Peña Nieto y el triunfo previsible

Infolatam
Madrid, 2 julio 2012
Por Carlos Malamud

Casi todas las encuestas acertaron en el nombre del ganador de las elecciones mexicanas y en el orden de prelación de los cuatro candidatos. Todas menos una, que sólo estaba a disposición de un hombre, Andrés Manuel López Obrador, y cuyos resultados sólo él conocía. Tras las elecciones, todas las encuestas a pie de urna, al igual todas las proyecciones y conteos rápidos del IFE (Instituto Federal Electoral) y el PREP (Programa de Resultados Electorales Preliminares) de la misma institución daban ganador a Peña Nieto, todas menos una, una que sólo está a disposición de un hombre, el mismo que antes, y cuyos resultados nadie ha podido ver.

En base a sus datos, números y estimaciones, López Obrador ha sido el único candidato en no reconocer su derrota, y el que se empeña en seguir hablando de fraude y de que “el proceso careció de la equidad que establece la Constitución”. Por eso hay que esperar al resultado definitivo, como si éste fuera a aportar alguna luz de esperanza mayor a la realidad, a una realidad que a López Obrador se le aparece esquiva cada vez que decide confrontar con ella. Si López Obrador estimaba que se enfrentaba a un proceso electoral y político inequitativo y perjudicial para sus intereses quizá debería haberse abstenido de participar. Si lo hizo debió de haber aceptado plenamente las reglas de juego, sin guardarse cartas en la manga.

Con casi el 95% escrutado, la diferencia entre López Obrador y Peña Nieto es de más de seis puntos y de casi tres millones de votos. Una cifra imposible de que pueda ser cambiada con los datos oficiales en la mano y más sabiendo con la seriedad con la que trabaja, y ha trabajado desde sus comienzos, el IFE. Es cierto que la mayor parte de las encuestas hablaban de una ventaja superior a los diez puntos, pero también es verdad que a partir del miércoles 27 no se pudieron publicar más resultados, lo que impidió medir los trasvases de votos de última hora y el funcionamiento del voto útil, que en esta ocasión era básicamente un voto anti PRI. Una de las cosas que más llama la atención en el México de hoy es la creencia, muy generalizada, de que el PRI es el origen de todas las corruptelas y de toda la violencia, y que los demás partidos no hubieran remedado esas y otras perversiones en su paso por las distintas instancias del poder (federal, estadual y municipal).

El funcionamiento del voto útil se puede constatar rápidamente si se comparan los votos de la elección presidencial con los resultados de las parlamentarias, tanto al Congreso como al Senado. Más allá de que el PRI se consolide como primera minoría, aunque sin la mayoría necesaria como para impulsar algunas de las reformas que el país necesita, otras son reformas constitucionales y requieren mayorías más cualificadas, se ha visto como los votos obtenidos por los parlamentarios del PRD y sus aliados eran un más de 4% inferiores a los obtenidos por López Obrador.

Finalmente ocurrió lo que estaba escrito en el guión y que sólo muy pocos se negaban a reconocer. Pero eso ya es pasado. Ahora lo que cuenta es el futuro. La forma en que el nuevo gobierno podrá satisfacer, si lo hace, las expectativas de quienes le han votado y de quienes no lo han hecho. También estaba en el guión la protesta airada de López Obrador. Habrá que ver si queda en una simple pataleta o, al igual que en el pasado, se convierte en un gran órdago a la legalidad institucional.

Uno de los debates que ha atrapado la atención del público gira en torno a la primacía del nuevo o del viejo PRI y su peso en la nueva administración. Como bien señala Rubén Aguilar será la composición del gobierno de Peña Nieto lo que permitirá aclarar cómo se equilibrarán las fuerzas y los diversos sectores en el seno del PRI.

La agenda del próximo gobierno tiene una serie de puntos cruciales, comenzando por la lucha contra el narcotráfico o la relación con Estados Unidos, y siguiendo con la implementación de las reformas necesarias para permitir consolidar el proceso de modernización de México. Dado el resultado de las elecciones legislativas será imprescindible una eficaz política de pactos para garantizar las mayorías parlamentarias que permitan consolidar el proceso. Las reformas energética, fiscal, judicial, educativa, sindical sólo son parte de un programa de mucha más envergadura que requerirá de un eficaz acercamiento al PAN, y también al PRD.

Este resultado electoral abre una nueva etapa en la historia mexicana. Por un lado se materializa la alternancia con el desplazamiento del PAN del poder. La alternancia también permite la “normalización” del PRI, que en base a una buena gestión podrá librarse de todas aquellas maldiciones que lo estigmatizan de forma cotidiana. Por el otro, la vuelta del PAN a la oposición lo emplaza a un rápido aggiornamiento si no quiere perder el favor de sus votantes. Por último, la nueva derrota de López Obrador demuestra que su insumisión de 2006 le ha pasado factura y que no fue la mejor opción para un PRD que se vio sujeto a su chantaje. En todos los casos se ha visto es que la democracia interna es muy necesaria en los partidos políticos. Al mismo tiempo es de esperar que la mayoría de los mexicanos no se haya equivocado a la hora de depositar su voto.

Comentar esta noticia

 

Cambiar a versión móvil