El “temblor” de Josefina

La Otra Opinión
México D.F., 4 de abril de 2012
Por Ricardo Alemán

“No es ninguna novedad que, en un acto público, a la señora Josefina Vázquez Mota la traicionen los nervios o, como dicen sus cercanos, sufra una descompensación de la presión arterial.

Justamente hace tres años, el 4 de abril de 2009, en la ceremonia en la que Felipe Calderón anunció su salida de Educación Pública —para ser enviada como diputada federal plurinominal—, Vázquez Mota debió ser auxiliada por el subsecretario Rodolfo Tuirán, ante el riesgo de que perdiera el equilibrio.

Tampoco es nuevo que un político en campaña se desvanezca o deba ser llevado de emergencia a un hospital. El domingo 11 de enero de 2009, en Mexicali, Baja California, Andrés Manuel López Obrador sufrió un breve desvanecimiento al término de un mitin. Por eso fue llevado al hospital Almater, en donde fue atendido y el asunto no pasó a mayores.

Tampoco es la primera ocasión que se pone en duda la salud de presidenciables como Vázquez Mota y/o Andrés Manuel López Obrador. En el primer caso, a mediados de 2007 circuló de manera insistente la versión de que la secretaria de Educación enfrentaba un serio problema de anorexia, debido a su notoria reducción de peso.

El 24 de septiembre de 2007, el columnista Raymundo Riva Palacio se refirió al tema y reveló que —de acuerdo a fuentes cercanas a Vázquez Mota— la secretaria de Educación habría entrado al tobogán de la anorexia y la vigorexia. La versión intentó ser desmentida, aunque los hechos confirmaron que la salud de Vázquez Mota no era la óptima.

El pasado lunes el tema llegó de nuevo a los espacios mediáticos, con la diferencia de que Josefina ya es candidata presidencial, con todo lo que eso significa para muchos pospotenciales electores que, con toda razón, esperan que el futuro presidente o la futura presidenta gocen de cabal salud.

En el caso de AMLO, el 23 de febrero pasado, en Excélsior, Francisco Garfias preguntó en su columna si el tabasqueño era, o no, un candidato diabético. Lo cierto es que la versión viene de lejos. En su columna para La Crónica, del 18 de agosto de 2011, Leopoldo Mendívil preguntó; “AMLO; ¿otro mexicano diabético..?” Ofreció detalles del desvanecimiento de López Obrador en Mexicali, en tanto que aún hoy algunos colaboradores cercanos del tabasqueño insisten en que su salud tampoco es la óptima. Aun así, AMLO dijo que lo quieren enfermar, para dejarlo fuera de la contienda presidencial.

En los dos casos —el de Josefina y el de AMLO—, la versión sobre un eventual problema de salud fue desmentida, sin más que actos de fe expresados por cercanos a los aludidos. Sin embargo, lo curioso es que ninguno de los candidatos exhibió un dictamen médico que acredite que Vázquez Mota y López Obrador, efectivamente, gozan de cabal salud.

Por lo pronto, vale recordar que ya existe un antecedente lamentable, en el proceso electoral que avanza a su etapa definitiva. Todos recuerdan que la contienda interna del PAN —para seleccionar al o la candidata presidencial— incluyó a una larga lista de pretendientes. Bueno, uno de los que sonó fuerte hasta el final se llama Alonso Lujambio, quien a días de ser descartado como precandidato de los azules debió hospitalizarse para ser atendido por una delicada afección de salud. Hoy sigue en recuperación.

Sin embargo, lo preocupante del asunto es que ninguno de los cuatro candidatos en disputa parece dispuesto a reconocer —si fuera el caso— que su salud no es la mejor. Todos se dicen saludables. Pero vale preguntar, ¿cuántos electores estarían dispuestos a sufragar por un candidato y/o candidata que reconociera una enfermedad grave, que limite el exigente desempeño que reclama el trabajo de Presidente de los mexicanos? Muy pocos.

Y es que la salud de un político, servidor público o aspirante a un puesto de elección popular debiera ser un requisito fundamental para aspirar a tal cargo o cualquier candidatura. Más aún, en el extremo, debiera ser una responsabilidad ética de los señores AMLO, Peña Nieto y Quadri, además de la señora Vázquez Mota, exhibir un certificado de cabalidad en la salud. Ya se sabe que todos pregonan que gozan de buena salud, pero lo mejor sería que una institución certifique esa salud.

Los cuatro, pero en especial Vázquez Mota y López Obrador, están obligados a garantizar, de frente a los electores, que pasan las pruebas, no sólo de honestidad, confianza, preparación y capacitación, sino que pasan la prueba de buena salud.

Por lo pronto, el de la salud puede ser el verdadero terremoto de la señora Vázquez Mota. Al tiempo”.

Artículo publicado en el blog La Otra Opinión

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