Exclusión y orfandad

La Tercera
Santiago de Chile, 28 de enero de 2012
Por Héctor Soto

“Cuando a comienzos del año pasado el Presidente necesitó inyectarle densidad política a su gabinete lo que hizo fue llamar a Andrés Allamand a Defensa y a Evelyn Matthei al Ministerio del Trabajo. Cuando a mediados de año la sublevación de la UDI parecía inminente, la decisión fue convocar a Andrés Chadwick y Pablo Longueira para que lo acompañaran como vocero el primero y ministro de Economía el segundo.

Tuvo que venir ahora el desafío de Carlos Larraín a La Moneda para que la cátedra se diera cuenta de que el Mandatario, al articular sus equipos, había dejado debajo de la mesa a su propio partido. O al menos a la colectividad que en su momento eligió como titular a Carlos Larraín por amplia mayoría.

Los militantes de la UDI podrán sentirse más o menos interpretados políticamente ante el rol que Chadwick y Longueira están cumpliendo. Pero es difícil que en ese partido sientan que el gobierno no es el suyo. Sin embargo, pareciera que ese sentimiento no es tan extraño en las bases de RN. ¿Qué ocurrió y qué se hizo mal para que el partido del propio Presidente quedara prácticamente marginado del gabinete?

A lo mejor las cosas no son tan extremas. A lo mejor el sentimiento de exclusión, por un lado, y de orfandad, por el otro, no es total. Pero salta a la vista que la interlocución entre las partes ha sido escasa y que los muros de desconfianza se hicieron anchos, largos y altos…

…El desencuentro del presidente de RN con el gobierno es producto de una larga cadena de desconfianzas y ninguneos. No se necesita mucha perspicacia para convenir en que Larraín y Piñera tienen matrices políticas, culturales, religiosas y estéticas muy distintas. Tal vez la hiperkinesia y una fe ya remota en un eventual acuerdo de gobernabilidad entre RN y la DC sean lo único que comparten. Lo primero es un rasgo de personalidad que no se elige y que, por lo mismo, genera poca fraternidad. Lo segundo, a estas alturas ya pertenece más a la escatología política de ultratumba que a ideales políticos factibles. Pero aún así no deja de ser curioso que en este terreno complicado el conservador Larraín haya llegado más lejos de lo que pudo en su trayectoria el centrista Piñera.

Sólo un escaso compromiso con el gobierno que en alguna zona no tan recóndita a Carlos Larraín le inspira reservas, unido a una baja prioridad gubernamental a las tareas que impone la política -pastorear a los propios, tender puentes con los adversarios, moderar a los impulsivos y persuadir a los equivocados- pueden explicar lo sucedido. En la reunión del comité político ampliado del martes pasado, el incordio se dio por formalmente superado. Pero eso es retórico. Para que se superen las diferencias las partes tendrán que hacer lo que no han hecho: conversar, amigarse, comprometerse, arriscar con disimulo la nariz cuando huelan diferencias y expresarse entusiasmos y lealtades cuando adviertan margen para la convergencia. Eso -¿alguien se acuerda?- es lo que antes hacían los políticos”.

Extracto del artículo publicado por el diario La Tercera

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