Desastres naturales y lucha política

Infolatam
Sao Paulo, 25 enero 2012
Por Sergio Fausto

(Especial para Infolatam).- Enero es mes de lluvias torrenciales en varias regiones de Brasil. Eso no impidió que haya surgido otro episodio de fuego cruzado dentro de la amplia coalición de fuerzas del gobierno de Dilma Rousseff. Esta vez, el blanco es Fernando Bezerra Coelho, ministro de Integración Regional, responsable por los recursos para obras de prevención de los daños causados por desastres naturales, que se repiten todos los años en los meses de verano.

Con varias ciudades inundadas en la región sudeste, centenas de damnificados y decenas de muertos, apareció en el respetado periódico O Estado de Sao Paulo, un reportaje de investigación, que denuncia que el ministro Fernando Bezerra Coelho habría destinado el 90% de los recursos de Defensa Civil a su estado, Pernambuco, en la región nordeste del país. Coelho es un afiliado del PSB, el tercer mayor partido de la coalición oficialista, presidido por Eduardo Campos, gobernador de Pernambuco, y estrella en ascenso en la política nacional. Campos es un pretendiente a la vicepresidencia o incluso a la presidencia de la República en 2014.

La presidente Dilma reaccionó de inmediato a la denuncia, determinando el retorno al trabajo de su ministra de la Casa Civil, que estaba de vacaciones, actitud que fue interpretada como una intervención de la Presidencia de la República en asuntos de responsabilidad del Ministerio de Integración Nacional. En la lógica del reparto partidista de la máquina pública, en que los ministerios, con excepción de pocos, se tornan “propiedad” de los partidos, se trata de una actitud “inaceptable”.

En respuesta, el PSB cerró filas en torno al ministro e hizo llegar al Palacio de Planalto el mensaje de que podría buscar un “camino propio”, si Coelho tuviese el mismo destino de los otros seis ministros dimitidos en medio de denuncias. Ante el riesgo, el gobierno unió sus fuerzas para proteger al ministro de los ataques de la oposición y de la torrente de noticias negativas desatada por la denuncia inicial. De hecho, se reveló en la la prensa que Coelho nombró a parientes en empresas y órganos vinculados a su ministerio.

Todo el episodio es muy ilustrativo. Muestra que el padrino político del ministro, el gobernador Eduardo Campos, es de hecho percibido como un líder nacional en ascenso, lo que incomoda al PT y al PMDB, los dos principales partidos de la coalición oficialista. El PT sabe que Campos tiene ambiciones propias, y buena llegada en sectores de la oposición. El PMDB ya teme ser destronado de la vicepresidencia en un eventual segundo mandato de Dilma Rousseff. Difícil saber si las denuncias tuvieron su origen en uno de esos partidos. Pero el hecho de que esa versión de lo ocurrido haya prosperado es suficiente para indicar el estatus político adquirido por Eduardo Campos.

El episodio muestra también que la presidente Dilma tiene instintos bien diferentes a su antecesor y no duda en tensionar, hasta cierto punto, la relación con los aliados ante problemas serios para la gestión del Estado. Además, ella ya se prepara para un enfrentamiento con los funcionarios públicos federales, base del apoyo sindical a su partido, insatisfechos con el anuncio de que este año no habrá aumento real de sueldos, dada la necesidad de contener los gastos corrientes. Huelga a la vista. ¿Cuánto más podrá Dilma ir en esa dirección?

Por fin, queda claro, en el episodio, la resistencia que ofrece el patrimonialismo clientelista a la modernización del Estado y de la vida política en Brasil. Se engaña quien imagina que el arcaico y el moderno formen mundos paralelos. Estos frecuentemente se articulan y producen criaturas híbridas. Fernando Bezerra Coleho resulta de esa “fertilización”. Él es miembro disidente de una oligarquía del interior de Pernambuco, en una región de sequía extrema, que gracias a técnicas de irrigación se tornó un modelo polo agroindustrial de producción de frutas tropicales.

La familia Coelho domina la política de Petrolina hace muchas décadas y supo insertarse en el moderno agronegocio. La disidencia de Fernando no llega al punto de negar a uno de sus tios, el exdiputado Osvaldo Coelho, la nominación para el Consejo de Irrigación del Ministerio de Integración Nacional. Antes que me olvide, el ministro prepara a su hijo, Fernandinho, para ser el próximo prefecto del municipio. Old Habits Die Hard, como dice la canción de Mick Jagger.

Eduardo Campos tiene mucha más estatura que su ailiado político, pero forma parte de la misma clase de criaturas híbridas. El episodio aquí relatado, que se une a otros recientes, comentados en mi artículo anterior (Nuevos personajes de la política brasileña) expone su lado arcaico a la opinión pública nacional. Su hibridismo le ha sido muy funcional para conquistar el dominio en la política de Pernambuco y aumentar su influencia en el Congreso. Pero si él quisiera ser presidente de la república, va a tener que entrar en sintonía con la demanda social por un Estado más republicano y con menos privilegios.

Esa demanda crece en el país, fruto de la interacción entre una cierta calidad institucional (prensa libre, órganos de control del Ejecutivo y ahora del Sistema Judicial, ministerio público activo, etc…) y el aumento del nivel educacional de la población. Esa relativamente nueva dinámica social y política todavía no es suficiente para asegurar, por si sola, la victoria de un candidato a la Presidencia de la República. Pero es fuerte, lo bastante para impedirla.



- Imprimir

Comentar esta noticia