Dificil Argentina: ¿excepcionalidad o decisiones incorrectas?


Por Manuel Mora y Araujo

(Especial para Infolatam).- La política argentina es difícil de entender. A los mismos argentinos nos cuesta entenderla. Esto no puede decirse con orgullo; si el país no se deja entender fácilmente no es porque sea tan único ni tan especial, es simplemente porque los argentinos -como pocos otros pueblos- conseguimos el extraordinario resultado de uno de los peores desempeños como nación en el mundo desde 1945 hasta hoy. Eso es así en todos aquellos aspectos de la vida del país que dependen de decisiones públicas: la macroeconomía, el sistema financiero, la distribución del ingreso, la educación, la salud pública o el transporte, entre otros.

Es una historia en la que se suceden ciclos de crecimiento -de entre cinco y diez años de duración, y siempre asociados a buenos precios internacionales de los commodities agropecuarios que siguen constituyendo la base de la economía argentina- y crisis profundas, con efectos devastadores económicos y sociales. El resultado es una tasa de crecimiento media en el largo plazo menor a la de otros países de la región, con altísimas tasas de inflación y el asombroso fenómeno de niveles de pobreza mayores en los últimos veinte años que los que existían sesenta años atrás.

Las explicaciones difieren, según los puntos de vista de quienes las proponen. Algunos apuntan a la sociedad misma, a una opinión pública errática e inconsistente; otros, a la dirigencia política y los gobiernos; otros, finalmente, a la dirigencia empresarial y la falta de liderazgos económicos en la sociedad. Quien esto escribe empezaría, en ese orden, de atrás para adelante; pero no dispone de una explicación satisfactoria que debería dar cuenta de los por qué antes que de los quienes que causan esta historia.

Bariloche, Argentina, 25 May 2012 EPA/ARGENTINIAN PRESIDENCY HANDOUT HANDOUT EDITORIAL USE ONLY/NO SALES

Cristina Fernandez de Kirchner en foto oficial de la Casa Rosada

El actual gobierno argentino es un caso a la medida para describir el problema -aunque no para explicarlo-. Después de varios años de notable crecimiento de la economía y de mejora -moderada- de los indicadores sociales, el gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner se las ha arreglado para llevar al país a una fuerte desaceleración económica y a un nuevo ciclo de pérdida de la confianza en el conjunto de la sociedad. No hay razones ‘objetivas’, del tipo de las que llevan a los analistas a conclusiones como “cualquier otro gobierno hubiera hecho lo mismo”. Es cierto que en los últimos dos años el mundo entero se complicó enormemente, Europa en particular se encaminó a lo que parece un callejón sin salida, y eso ha repercutido en la economía argentina.

Aun así, el país comenzó sobrellevando la crisis bastante bien, hasta que en 2011 se inició un notorio deterioro de indicadores que habitualmente preanuncia momentos difíciles, para entrar al 2012 en franca desaceleración económica: balanza comercial problemática, desequilibrio en los flujos de divisas, déficit fiscal creciente, fuerte aumento de los precios internos, oscilantes precios internacionales de los commodities relevantes para la Argentina, un mal año meteorológico que afectó las cosechas.

El gobierno actúa como si estuviese convencido de que es posible desafiar todo lo que se sabe -que tal vez no es demasiado, pero es algo- de la teoría económica y de lo poco que se sabe de cómo funciona la opinión pública. Tan pronto actúa como si estuviese decidido a destruir lo poco que queda de la confianza del mundo en la Argentina para enseguida tratar de reconstruir alguna confianza en posibles inversores de significación. Gana una elección presidencial por más del 50 por ciento de los votos para enseguida producir incesantemente hechos que alimentan la pérdida de confianza en la sociedad que le dio esos votos.

El estilo de la presidenta consiste en concentrar toda la atención en sí misma, devaluar la imagen de sus ministros ante la sociedad y gobernar esencialmente a través de la comunicación personalizada y la producción de hechos espectaculares. Al mismo tiempo la gestión se percibe errática y hasta improvisada, y ante cada problema inesperado el gobierno se muestra desconcertado. No sorprende que aunque la imagen personal de la presidenta se sostenga, la confianza esté en baja, la imagen del gobierno se vaya tornando negativa y gran parte de la población caiga en el escepticismo o el negativismo.

Muchos argentinos temen una nueva crisis “a la argentina”, esto es, explosión del peso, inflación con estancamiento y alta conflictividad social; la buena imagen de la presidenta no contrarresta ese temor. Preventivamente, los argentinos tienden a refugiarse en el dólar o a gastar en pesos cuanto pueden; siempre han hecho eso. El gobierno no acierta a producir respuestas orientadas a restituir la confianza; en su lugar, se enoja y termina realimentando los efectos negativos de sus decisiones.

Es una historia muchas veces vista en el pasado. La sociedad política no ha desarrollado anticuerpos suficientes. Lo más novedoso en la situación presente es que ni siquiera hay ofertas políticas opositoras atractivas para una gran pluralidad de argentinos. Las expectativas parecen dirigirse más bien a disidencias generadas dentro de la misma coalición gubernamental. En el pasado, cuando se vivieron historias comparables, no pocas veces fueron los gobernadores -actuando en acuerdo entre ellos- quienes produjeron respuestas políticas. Esa figura reaparece hoy en la imaginación de mucha gente.

El emergente es el gobernador de Buenos Aires, Daniel Scioli, un hombre hábil para sostenerse en precarios equilibrios políticos, el único que cuenta hoy con una imagen positiva tanto o más alta que la de la presidenta. En ese plano, el mayor interrogante hoy no es si Scioli durará o no durará, sino si terminará siendo el candidato oficialista para suceder a Cristina o el candidato que enfrentará al actual oficialismo. Otra cosa es si podría ser el hombre capaz de conducir un gobierno dispuesto a tomar las “decisiones correctas”, torciendo una historia de equívocos inacabables.

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