Carrera contra el reloj en Brasil: la batalla de Sao Paulo


Por Luis Esteban G. Manrique

(Especial para Infolatam).- A lo largo de 2012 han sido asesinados en Sao Paulo 94 policías, más del doble que el año pasado. La mayoría de los asesinatos de los agentes se produjeron cuando habían terminado de cumplir sus funciones profesionales, lo que lleva a muchos analistas a sospechar que sus muertes obedecen a una vendetta planificada por el crimen organizado contra las fuerzas de seguridad del Estado de Sao Paulo. En comparación, en 2010 murieron en EEUU, un país de 314 millones de habitantes, 56 policías en enfrentamientos con delincuentes.

Con sus 40 millones de habitantes, el Estado paulista representa el 30% del PIB brasileño. Su capital, la ciudad más populosa del país, con casi 20 millones de habitantes (la tercera más grande del mundo después de México D.F. y Tokio), tiene la mayor demanda mundial per capita de vehículos blindados para uso civil por la inseguridad que reina en muchas de sus zonas metropolitanas.

“Sufrimos por la falta de control en nuestras fronteras”, ha declarado el gobernador de Sao Paulo, Geraldo Alkmin, para explicar la ola de violencia que se ha abatido este año sobre el Estado. Y ello a pesar de que el gobierno federal ha adquirido 14 aviones no tripulados (drones) israelíes para vigilar desde el aire sus fronteras amazónicas y aumentado en un 30% los efectivos de la policía federal, dotada ahora de helicópteros y lanchas rápidas.

En los últimos meses, fuerzas especiales brasileñas han asaltado varios laboratorios de cocaína en operaciones conjuntas con fuerzas policiales de Colombia, Perú y Bolivia, países con los que Brasil comparte 15.000 kilómetros de fronteras.

Pero todos los indicios apuntan a que los responsables de los asesinatos de los policías, ocurridos en barrios periféricos de la ciudad, pertenecen a la más peligrosa de todas las  bandas del país: el Primeiro Comando da Capital (PCC). Cuando realizan su trabajo, los policías están bien protegidos, pero cuando se quitan el uniforme, quedan inermes ante los asesinos a sueldo del PCC, que controla una densa red de informantes en las favelas paulistas.

La última oleada de violencia estalló en mayo, cuando seis miembros del PCC murieron en un tiroteo con efectivos de la Rota, la unidad de elite de la policía paulista.

Aunque las autoridades del Estado minimizan el papel del PCC en las muertes de los policías, Camila Nunes Dias, socióloga del Centro para Estudios de la Violencia de la Universidad Estadual de Sao Paulo, está convencida de que se ha declarado “una guerra de baja intensidad entre las unidades de la policía y la organización criminal más poderosa de Brasil”.

Un reciente informe de ABIN, la agencia de inteligencia federal, llega a conclusiones similares, pese a que la propia existencia del PCC es un asunto muy controvertido en Brasil debido a que afecta a su sistema carcelario, desde donde operan los cabecillas de la banda.

La última oleada de violencia estalló en mayo, cuando seis miembros del PCC murieron en un tiroteo con efectivos de la Rota, la unidad de elite de la policía paulista. Tres de sus miembros fueron detenidos por haber torturado y ejecutado extrajudicialmente a uno de los sospechosos

Según versiones de prensa, los líderes del PCC juraron vengarse contra los policías, la mayoría de los cuales han caído en emboscadas cuando estaban sin uniforme. La ola de violencia ha incluido además asaltos coordinados a restaurantes, hoteles de lujo y barrios residenciales.

Por ello, Brasil, que acogerá el Mundial de fútbol en 2014, cuyo partido inaugural se jugará en Sao Paulo, y las olimpiadas de 2016 en Río de Janeiro, ha entrado en una carrera contra el reloj para mejorar las condiciones de seguridad antes de ambas citas, en las que se juega su imagen y prestigio internacionales.

Incluso el objetivo de que las infraestructuras deportivas, hosteleras, de transportes y telecomunicaciones estén listas a tiempo se ha convertido en un desafío comparativamente menor frente al reto de garantizar la seguridad de los millones de visitantes extranjeros que llegarán al país en esas fechas.

