Kirchnerismo y oposición a la conquista de la calle
Madrid, 16 de septiembre de 2012
Las claves
- Para Abal Medina, jefe de gabinete de Cristina Kirchner, la movilización de "fue la expresión de la oligarquía que quiere voltear a Cristina".
(Especial para Infolatam por Rogelio Núñez)-. El cacerolazo del pasado jueves en Argentina contra la gestión del gobierno de Cristina Kirchner y su pretensión de impulsar la re-reelección ha provocado una profunda transformación del panorama político del país sudamericano.
Ha mostrado el malestar social que existe en Argentina, ha espoleado a la oposición a acelerar la construcción de una alternativa y ha impulsado al kirchnerismo a recuperar la iniciativa política.
Carlos Pagni, analista del diario La Nación, ve en toda esta situación una consecuencia de la estrategia de Cristina Kirchner de dividir la sociedad “en buenos y malos, ricos y pobres”: “si el kirchnerismo no supera su adicción a la polarización cuando las circunstancias se están modificando quedará enfrentado a una escena más compleja. Desde su victoria electoral, Cristina Kirchner parece haber decidido que los que estaban algo enojados deberían enojarse del todo. No sólo redujo sus palabras y sus acciones a halagar a su propia audiencia. Además, descargó el rigor del ajuste sobre los sectores que no la habían votado. Es el curso de acción que corresponde a la creencia de que la propia facción es el país”.
Una polarización que esconde cierta hipocresía como señala Ricardo Roa en Clarín: “casi todos los ministros son millonarios, según lo que declaran. Pero se dan el lujo de pegarle a los manifestantes por “estar bien vestidos”. Nueva verdad K: cuanto uno mejor se vista, menos derechos a protestar tiene . ¿Y cómo visten los funcionarios? Alcanza con verlos. Si el discurso oficial es que la marcha fue de ricos y clase media alta, todos ellos deberían haber participado”.
El efecto del cacerolazo
El cacerolazo de protesta contra el gobierno de Cristina Kirchner del pasado jueves, de liderazgo porteño pero muy seguido en el interior, ha desatado numerosas consecuencias políticas.
Los gritos de las personas que salieron a las calles hacían referencia a la falta de libertad, al rechazo de la reforma de la Constitución para permitir un tercer mandato consecutivo a la Presidenta, contra la corrupción, y demandas para acabar con el “cepo” al dólar que impide a los argentinos comprar divisas libremente.
Pero una vez pasado todo, la pregunta que queda es: ¿Qué hay detrás del cacerolazo?
María Saenz Quesada destaca en La Nación que es un movimiento claramente de clases medias “caminé rodeada por una multitud de clase media, en la que predominaban los jóvenes, escasamente ideologizada, con carteles que pedían “no reelección, seguridad y respeto a la Constitución”.
La historiadora subraya además que “no había líderes. La oposición quedó al margen … Hay descontento. Hay inseguridad. Hay miedo de que el 54% obtenido por el Gobierno en las elecciones resulte aval suficiente para ir por todo. El discurso presidencial, habitualmente en busca de nuevos enemigos, da pie a estos temores. Frente a tal situación, muchos dijeron no”.
Sergio Berenztein también en La Nación apunta a que ·”estamos frente a un acontecimiento cuya magnitud sólo podrá ser comprobada con el paso del tiempo, pero que pone de manifiesto que, sobre todo en los grandes centros urbanos, el oficialismo ha vuelto a encontrar serias dificultades para comprender y responder a las demandas de ese sector tan complejo y cambiante. Se trata de un hiato que, de profundizarse, puede promover un fuerte realineamiento dentro y fuera de la coalición gobernante y constituir un obstáculo terminal a su obsesión reeleccionista”.
En Clarín, el periodista Jorge Lanata concuerda en que “ante una oposición inexistente , los que protestaron no tienen una línea unívoca en el reclamo, no los unifica un programa o un lobby sino que son los que quedaron del otro lado de la grieta . Es comprensible que el Gobierno esté habituado a las marchas unidas por los planes sociales o el clientelismo: hacen desde siempre política en base a la urgencia ajena. Les cuesta entender grupos de gente distinta que están unidas por un estado de ánimo común: sienten que tienen derecho a ser ciudadanos completos, a ser tomados en cuenta”.
