América latina y la sucesión venezolana

Infolatam
Madrid, 24 enero 2013
Por Carlos Malamud

La crisis política abierta en Venezuela por la enfermedad de Hugo Chávez y el aplazamiento de la toma de posesión de su nuevo mandato fue seguida con gran interés en toda América Latina, con independencia de la relación que cada uno de los distintos gobiernos implicados tuviera con el chavismo. Al igual que cuando Fidel Castro estuvo gravemente enfermo nuevamente La Habana se convirtió en centro de peregrinaje de ciertos presidentes latinoamericanos, aunque en menor intensidad. Al estar Chávez recluido en la unidad de cuidados intensivos del hospital la falta de contacto personal disuadió a algunos de viajar.

El 10 de enero pasado, el día del comienzo del nuevo mandato de Hugo Chávez, 22 de los 33 países de América Latina y el Caribe firmaron la Declaración de Caracas en respaldo de las tesis oficiales venezolanas. Los firmantes fueron los 18 países de Petrocaribe, Bolivia y Ecuador los dos únicos de los ocho del ALBA (Alianza bolivariana de los pueblos de nuestra América) no vinculados a Petrocaribe, más Argentina y Uruguay. Como ha señalado Rosendo Fraga, “si bien dos tercios de los países de la CELAC legitimaron la solución del chavismo para la crisis institucional venezolana, no lo hicieron 11 países, los cuales representan tres cuartas partes de la región en términos de PBI, población y territorio”.

En el acto celebrado en Caracas estuvieron presentes tres presidentes regionales: Evo Morales, Daniel Ortega y José Mujica. Mientras Bolivia y Ecuador forman parte del ALBA, el mandatario uruguayo justificó su presencia en la capital venezolana en su condición de presidente pro tempore de Mercosur. La declaración no fue firmada por ninguno de los cuatro países que integran la Cuenca del Pacífico (Chile, Colombia, México y Perú) ni por los dos obervadores (Costa Rica y Panamá), si bien el peruano Ollanta Humala viajó a La Habana para solidarizarse con el estado de salud de Chávez. Tampoco la firmaron Paraguay, enfrentado con Venezuela por el cese del ex presidente Fernando Lugo (que sí estuvo presente en Caracas) ni Brasil, pese al más abajo comentado pronunciamiento de Marco Aurelio García, que también acudió a Cuba.

Para explicar la conducta de los distintos países hay que considerar la mayor cercanía política o ideológica, caso de los integrantes del ALBA, o económica, caso de aquellos vinculados a Petrocaribe, ya que en estos supuestos la comprensión frente a lo que ocurría en Venezuela era mayor. En líneas generales se puede decir que las respuestas fueron desde la plena solidaridad con la vía de acción desarrollada por el gobierno bolivariano para evitar la convocatoria de nuevas elecciones hasta la indiferencia o la neutralidad. En el medio encontramos una gran variedad de posiciones, que hablan de la necesidad de pagar pasadas ayudas venezolanas (Argentina o Uruguay), de seguir contando con el papel mediador del chavismo (Colombia con Juan Manuel Santos implicada en el proceso de paz con las FARC), o mantener una cierta unidad sudamericana, a la vista de la postura de Brasil.

Sin embargo, y esto es importante, no hubo ningún pronunciamiento abiertamente en contra o de rechazo a lo actuado por el gobierno provisional de Nicolás Maduro, ni declaraciones a favor de la democracia venezolana o de respeto a las leyes y las instituciones al margen de la versión oficialista. Ni siquiera en lo referente al discutible fallo de la Sala Constitucional del TSJ (Tribunal Supremo de Justicia) venezolano sobre las condiciones bajo las cuales Chávez debe prestar el juramento de su nuevo mandato se oyeron voces discrepantes. El único caso reseñable es el del embajador panameño ante la OEA (Organización de Estados Americanos), Guillermo Cochez, que tras decir que Venezuela era “una democracia enferma” fue fulminantemente destituido por el presidente Ricardo Martinelli, tras escuchar las críticas de Nicolás Maduro.