Un problema endémico

Aunque en los últimos años la atención de la prensa mundial sobre la seguridad en América Latina se ha centrado en México, lo cierto es que la situación en Brasil es peor en muchos aspectos. La tasa de homicidios del país es de 27,4 por cada 100.000 habitantes, casi un 30% mayor que la de México. Dos de las 10 ciudades más violentas del mundo son brasileñas: Maceió, capital del estado de Alagoas, con 135 asesinatos por 100.000 habitantes, un 180% más que hace 10 años, y Belem do Pará (163,8/100.000).

Las razones del aumento de la violencia son las mismas que en el resto de la región. La prosperidad de la última década ha ido acompañada de un mayor consumo de drogas. Brasil es hoy el segundo consumidor mundial de cocaína, después de EEUU, con el 18% del total mundial. En 2005 la mitad de los presos en cárceles brasileñas estaba acusada de narcotráfico, Hoy son casi la cuarta parte.

A ello se añade la abundancia de armas de fuego en las calles, uno de los mayores índices de desigualdad del mundo, el racismo y la corrupción policial. Según un reciente estudio de Flacso Brasil y la secretaría de Promoción de Políticas de Igualdad Racial de la Presidencia –A cor dos homícidios no Brasil (El color de los homicidios en Brasil)– de 10 asesinatos cometidos en Brasil, 6,5 tienen como víctimas a hombres o mujeres negras.

Hoy Brasil tiene una población carcelaria de 515.000 internos, la cuarta mayor del mundo después de las de EEUU, China y Rusia.

En 2002 murieron asesinados en Brasil 65% más negros que blancos, en 2006 91% y en 2010 el 132%. En Maceió la tasa de homicidios entre los jóvenes negros es de 328,8. Y en otras ciudades los datos no son menos preocupantes: João Pessoa (321,8), Vitória (274,2), Recife (199,1), Salvador (190,3) y Belém (163,8).

Pero hay un factor de especial relevancia en el caso brasileño: la conversión del sistema carcelario en un centro de operaciones del crimen organizado. Desde hace años, los analistas venían advirtiendo que el saturado sistema carcelario brasileño era una bomba de tiempo: mientras la población reclusa se ha duplicado desde 1994 y aumentado un 36% solo desde 2006, el número de prisiones apenas ha variado.

Hoy Brasil tiene una población carcelaria de 515.000 internos, la cuarta mayor del mundo después de las de EEUU, China y Rusia. Esas cárceles fueron construidas para albergar a la tercera parte de esa cifra. En 1990 solo había 90.000 personas en prisión. Hoy, en cambio, algunas celdas acogen hasta 48 presos, cuando fueron diseñadas para ocho.

Las comisiones de investigación parlamentarias y las organizaciones de derechos humanos denuncian habitualmente golpizas y torturas de los guardias, alimentación deficiente y encierros solitarios que pueden durar meses. La mitad de los presos no ha recibido sentencia. Dos tercios de los presos no han completado su educación primaria y el 95% son pobres. Aunque los negros son la mitad de la población total brasileña, son al menos el 75% de la población carcelaria.

Las cárceles, centro de comando

No es extraño que en esas condiciones las prisiones se hayan convertido en verdaderas “escuelas del crimen” y en centro de operaciones de las mafias. En una operación en Río de Janeiro en 2004, la policía descubrió en la favela de Morro do Dende una red de túneles y el cuartel subterráneo de la mayor banda carioca, el Comando Vermelho (CV). Su líder, Fernandinho Beira, fue capturado en Colombia en 2003, donde estaba negociando un trueque de drogas por armas con las FARC.

Desde entonces, una treintena de las 700 favelas cariocas han sido intervenidas por destacamentos de la Unidad de Pacificación Policial (UPP) en operaciones en las que han utilizado vehículos blindados y helicópteros, tras lo cual las autoridades municipales han enviado equipos para establecer servicios sociales primarios.

Pero en Sao Paulo, el crecimiento explosivo y desordenado del Estado –que genera el 25% de los ingresos tributarios del gobierno federal, pero solo recibe 10 centavos de cada dólar que paga–, los avances han sido menores. El PCC tuvo su bautizo de fuego en febrero de 2001, cuando organizó el mayor motín carcelario de la historia brasileña, en el que murieron 21 reclusos.

