¿Restauración?

México D.F., 1 de julio de 2012
Por José A. Aguilar Rivera

“… El PRI que podría recuperar la presidencia ciertamente no es el mismo bicho que lo dejó hace 12 años. La carrera de su candidato es muestra de ello: Enrique Peña Nieto no es ni un tecnócrata de Harvard ni tampoco un dinosaurio del precámbrico priista. Es una nueva especie de político tricolor. Pero está rodeado de ejemplares de ambas especies. Un dato es importante: aunque Peña Nieto enfrentó el pluralismo partidista en su propio estado —su propia elección como gobernador estuvo marcada por una fuerte competencia— en su corta carrera política ha estado acostumbrado a operar desde el poder en un estado que no ha experimentado, al día de hoy, la alternancia. Éste es un rasgo que podría marcar su gestión como presidente. Está acostumbrado a disponer del erario con la liberalidad que le permite haber neutralizado los mecanismos formales de rendición de cuentas. ¿Qué impacto podrían tener estos usos y costumbres en el gobierno nacional?

Me parece que las instituciones democráticas son bastante más frágiles de lo que nos imaginamos. No sólo dependen de un entramado formal, compuesto de leyes y reglamentos, también subsisten gracias a una nueva cultura de la transparencia y la rendición de cuentas. Un gobierno que está acostumbrado a eludir o capturar esas instituciones representaría una amenaza para la supervivencia y consolidación de esas instituciones. No necesitarían ser abrogadas, bastaría que fueran colonizadas hábilmente y su cultura transformada. Las instituciones pueden ser capturadas y desactivadas a la vieja usanza. Esa forma de hacer política es una herencia viva de la era de partido hegemónico.

Hay otras amenazas que son de más reciente cuño. En los buenos tiempos del régimen posrevolucionario el presidente de la República ejercía un poder cuasimonárquico, impensable en la actualidad. Sencillamente, el nuevo mandatario priista tendría menos palos con qué golpear a los indisciplinados y menos zanahorias que ofrecer para lograr la obediencia.

Pero el Nuevo PRI ha descubierto una nueva herramienta de poder que es compatible con el contexto democrático en el que ahora se mueve: el dinero. El poder económico tiene un uso obvio en un mercado político dominado por los medios electrónicos de comunicación, en especial la televisión. De ahí el temor al espectro de la mediocracia italiana: un presidente decidido a explotar las posibilidades de lo que Bernard Manin llama la “democracia de audiencia”.

A diferencia de lo que ocurría en lo orígenes de la democracia liberal, ahora gracias a los medios de comunicación el gobernante puede establecer una relación directa con los gobernados sin la mediación de las burocracias partidistas. Este fenómeno es sin duda paradójico en una organización como el PRI, cuya saga fundacional fue la de emanciparse del personalismo de los caudillos. El recurso plebiscitario parecería no sólo natural, sino necesario para un presidente que en aspectos clave sería el presidente priista más débil de la historia.

El PRI que llegase a la presidencia sería un cuerpo político bastante más débil, entre otras cosas porque ya no contaría con el control corporativo. Si bien es cierto que todavía cuenta con algunos sindicatos, como el de Pemex, ya no puede ejercer el control sindical de la era de oro del autoritarismo. Esa manera de gobernar probablemente presentaría nuevos retos a la democracia mexicana. Retos que no podemos atisbar en el pasado autoritario de México. Sin embargo, también es cierto que el legado del pasado está vivo en la agrupación que sobrevivió al descalabro de 2000, mutó en las tibias aguas democráticas y ahora emerge como un ave fénix —¿o será pterodáctilo?— de las llamas para reclamar su viejo lugar al pie del castillo de Chapultepec”.

Extracto del artículo publicado en la revista Nexos

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