Y Beatriz Sarlo en La Nación apunta hacia el radicalismo que anida también en algunos sectores del antikirchnerismo: “las críticas kirchneristas a la movilización del jueves se apoyan en datos y citan consignas indiscutiblemente escritas en las páginas de Facebook que propagandizaban la convocatoria. Allí se ha usado el lenguaje del odio contra los planes sociales y la asignación universal (“planes descansar” y “asignación para coger”, entre otras frases) … la antipatía contra la política y el encierro dentro de los propios deseos indican el terreno fracturado en el que se mueve la protesta”.
La calle ha hablado y la oposición argentina, dividida, fragmentada y sin liderazgos claros, parece, al menos en apariencia, que ha reaccionado.
El diario La Nación asegura que “las distintas fuerzas opositoras avanzan lentamente hacia la formación de dos polos electorales con vistas a las elecciones legislativas de 2013: uno de centroizquierda, con eje en la UCR y el Frente Amplio Progresista (FAP), y otro de centroderecha, con el PJ disidente y Pro como protagonistas”.
La oposición trataría así de canalizar el descontento, algo que figuras como el líder de la CGT opositora, Hugo Moyano, han percibido de forma muy nítida: “la gente está perdiendo la paciencia … Fundamentalmente las formas que se utilizan para imponer las cosas son las que generan este malestar”.
La respuesta kirchnerista
La postura oficialista ha sido la de aparentar serenidad. La propia Cristina Kirchner dijo el mismo jueves mientras tenían lugar las caceroladas: “yo, nerviosa, no me voy a poner ni me van a poner. Que se queden tranquilos”.
Pero la realidad es muy otra.
Según el analista del diario Clarín, Eduardo van der Kooy, “el kirchnerismo se acomodó demasiado al submundo de la política … Las cacerolas y la muchedumbre lo shockearon. Cristina se recluyó en el silencio austral, una inconfundible señal de los Kirchner cuando la adversidad les duele”.
La presidenta impulsa que el kirchnerismo responda al cacerolazo con presencia mediática de los ministros y saliendo a la calle: el ala juvenil cristinista Unidos y Organizados ha convocado dos “contramarchas” a la Plaza de Mayo, una para el jueves próximo y otra para el 27 de octubre.
El gobierno ha apelado a la polarización social en sus primeras intervenciones. El jefe de Gabinete, Juan Manuel Abal Medina afirmó que hubo “mucho insulto, mucho odio, mucha agresión” y dijo que a los manifestantes “les importa más lo que ocurre en Miami que lo que ocurre en San Juan” . Para Abal Medina la movilización de ”fue la expresión de la oligarquía que quiere voltear a Cristina”, por lo cual “hay que defenderla en la calle”.
Además, la propia presidenta estaría sopesando cambiar su actual estrategia política como apunta en el diario La Nación, el analista Fernando Laborda con vistas a “desacelerar el vertiginoso ritmo que se le venía imponiendo a la movida reeleccionista”, moderar “sus mensajes públicos … enmendar de ahora en adelante algunos errores sobre la forma en que se adoptaron y comunicaron medidas vinculadas con el mercado cambiario y el turismo”.
Otros analsitas como Rosendo Fraga en Clarín no creen que el gobierno vaya a cambiar: “la marcha es el primer límite al poder de Cristina desde que fue electa y expresa una disconformidad con el giro político e ideológico, en especial con el sesgo autoritario. Pero no esperemos que el Gobierno cambie. Va a redoblar la apuesta ”.
La pregunta ahora entonces está en saber si se trata de un cambio táctico, cortoplacista, o estratégico, de largo alcance. Lo cierto es que lo ocurrido el jueves, al menos, puede servir para bajar un poco la prepotencia que últimamente mostraba Cristina Kirchner con frases memorables como “sólo hay que tenerle temor a Dios y a mí, un poquito”.
























