Patricio Navia

Bachelet jugando con fuego

Infolatam
Santiago, 16 de abril de 2014
Por Patricio Navia

En su primer mes de gobierno, la presidenta chilena Michelle Bachelet ha demostrado que su objetivo no es sólo diferenciarse de su predecesor, el derechista Sebastián Piñera. Bachelet también quiere distinguirse de las 2 décadas de gobiernos concertacionistas en los que ella participó. Más cargada a la izquierda, en su segundo periodo en el poder, Bachelet busca disminuir la desigualdad, una de las grandes promesas incumplidas de la Concertación. Pero en el intento, Bachelet arriesga sofocar a la gallina de los huevos de oro del modelo social de mercado que ha hecho de Chile la nación más desarrollada de América Latina. Porque la igualdad en la pobreza es peor que la desigualdad en el crecimiento, Bachelet debe evitar que el país pierda la brújula del crecimiento en su meritorio intento por reducir la desigualdad.

Así como el éxito económico de Chile desde el retorno de la democracia en 1990 es incuestionable, la desigualdad que amenaza la paz social, y pone en peligro la estabilidad política, también es innegable. En su campaña presidencial, Bachelet buscó refundar a la Concertación, la otrora exitosa coalición de centro-izquierda. Ampliándose hacia la izquierda, incorporó al Partido Comunista y rebautizó a la coalición como Nueva Mayoría. Aunque para muchos resulta incomprensible abandonar un nombre que se asocia con democratización, crecimiento y estabilidad, Bachelet quería materializar el quiebre con el viejo modelo de consensos y reformas graduales que impulsó la Concertación.

Después de haber ganado fácilmente las elecciones, Bachelet ha impulsado reformas profundas. Pese a los tropiezos en nombramientos en su equipo de gobierno—que obligaron al remplazo de varias autoridades antes de que asumieran sus cargos —y las catástrofes que han golpeado a Chile en las últimas semanas—un fuerte terremoto en el norte y devastadores incendios en Valparaiso— Bachelet no ha perdido tiempo para comenzar a impulsar las reformas que prometió en campaña. La principal iniciativa es una ambiciosa reforma tributaria que busca recaudar más fondos para financiar la promesa más importante de campaña de Bachelet, la educación universal gratuita y de calidad en todos los niveles.

Aunque algunos lineamientos de la reforma fueron explicitados en campaña, la propuesta que hace dos semanas envió Bachelet al Congreso trajo también algunas sorpresas. Los dos principales elementos de la reforma, el aumento de los tributos de las empresas de un 20 a 25% de sus ganancias y la eliminación de un mecanismo que permitía a las empresas retrasar el pago de impuestos si no hacían el retiro formal de las ganancias, han generado resistencia en el empresariado y entre partidos de derecha, pero como la coalición de Bachelet tiene amplia mayoría en ambas cámaras, la oposición tiene pocas chances de bloquear la reforma.

Otros aspectos de la reforma, como un aumento en los impuestos a los alcoholes, impuestos a bebidas azucaradas, impuesto a producción de electricidad por medios contaminantes, y un impuesto a las ganancias que tengan las personas que vendan una segunda vivienda de su propiedad han generado rechazo también en legisladores oficialistas. Si bien los principales elementos de la reforma probablemente se convertirán en ley antes de julio, la indisciplina que se pudiera producir en la coalición gobernante—ya sea porque varios legisladores defenderán los intereses económicos de sus distritos o por diferencias ideológicas entre los partidos más izquierdistas y los más moderados, como el Partido Demócrata Cristiano—será una indicación de qué tanto control podrá ejercer la izquierdizada Bachelet sobre los partidos de su ideológicamente heterogénea coalición.

Como la discusión de reforma tributaria interesa a toda la sociedad—algunos porque deberán pagar más y otros porque esperan verse beneficiados—la discusión retomará fuerza después que disminuya el impacto de los incendios de Valparaíso. El debate ya se había puesto intenso antes de la tragedia. Pero ahora que los fuegos en los cerros se han disipado, se reiniciará el incendiario discurso en el edificio del Congreso, también ubicado en Valparaíso. En su defensa de su propuesta de reforma, Bachelet y su gobierno han sido poco prolijos. En vez de mantener el discurso inicial de que el objetivo es reducir la desigualdad, ante de las críticas de que la clase media también se verá obligada a pagar más impuestos, la propia Bachelet ha declarado que el aumento impositivo recaerá en el 1% más rico. La derecha no ha perdido la oportunidad para denunciar que Bachelet recurre al discurso de lucha de clases para justificar su programa de gobierno. Desafortunadas declaraciones de líderes de la coalición centroizquierdista—como la de que este gobierno tenía una retroexcavadora para demoler el modelo neoliberal que ha existido en Chile—también han ayudado a crispar el ambiente.

Por cierto, es un error centrar la causa de la desigualdad solo en los más ricos y no en la insuficiente estructura de oportunidades, y en políticas públicas bien intencionadas, como los subsidios a la oferta, que aumentan la desigualdad. Primero, porque genera más tensiones con el grupo sobre el que recaerá buena parte del aumento impositivo. Segundo, porque es una verdad parcial. Si los nuevos recursos que genere el estado son destinados a subsidiar la gratuidad en la educación universitaria, los principales beneficiarios serán los quintiles de más ingresos. Eso terminará aumentando la desigualdad, pese a las declaraciones bien intencionadas del gobierno que indican lo contrario. Por eso, más que centrar la discusión en que los ricos pagarán más, el gobierno debiera centrarse en los resultados que busca traer la reforma, una menor desigualdad.

Ahora bien, mientras el gobierno no explicite cómo se van a gastar los nuevos recursos, resulta imposible estimar cuál será el efecto sobre la desigualdad. Si los recursos van a subsidiar la universalidad de la oferta de bienes públicos, bien pudiera ser que la desigualdad aumente. Peor aún, dado que la reforma es ambiciosa y afecta distintos ámbitos del quehacer económico, hay opiniones divergentes sobre el efecto que tendrá en el crecimiento. Si la reforma afecta negativamente el crecimiento —y por ende daña la creación de empleos— aumentarán las necesidades sociales a las que deberá abocarse el gobierno. Una reforma tributaria que afecte la velocidad con que la gallina pone los huevos de oro hará más difícil avanzar en reducir la desigualdad en Chile.

Bachelet ganó la elección presidencial porque los chilenos querían cambios. En un país que ha crecido y se ha desarrollado, hay mucha gente que aún se mantiene marginada. Pero a diferencia de otros candidatos presidenciales que prometían redistribución inmediata y cambios radicales, Bachelet ganó porque los chilenos confiaban en que ella sería capaz de distribuir la riqueza sin asfixiar a la gallina de los huevos de oro. Si la presidenta alimenta la sospecha que sus propuestas pueden sofocar los motores del crecimiento, el alto apoyo con el que ahora cuenta se verá disminuido y su proyecto refundacional se verá frustrado. Si en cambio logra convencer a los chilenos que el suyo es un camino que no pone en riesgo el crecimiento —y que no es anti-empresarial sino pro-mercado y pro-competencia— efectivamente establecerá las bases de un país que mantiene altos niveles de desarrollo y, a la vez, es capaz de disminuir la desigualdad.

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