar de la presión de casi todos los sectores de la sociedad mexicana para rechazar las propuestas de Estados Unidos, el Gobierno mexicano ha manifestado claramente su voluntad de iniciar un amplio diálogo con Washington. Lo cual quizás puede ser  el único camino para evitar que la relación bilateral sea aún más tensa y amarga y la posibilidad de una abierta ruptura. Es desalentador que la administración Trump haya mostrado hasta ahora tan poco interés en hablar con las autoridades mexicanas sobre la mayor parte de las cuestiones en juego.

La apertura de un diálogo con México requeriría de Trump dar varios pasos, de alto riesgo político incluso para el mismo Trump. Tendría que moderar o revertir, su agresiva y a veces abiertamente hostil actitud hacia México. Eso significaría abandonar un elemento clave en su estrategia para ganar la Casa Blanca y mantener a sus seguidores.

Para empezar, Trump tendría que poner fin a sus inflamados propósitos de imponer su voluntad sobre México sobre cuestiones y políticas que son importantes para ambos países: sobre ellos los mexicanos no aceptarán decisiones decretadas unilateralmente desde la Casa Blanca que disgustaron tan profundamente  en México. Ningún Gobierno de México puede acceder a las demandas de Washington y sobrevivir políticamente. Ya que existen desacuerdos, la administración Trump y el gobierno de México tienen que encontrar un entendimiento o empeorará la confrontación. El gobierno Trump, independientemente de la importancia que de a la necesidad de construir el muro en la frontera o de revisar el TLC, no puede prescindir de los criterios e intereses de México en estos asuntos políticos potencialmente explosivos.

Cual puede ser la solución

En lugar de apresurarse en levantar la barrera en la frontera común, ¿por qué el gobierno de Estados Unidos no está dispuesto a escuchar las objeciones de México, revisar los problemas que Trump cree que puede resolver y explorar soluciones alternativas que México podría apoyar? Las negociaciones sobre el TLC se muestran cada vez más probables. Tendrían muchas más posibilidades de éxito si los EE.UU. y México empiezan con el objetivo de producir beneficios para ambos, o al menos para minimizar las pérdidas, en lugar de verlo como una proposición de suma cero entre adversarios. Sería de gran ayuda si la administración Trump abandonase la amenaza de rechazar el tratado si la reforma no satisface plenamente las demandas de Estados Unidos e imponga fuertes tasas a las importaciones de México.

Donald Trump en su visita a México antes de ser Presidente de EE.UU.

EE.UU. y México podrían iniciar un diálogo sobre la política de inmigración de Estados Unidos en términos más generales, incluyendo la migración temporal de trabajo, las deportaciones y la provisión de un estatus legal a los inmigrantes no autorizados que residen en los EE.UU. Estas son cuestiones difíciles y delicadas que han provocado dificultades dentro de EE.UU. y entre las dos naciones. Es muy poco probable que se avance en cualquiera de ellos hasta que México y los EE.UU. puedan ponerse de acuerdo en los controles fronterizos. Es una discusión necesaria pero probablemente sea la más diferida.

Los riesgos de una ruptura dolorosa en las relaciones México-Estados Unidos no pueden ser ignorados. Para EE.UU. los costes serán  casi con toda seguridad mayores que los posibles beneficios que pueden derivarse si Trump consigue lo que quiere en cada uno de los temas específicos en disputa. México tendrá que pagar un precio mucho más alto, pero la mayoría de los mexicanos parece estar dispuesta a sacrificar muchas cosas, incluidas penosas pérdidas económicas, para evitar ceder a las presiones estadounidenses o tolerar el maltrato de mexicanos en EE.UU.uy que bien

Con las elecciones presidenciales de México previstas en el próximo año, EE.UU. bien podría terminar teniendo una relación cada vez más antagónica con su vecino más cercano y socio más importante. Sólo en los últimos 25 o 30 años EE.UU. y México han deasrrollado una amplia relación de cooperación que supone un comercio transfronterizo anual de aproximadamente $ 600 millones de dólares, así como una amplia colaboración para gestionar la migración de México y América Central, controlar el narcotráfico y otras accciones conjuntas para la aplicación de la ley y de seguridad. Antes de la aprobación del TLC en la década de 1990, los Gobiernos de México estaban preocupados especialmente por la defensa de su independencia y la integridad de su nación respecto de EE.UU. Esa también parece ser la principal preocupación de México en la actualidad,  y puede que lo sea durante algún tiempo.

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