Políticos polarizados en un país de gente moderada

Infolatam
Santiago, 8 de mayo de 2014
Por Patricio Navia

En las últimas semanas, Chile ha sido testigo de un acalorado debate entre la gobernante coalición centro-izquierdista Nueva Mayoría (ex Concertación) y la oposición derechista de la Alianza respecto a las propuestas de reforma tributaria, de reforma educacional y de reforma al sistema electoral realizadas por el gobierno de Michelle Bachelet. La retórica ha subido de tono y el tradicionalmente moderado ambiente político se ha visto más crispado. Afortunadamente, el resto del país parece ser mucho más moderado y proclive a la construcción de acuerdos. Pero la clase política parece estar olvidando lo que los chilenos de pie saben muy bien, para avanzar hay que dialogar y construir grandes consensos.

Desde que asumió por segunda vez el poder en marzo de 2014, la Nueva Mayoría parece determinada a construir un legado más radical que la exitosa herencia de sus cuatro primeros periodos en el poder. Entre 1990 y 2010, la Concertación gobernó construyendo grandes consensos. En parte por las leyes de amarre y enclaves autoritarios que limitaron la capacidad de la Concertación de transformar su apoyo electoral mayoritario en mayorías en el Congreso Nacional, los cuatro gobiernos de la Concertación (1990-2010) promovieron una economía social de mercado.

El modelo económico buscaba profundizar las sólidas bases libremercadistas que impuso la dictadura militar y, a la vez, expandir la estructura de protección social de tal forma de reducir la pobreza, promover la inclusión y combatir la desigualdad. Como resultado, el rápido crecimiento económico y la espectacular reducción de pobreza lograda por los gobiernos de la Concertación fueron también acompañados por persistentes niveles de desigualdad.

Después de perder el poder en enero de 2010, la Concertación dio un giro a la izquierda. La lectura predominante de sus líderes fue que la derrota después de 20 años en el poder se debió a que no hicieron lo suficiente para combatir la desigualdad. Ignorando el hecho que el ganador en 2010 fue el empresario derechista Sebastián Piñera, que prometió más de lo mismo pero con caras nuevas, la Concertación cayó víctima de una percepción autoflagelante y optó por adoptar posiciones más izquierdistas.

En su campaña presidencial para un segundo periodo, Bachelet prometió combatir la desigualdad y ampliar las oportunidades. El fin al lucro en la educación y la provisión de gratuidad universal en todos los niveles educativos se convirtieron en los slogans de campaña que dieron a Bachelet una amplia victoria en diciembre de 2013. La Nueva Mayoría logró también mayorías absolutas en el Senado y en la Cámara de Diputados, por lo que muchos decidieron que era hora de terminar con la política de los acuerdos y que debían imponer su voluntad promulgando leyes que transformaran radicalmente la hoja de ruta que había seguido Chile desde el retorno de la democracia.

Suponiendo que la política de los grandes acuerdos era una innecesaria camisa de fuerza, el nuevo gobierno ha optado por usar “una retroexcavadora”—en palabras del presidente de uno de los partidos de la Nueva Mayoría—para destruir el modelo social de mercado que muchos ven como responsable de la alta desigualdad. Olvidando que ese modelo es también responsable del vigoroso crecimiento, aquellos que quieren refundar Chile parecen convencidos de que todo aquello que sea herencia de la dictadura es malo. De ahí que la Nueva Mayoría aspira a remplazar los principales legados institucionales de la dictadura, empezando por la propia constitución. Aunque resulta loable que los chilenos hayan sido capaces de construir una democracia a partir de una constitución hecha por un dictador, la Nueva Mayoría ahora se siente incómoda con la institucionalidad constitucional que la propia Concertación repetidamente logró modificar y democratizar.

Convertida en minoría apenas capaz de bloquear algunas reformas, la oposición derechista aparece dividida entre aquellos que quieren hacerse cargo de los desafíos que presenta el nuevo país que ha emergido después de 24 años de democracia y los que aparecen nostálgicos de cuando los partidos de derecha ejercían poder de veto desde una minoría. Pero como la Nueva Mayoría tiene mayoría suficiente en el Congreso para promulgar su reforma tributaria y realizar otras reformas al modelo neoliberal, poco importa las amenazas de la derecha. Es más, precisamente porque varios en la derecha están impulsando una campaña del terror, injustificadamente advirtiendo sobre la crisis que se avecinará de adoptarse las reformas que hoy promueve Bachelet, la oposición ha dejado de ser una voz razonable de defensa del modelo social de mercado.

Reaccionando a la campaña del terror impulsada desde la derecha, varios líderes de izquierda se han transformado de reformistas en revolucionarios. Negando las políticas moderadas que antes defendían, muchos parecen haber olvidado que el éxito de Chile provino de la capacidad de construir consensos y de reformas moderadas y graduales que implementaron los gobiernos previos. Incluso desconocen que Chile progresó sustancialmente. Creen que Chile iba por el camino equivocado y que ahora hay que dar un fuerte giro a la izquierda.

Habiendo sido testigos de las incuestionables mejoras en sus condiciones materiales de vida, los chilenos parecen menos interesados en cambiar el rumbo y más preocupados de corregir los problemas existentes en el modelo. Para la gente, la prioridad es poner fin a los abusos de los que son víctimas los consumidores y la falta de regulación y protección que existe en muchos ámbitos del quehacer cotidiano—desde la educación hasta la salud, desde la banca hasta las multi-tiendas.

El amplio rechazo al lucro—entendido en Chile como el abuso y la falta de protección a los derechos de los consumidores—es también una reafirmación de los anhelos de inclusión que predominan entre los chilenos. La gente quiere ser partícipe de los beneficios del crecimiento. Los chilenos quieren que la riqueza se distribuya menor, pero no quieren matar a la gallina de los huevos oro.

Lamentablemente, en la medida que el debate político ha sido subiendo de tono, y en tanto las posturas de los líderes de ambas coaliciones se han ido polarizando, escasean los llamados a construir consensos que permitan impulsar una reforma tributaria que contribuya a reducir la desigualdad pero que no ponga en riesgo el crecimiento económico.

En tanto los políticos sigan apareciendo más preocupados de acusarse mutuamente que de forjar consensos, la gente comenzará a sentir que su clase política no es capaz de hacerse cargo de sus necesidades. Si la Nueva Mayoría y la Alianza aparecen preocupadas de intentar desmantelar o defender a ultranza el legado institucional heredado de la dictadura más que de introducir las necesarias correcciones que promuevan la inclusión y reduzcan la desigualdad, los chilenos comenzarán a pensar que el principal riesgo está en que, enfrascados en sus disputas ideológicas, la propia clase política termine matando a la gallina de los huevos de oro que ha hecho a Chile el país más desarrollado de América Latina.

2 comentarios a “Políticos polarizados en un país de gente moderada”

  1. Gonzalo dijo:

    Creo que Sr. Navia no maneja temas económico-sociales por su formación exclusivamente de “ciencia” política. Habla generalidades -como un miembros más de la clase política- y ya no conoce el Chile de hoy. Mucho tiempo en NY.

  2. juan carlos dijo:

    Análisis excelente. Gracias

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