Ollanta Humala de perfil

Infolatam

Esta semana el presidente peruano Ollanta Humala visita España, aunque no sabemos si lo hace de frente o de perfil. La semana pasada dimitió su vicepresidente segundo, Omar Chehade, acusado de corrupción, antes de ser destituido por el Congreso. Previamente tuvo lugar una profunda remodelación del gobierno, comenzando por el primer ministro, Salomón Lerner.

La crisis gubernamental revivió una intensa discusión sobre la identidad ideológica del presidente. ¿Es de izquierdas o de derechas? Antes de responder habría que preguntarse por la validez de cuestión en América Latina. Para muchos es una cuestión intrascendente, especialmente tras la caída del muro de Berlín, mientras que para otros, es esencial. Es el caso de Lula, convertido en el gran valedor del presidente y el mayor responsable de su cambio de imagen.

Para Humala no es algo determinante. Él no se considera de izquierdas, sino un nacionalista que recoge “las banderas de la justicia social”. Según él, el nacionalismo latinoamericano no es una maldición, como en Europa, sino una bendición, porque “trata de integrar la realidad del Estado, y… las relaciones con el resto de los países de la zona”.

En una entrevista en El País, Juan Luis Cebrían define a Humala como un “guerrero que todo lo ve”, “un hombre correoso y amable”. Su visión es demasiado condescendiente, al afirmar que “posee mayores inquietudes intelectuales que la generalidad de los de su profesión y… transmite sinceridad y convicción en lo que dice. Proyecta… una imagen de decencia muy necesaria en los tiempos que corren… Pertenece a una nueva generación de políticos latinoamericanos que ha emergido de lo que él conceptualiza como golpes de Estado de masas”.

Más allá de las visiones particulares, y de la discusión sobre si Humala es de izquierdas o de derechas, lo preocupante, pese a la aureola progresista del presidente, algo que está perdiendo a pasos agigantados, es el personalismo que guía su carrera política y su gestión gubernamental. Humala, como otros políticos latinoamericanos, especialmente los que emergieron de los golpes de masas, viven una contradicción permanente. Son hijos de la democracia, pero su éxito depende de ellos mismos y del escaso peso de los partidos políticos, de unos partidos que no se esfuerzan en reconstruir, o que descalifican por ser responsables de todas las corrupciones.

Es verdad que hay políticos más decentes que otros, y algunos más respetuosos del estado de derecho, pero ello no debería impedir que su discurso por el refuerzo institucional quede en mera palabrería. Si se trata de reforzar la democracia nada mejor que comenzar reforzando a los partidos, que son los que aportan, o deberían aportar, mayor previsibilidad y menos personalismo.

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