Alfarismo y liberalismo

El Universo
Guayaquil, 30 de enero de 2012
Por Simon Pachano

“Decir que la utilización política de la historia tiene larga historia es algo más que un juego de palabras. Por múltiples motivos, los políticos tratan de enlazar sus propios actos con eventos gloriosos del pasado… lo cierto es que se establece una lucha por la apropiación de la Historia (así, con mayúscula). Por ello, de acuerdo a la conveniencia se cambian fechas, se altera la secuencia de los hechos, se pierde de vista el contexto e incluso se alteran documentos históricos.

La Revolución Ciudadana ha demostrado que no se queda atrás en esa tendencia y que, por el contrario, tiene enorme pericia para crear una historia que le resulte conveniente. El primer paso en ese sentido fue presentar todo lo anterior como un periodo nefasto, oscuro y negativo…

El segundo paso consistió en buscar un hito histórico rescatable. La indagación desembocó en la Revolución Liberal. Pero, ya que había que cimentar el caudillismo en las raíces de la historia, dejó de llamarse Liberal para tomar el apellido de uno de sus dirigentes. El alfarismo, así estrictamente personalizado, sustituyó a un fenómeno de gran movilización social que estuvo conducido por muchas cabezas brillantes y discrepantes. Siguiendo la peor tradición nacional, una revolución que se dice ciudadana prefirió ensalzar al individuo antes que valorar el proceso histórico en su conjunto.

El siguiente paso fue reivindicar la figura del mártir. Fiel a las enseñanzas del pensamiento conservador y mesiánico que alumbra a la revolución ciudadana, se le dio más importancia a la inmolación de Alfaro que a su vida y a sus obras. Es la figura única en el altar mayor del Panteón de la revolución. Todos los que estuvieron a su lado desaparecieron del relato oficial y los que discreparon con él pasaron a ser simplemente traidores. Los mismos liberales que se le enfrentaron en Huigra, Naranjito y Yaguachi dejaron de ser considerados como defensores del orden constitucional y de la propia Revolución Liberal para recibir aquel denigrante calificativo. No importa si entre ellos estaban las mentes más lúcidas del liberalismo, como Julio Andrade y si en las filas alfaristas estaban personajes tan nefastos como su sobrino Flavio o Montero.

Finalmente, para que todo esto tuviera el efecto deseado fue necesario borrar todo el complejo contexto de más de dos décadas, especialmente el de los últimos meses de vida de Alfaro. De un plumazo desapareció el golpe de enero de 1906 en contra de un gobierno liberal, el intento de autogolpe de agosto de 1911 y la responsabilidad en la masacre de los tres últimos combates”.

Extracto del artículo publicado por el diario El Universo

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