Colombia, la paz y su futuro
Infolatam
Madrid, 9 septiembre 2012
(Especial para Infolatam).- A fines de agosto pasado el ex ministro de Hacienda colombiano, Juan Carlos Echeverry, anunció que el PIB de su país había superado al argentino. Según sus cálculos para 2012, el producto de Colombia sería de 362.000 millones de dólares frente a los 347.000 millones de Argentina. El crecimiento sostenido de los últimos años y su fuerte entramado institucional han convertido a Colombia en la segunda economía de América del Sur, sólo superada por Brasil.
Estas cifras sumadas a las conversaciones de paz impulsadas por Juan Manuel Santos llevan a pensar en la situación colombiana si el país no tuviera que combatir duramente al terrorismo y al narcotráfico. Cuantiosos recursos hoy dirigidos a los rubros presupuestarios de seguridad y defensa podrían canalizarse de forma más productiva, como las infraestructuras.
De momento, el futurible de la paz en Colombia es sólo eso, un futurible. Si bien son muchos los alicientes para que las actuales conversaciones se conviertan primero en un diálogo sostenido y posteriormente en un verdadero proceso de paz, también lo son los obstáculos e inconvenientes presentes por doquier.
Por eso sorprenden los numerosos comentarios que hablan de meses, y no de años, para alcanzar resultados concretos. Ahora bien, la evidencia empírica colombiana y la comparada de otros diálogos de paz internacionales hablan de procesos largos y tortuosos. En el caso que nos ocupa las dificultades son mayores dado el punto de partida de las FARC, que se ven como una organización de enorme legitimidad social y política y con un gran poderío militar que les permite negociar de tú a tú con un gobierno legítimo y democrático.
Entre las fotografías que recuerdan el fallido proceso de El Caguán algunas reflejan el supuesto anterior y remiten al valor de lo simbólico, crucial para los narcoterroristas. Una retrata un diálogo afable entre el presidente Andrés Pastrana y el jefe de las FARC Manuel Marulanda. Hasta ahí todo bien. El problema está en las vestimentas. Mientras Tirofijo utilizó su indumentaria militar, con todos los galones del cargo (pese a ser virtuales), Pastrana acudió en mangas de camisa como si fuera a una fiesta campera. El vestuario de los protagonistas desnuda sus objetivos. Mientras Pastrana quería ingenuamente terminar el conflicto y alcanzar la paz, Marulanda seguía empeñado en la conquista revolucionaria del poder.
En esta oportunidad Santos ha hecho una apuesta clara y decidida por la paz, y la sociedad colombiana ha reaccionado en sintonía. Las encuestas reflejan un estado de ánimo de la opinión pública dispuesta a dar pasos significativos en la misma dirección. Pero para llegar a buen puerto, el ex ministro de Defensa de Álvaro Uribe, el mismo que propició golpes demoledores contra las FARC, debe comportarse con habilidad y entereza.
Los enemigos del proceso de paz, muchos todavía agazapados, son numerosos. Los hay dentro de la organización terrorista dados los ingentes recursos generados por el narcotráfico que muchos capos y capitos no quieren perder, y también en la amplia coalición que respalda al gobierno que emergerán con fuerza cuando surjan las primeras dificultades. Estos son más peligrosos que Uribe, que en este punto va de frente y se le ve venir.
La falta de una tregua no es un obstáculo mayor para avanzar en la negociación. Aquí las FARC, carentes de iniciativa estratégica, tienen más que perder que el gobierno. El discurso victimista de los principales opositores a la paz, que apunta a las grandes ventajas políticas y militares que obtendrían las FARC en este proceso, suele desvalorizar la superioridad del estado colombiano. En los últimos años ha quedado claro para las opiniones públicas colombiana e internacional la naturaleza delictiva y terrorista de una organización que hace tiempo dejó de lado su utopismo ideológico y lo reemplazó por el dinero fácil de la cocaína.






