PCC es una organización considerada ilegal por el Estado brasileño, compuesta inicialmente para defender los derechos de la masa penitenciaria brasileña

El PCC fue fundado en 1993 en la prisión paulista de Taubaté para vengar la masacre de la prisión de Carandirú en 1992 en la que murieron 111 presos. Desde entonces, la organización ha llegado a controlar un imperio delictivo de narcotráfico, extorsiones, prostitución, lavado de dinero y asesinatos por encargo. Según una investigación de la Folha de Sao Paulo, la cúpula del PCC, integrada por unos 1.300 cabecillas, opera desde las cárceles.

En una declaración ante una comisión parlamentaria en 2006, el director de investigaciones sobre el crimen organizado de Sao Paulo, Godofredo Bittencourt, y el comisario Ruy Ferraz Fontes, dijeron que el PCC ha creado un “ejército” de 140.000 hombres. La banda financia incluso a delincuentes que después de cometer sus robos, deben devolver el dinero con intereses.

Ferraz describió a su máximo líder, Marcos Herba Camacho, alias Marcola, como un admirador del teórico chino del “arte de la guerra”, Sun Tzu. Una buena parte de la información del PCC fue obtenida tras la detención en 2005 de su principal tesorero con un libro de contabilidad que consignaba recaudaciones de más de 300.000 dólares semanales. Al PCC se le atribuye el 70% de los secuestros y extorsiones en Sao Paulo y buena parte del narcotráfico.

La osadía del PCC ha ido creciendo con el tiempo: llegó a enviar por correo cajas de armamento pesado a sus jefes encarcelados. Su expansión se debió al error de distribuir a sus cabecillas en cárceles de varios Estados. El comisario Ferraz narró, por ejemplo, un “juicio” sumario en el que 12 máximos líderes del PCC, conectados por teléfonos móviles en distintas cárceles, ordenaron la muerte de uno de sus miembros.

“Un móvil dentro de la cárcel es más peligroso que 10 fusiles en la calle”, aseguró Bittencourt por su parte. En 2006 la banda coordinó durante cuatro días seguidos motines simultáneos en 73 de las 144 prisiones de Sao Paulo, con un saldo de 200 muertos, la mayoría miembros del Comando Vermelho, asaltos de bancos y incendio de autobuses. La policía recibió disparos incluso en el acaudalado barrio de Higienópolis.

El detonante de esa ofensiva criminal fue la transferencia de 765 miembros del PCC, entre ellos Marcola, a dos prisiones de máxima seguridad como parte de una operación para quebrar el control de las bandas sobre los penales.

Pero en las prisiones paulistas, el PCC sigue aplicando una política de incomunicación total con los guardias y las autoridades carcelarias y controla estrictamente los contactos de los presos con el mundo exterior. Cualquier trasgresión de sus reglas es castigada con la muerte.

Aunque a las autoridades de Sao Paulo les cuesta admitirlo, hace mucho que el PCC es una especie de “poder paralelo”. Según Anthony Pereira, director del Brazil Institute del King’s College de Londres, la situación en ese Estado está dañando gravemente la imagen del país, inhibiendo el turismo y la inversiones: “Lo que tenemos aquí es una banda criminal muy organizada y que se atreve a desafiar al Estado, lo que cuestiona su capacidad para mantener el orden”.

2 comentarios a “Carrera contra el reloj en Brasil: la batalla de Sao Paulo”

  1. Ariel Umpierrez dijo:

    El crimen organizado le disputa al Estado el monopolio de la violencia, el control del territorio y ademas destrye las bases republicanas de la democracia. Pero sin corrupcion no habria CO. Casos como el mensalao lo alimentan. Ariel Umpierrez.

  2. Luis Esteban dijo:

    Hay un pequeño error en el artículo. Donde dice que en 2005 la mitad de los presos en las cárceles brasileñas estaban acusados de narcotráfico, debe decir la décima parte. Hoy son el 25%. Disculpen el error. El autor.

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