La posición oficial de Brasil hecha pública por Marco Aurelio García, el principal asesor de la presidente Dilma Rousseff para temas internacionales, y el gran ideólogo de la política latinoamericana de Lula da Silva, apuntaba a que Venezuela podía esperar durante 180 a que Chávez juramentara, considerando los tres meses de ausencia temporal y los tres meses de ausencia definitiva establecidos en la Constitución. Las palabras de García podían relacionarse con el tradicional apoyo que Chávez y su proyecto han recibido de Brasil desde la llegada de Lula a la presidencia (recuérdese aquella frase del ex presidente brasileño señalando que Chávez era el mejor presidente que nunca había tenido Venezuela), pero también pueden ser vistas como el establecimiento de un rígido marco institucional al proceso de transición.

De este modo Brasil, en lo que algunos consideran “una estrategia discreta y sutil”, estaría dispuesto a dejar pasar esos seis meses, pero después de ellos las autoridades venezolanas deberían convocar irremediablemente unas elecciones y éstas deben ser justas y democráticas. Las dos interpretaciones presentadas también evidencian las contradicciones existentes en el seno del gobierno Rousseff en relación con Venezuela, pero también con su condición de líder regional. Según algunos trascendidos de prensa se produjeron algunos contactos entre diplomáticos brasileños y estadounidenses, donde los primeros pidieron un mayor protagonismo de su gobierno y de la propia región en la resolución de la crisis política venezolana. Es obvio que de ser así tanto la presidente Rousseff como Itamaraty se estarían jugando parte de su prestigio.

De todos modos, lo que está claro en las reacciones de unos y otros es que la totalidad de los actores comienza a pensar, con mayor o menor preocupación o mayor o menor urgencia, en los posibles escenarios que se abren en la región tras la desaparición de Chávez del primer plano de la escena política. ¿Continuará Venezuela ejerciendo el liderazgo sui generis que desarrolló en los últimos 10 años en América Latina? ¿Seguirá siendo su capacidad de presión tan potente como en el pasado inmediato en función de los respaldos acumulados en los años anteriores?

Arturo López Levi se preguntaba en estas mismas páginas si Venezuela iba a poder garantizar el boicot latinoamericano a la Cumbre de las Américas de 2015 en el caso de que Cuba no fuera invitada a la misma. Se tratará, evidentemente, de una prueba de fuego para medir la capacidad de influencia del nuevo gobierno venezolano. La presidencia pro tempore de la CELAC (Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños) que tras la Cumbre de Santiago pasará a manos de Raúl Castro será otra oportunidad importante para constatar lo anterior y también el grado de coordinación entre los gobiernos de Caracas y La Habana para seguir impulsando su proyecto hegemónico continental.

Aquí encontramos una explicación parcial del alineamiento de parte de los países de la región con Venezuela en esta coyuntura o del silencio de la otra parte. Cuba tiene un doble interés en Venezuela. El primero, los más de 100.000 barriles de petróleo diarios que se reciben en la isla a precios más que convenientes y con laxas condiciones de financiación. Éste ha sido uno de los pilares que le ha permitido a Cuba sortear el colapso intuido tras la desaparición de la Unión Soviética. El otro, la política exterior chavista que ha permitido la casi plena reincorporación de Cuba a las instituciones multilaterales latinoamericanas. Si bien un cambio político en Venezuela no volvería a llevar a Cuba al ostracismo, si debilitaría enormemente su capacidad negociadora, especialmente con Estados Unidos.

Una vez más el caso venezolano ha puesto en evidencia las distintas líneas de fractura que atraviesan la región y dificultan avanzar en el proceso de integración regional. En esta oportunidad el silencio de Mercosur y la Unasur, tan clamorosos en ocasiones anteriores (destitución de Fernando Lugo, golpe contra Manuel Zelaya en Honduras o levantamiento policial en Ecuador) ha sido más que evidente. Probablemente Brasil no haya sido ajeno a esta conducta, pese a la actitud beligerante de Cristina Fernández de Kirchner en respaldar la legalidad bolivariana.

Un comentario a “América latina y la sucesión venezolana”

  1. Óscar Álvarez Araya dijo:

    Buen artículo, felicitaciones!

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