Las amargas tribulaciones del vicepresidente Amado

Infolatam
Madrid, 5 abril 2012
Por Carlos Malamud

(Especial para Infolatam, por Carlos Malamud).- Al ordenar el allanamiento de una vivienda del vicepresidente Amado Boudou, la justicia argentina protagonizó un hecho inusual desde el restablecimiento de la democracia, hace casi 30 años atrás. La medida, dispuesta por el juez federal Daniel Rafecas, se vincula a una causa en torno a un caso de corrupción al más alto nivel político y al tráfico de influencias. Dada la forma en que funciona el poder judicial en Argentina y su escasa independencia del ejecutivo, se ha discutido mucho en las últimas 24 horas acerca de cuánto sabía el gobierno sobre este operativo y en qué medida permitió que prosperara.

Como ha ocurrido hasta ahora, el vicepresiente Amado ha intentado negarlo todo y distanciarse de las acusaciones en su contra. Tras el allanamiento aseguró que las denuncias no tienen “el menor asidero” y que él no ha hecho “nada que esté fuera de las normativas o dentro de algún abuso personal”. Sin embargo, es obvio que a partir de semejante medida, con lecturas múltiples pero muy simbólicas, en la opinión pública se ha instalado la sospecha en torno a su culpabilidad. Antes del allanamiento, una encuesta mostraba que el 43% de los argentinos pensaba que Boudou estaba envuelto en un claro caso de corrupción.

Más allá del beneficio de la duda y la presunción de inocencia que ampara al vicepresidente, el caso ha tomado una deriva que puede afectar al núcleo del poder, pudiendo impactar incluso en la credibilidad de la presidente Fernández. La buena sintonía inicial entre Boudou y La Cámpora, el movimiento liderado por Máximo Kirchner, se ha enfriado y es creciente el aislamiento del vicepresidente. No hace muchos días, el ministro del Interior, Florencio Randazzo, aludiendo al caso, señaló que “uno no puede poner las manos en el fuego por nadie”. De ahí el interés en seguir la evolución de la relación entre el vicepresidente Amado con Guillermo Moreno, el todopoderoso secretario de comercio Interior, y Axel Kicillof, el viceministro de Economía y uno de los principales ideólogos en la ofensiva contra Repsol YPF. Ellos son los laderos presidenciales y su reacción nos dará una idea de por donde irán los tiros en el futuro inmediato.

Boudou, un completo outsider del peronismo e incluso del kirchnerismo, fue elegido compañero de fórmula por la presidente. Su pasado está más vinculado a la derecha neoliberal que a la “izquierda kirchnerista”, pero su gestión como ministro de Economía en el primer mandato de Cristina Fernández le hicieron subir muchos puntos en el medidor de la confianza presidencial, la principal fuente de poder en la Casa Rosada y sus aledaños. Nadie que no goce de su favor, y su fervor, tiene futuro en el kirchnerismo. A efectos del marketing político, Boudou tenía una figura juvenil acompañada de su vis de cantor y guitarrista de rock. Su buena “facha” (aspecto) y el buen “rollito” que transmitía debían servir para reforzar el apoyo de los jóvenes en el proyecto “nacional y popular” de la presidente Fernández.

Tras el fiasco con Julio Cobos, la designación del vicepresidente era decisiva. Pero una vez más se demostró la debilidad de la presidente a la hora de armar equipos y rodearse de colaboradores eficientes e inteligentes. Probablemente, ante su origen “neoliberal”, Boudou actuó con el fervor del converso y de ahí su folklórica y chirriante campaña de “Clarín miente”, en alusión al principal periódico argentino convertido en enemigo público número uno, después de haber sido uno de los mayores apoyos del kirchnerismo.

El escándalo de corrupción que salpica al vicepresidente se vincula al reflotamiento de una empresa quebrada, Ciccone Calcográfica, encargada, entre otras tareas, de imprimir papel moneda, un negocio que mueve millones de dólares y en el cual se vio, aparentemente, implicado de forma directa. Las ramificaciones políticas del caso afectan simultáneamente a varios frentes. Por un lado, la voluntad creciente de la presidente de tomar distancia de Boudou para evitar salpicaduras peligrosas. En el hipotético caso de que se encuentren pruebas sólidas en su contra, su caída puede ser estrepitosa y arrastrar a núcleos sensibles del poder presidencial.

Por otra parte, la pelea empresarial entre Ciccone y Boldt, otra firma de característas similares y también dedicada a la impresión, no sólo esconde un conflicto de intereses económicos sino también una parte del enfrentamiento cada vez más feroz entre el kirchnerismo y el peronismo más tradicional. No en vano se vincula a Boldt con el ex presidente Eduardo Duhalde e inclusive con el gobernador de la provincia de Buenos Aires, Daniel Scioli. Éste último es uno de los pretendientes a suceder a Cristina Fernández y cada vez es más atacado por los sectores más radicales del gobierno nacional, como La Cámpora, o incluso por el vicegobernador, Gabriel Mariotto, colocado por la presidente para hacerle la vida imposible, tarea que está cumpliendo a cabalidad.

Como he escrito en repetidas ocasiones, en tanto la presidente se incline cada vez más por las posturas más radicales, representadas por La Cámpora, pero también por algunos intelectuales como Ernesto Laclau, profundo defensor de las bondades democráticas del populismo, la confrontación en el seno del peronismo irá en aumento. Y crecerá, también, por la debilidad apoteósica de la oposición. En la medida en que no haya una alternativa no peronista al kirchnerismo, el recambio deberá salir de las entrañas del movimiento creado en 1945 por Juan Perón. La ausencia de alternancia fuera del peronismo no promete nada bueno para el futuro de la democracia argentina.

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