Latinoamérica 2.0: la memoria y la experiencia

Política Exterior
Madrid, 17 enero 2012
Por José Juan Ruiz

(Política Exterior. España).- “La rápida normalización de los precios de las materias primas y las primas de riesgo, situó en un segundo plano el impacto que puede tener la ralentización de los flujos de inversión directa y un parón de crédito inducido por los mercados y las entidades internacionales que operan en el área.

…. La realidad es que tanto en los países latinoamericanos, como en los otros emergentes y en las propias economías desarrolladas, serán las reformas que se hagan, las instituciones con las que se cuente y las políticas que se pongan en marcha las que realmente determinarán quienes serán capaces –y quienes no–, de evitar el descarrilamiento de su actual prosperidad.

….. Nuestras estimaciones sobre el impacto que tendría sobre América  Latina un reavivamiento de la Gran Recesión –aun en un escenario moderadamente pesimista– son de una pérdida de 1,7 puntos porcentuales del crecimiento del PIB. La consideración de políticas anticíclicas, podría recortar esa caída del PIB a un punto porcentual, lo que equivaldría a una Latinoamérica que en 2012 crecería al 3,2 por cien, el mismo ritmo de crecimiento del PIB de la economía mundial.

Es decir, el margen regional de maniobra frente a esta segunda fase de la crisis existe, pero es menor que en 2009-2010, ya que los estímulos y la crisis precedente han impactado sobre los fundamentales macro de cada uno de de los países.

Esta vez la capacidad de respuesta del continente a los posibles shocks externos no vendrá tanto de las dificultades de innovación en el diseño de políticas macro. El año 2009 nos enseñó lo que había que hacer ante los shocks: introducir estímulos monetarios y fiscales, al tiempo que se hacía creíble el compromiso a medio y largo plazo con la ortodoxia, el crecimiento y la estabilidad, lo que a su vez exigía un cierto equilibrio entre la intensidad expansiva de las políticas monetarias, cambiarias y fiscales.

Lo que ahora está en discusión es –a la vista de los fundamentales macro de partida, de las instituciones y del horizonte de duración de la crisis que se maneje– qué se puede hacer y qué no se puede hacer, en cada uno de los países del continente.

Esta vez, defenderse de la crisis global exige aceptar más riesgos que en 2009. Como entonces, se puede tener éxito, un escenario al que le damos una elevada probabilidad. Pero también hay que contemplar que si se reacciona en exceso, o se agota la santabárbara de medidas antes de que la recuperación mundial se produzca, la contaminación de la economía nacional puede poner en marcha crisis más locales y tradicionales. Brasil es buen ejemplo de lo que se puede –quizás mejor, se debe–  hacer, y de lo que nos jugamos haciéndolo.

En los últimos 12 meses, por encima de cualquier otro país del continente –ni siquiera Argentina o Uruguay–, Brasil ha sido identificado con una economía sobrecalentada. Su crecimiento era históricamente elevado, su tasa de desempleo formal se situaba por debajo del promedio histórico, sus salarios reales crecían, el output gap era positivo desde el primer trimestre de 2010, la inflación estaba por encima del umbral de tolerancia de inflación del Banco Central, el crédito crecía a tasas superiores al 20 por cien, y los exportadores se quejaban de que el real estaba apreciado en términos reales. Para completar, el precio de la vivienda crecía rápidamente y –al menos en Sao Paulo– con furia, el crecimiento de la industria se moderaba, el déficit comercial se agrandaba.

Pese a todo, el gobierno impulsó y el Banco Central toleró una política monetaria claramente expansiva. Los tipos de interés fueron recortados agresivamente y, en el marco de las denominadas guerras cambiarias, causadas por las fuertes entradas de capital, se adoptaron políticas macroprudenciales que trataban de disuadirlas, y se declaró abiertamente que la búsqueda de la competitividad cambiaria era un objetivo.

Aunque nada de lo anterior era muy distinto a lo que desde 2008 viene haciendo y defendiendo la Reserva Federal, había una gran diferencia entre Brasil y EE UU: la economía brasileña ni estaba en recesión ni se enfrentaba a brecha de output negativa. Todo lo contrario: el país crecía por encima del 4 por cien y el output gap era un 2 por cien del PIB potencial. Es decir, Brasil estaba actuando preventivamente.

Y cuando se puso en la balanza, de una parte, el riesgo de que la recesión golpeara la trayectoria de crecimiento del país frente y, de la otra, la posible pérdida de credibilidad de las instituciones, optó por apoyar el crecimiento. No solo eso, sino que además dejó caer que iba a aprovechar el entorno internacional para consolidar un nivel de tipos de interés reales funcional al relanzamiento de la inversión y a la sostenibilidad de sus políticas sociales.

Los brasileños saben mejor que nadie que esta estrategia solo es sostenible si el curso expansivo de las políticas monetarias y cambiarias se compensa con políticas fiscales restrictivas. Cuando el reequilibrio no se alcanza –bien porque la política fiscal realmente no se ajusta, o bien porque los ciudadanos no se creen su giro anticíclico– lo más probable es que la inflacion se acelere, el déficit corriente crezca, las entradas de capital se reviertan, el tipo de cambio se debilite y haya que usar las reservas internacionales para evitar una crisis cambiaria con sus consecuencias sobre el crecimiento, la inflación y la solidez patrimonial de los balances de empresas, las familias y el sector público.

Buena parte de las crisis históricas de Latinoamérica responden a este guión.

Hacer las paces con las pérdidas
Que existan riesgos no implica que el mejor consejo sea no hacer nada. Todo lo contrario. Latinoamérica está hoy mejor situada que nunca para gestionar la escasez que le llegará desde la economía global. Ha aprendido de los errores del pasado –propios y ajenos– y los países tienen reglas, instituciones y capacidades más que probadas de gestión.

Sería un inmenso error político y económico esperar pasivamente a que la recesión llegue y vuelva a frustrar las expectativas de progreso de millones y millones de ciudadanos.

Es importante ser consciente de las vulnerabilidades, reforzar con hechos y datos la credibilidad de las políticas, y mantener el rumbo que ha liberado al continente de su maldición de encadenar crisis tras crisis.  Como dice el premio Nobel Daniel Kahneman, hay que hacer las paces con las pérdidas.

La Gran Recesión que padecemos no va a resolverse de forma rápida, al menos en los países desarrollados, más apalancados e inflexibles. Necesariamente, ese ajuste gradual tendrá consecuencias para toda la economía global, y Latinoamérica haría bien en considerar que los vientos de cola que la han impulsado desde 2003 han rolado y se han convertido –en el mejor de los casos– en vientos moderados, racheados y de cara. Más que luchar contra ellos y empeñarse en mantener la velocidad de crecimiento que se dio en el lustro prodigioso de 2003-2008, quizás lo más sensato sea reconciliarse con la nueva realidad y rediseñar la senda de despegue al desarrollo.

Y hacer el crecimiento más sostenible y socialmente más incluyente. Quizás también al continente le haya llegado la hora de crecer con más equidad y de desplegar políticas de redistribución y movilidad social que respondan a las demandas de sus clases medias emergentes. La alternativa –flirtear con el sobrecalentamiento y las políticas dinámicamente insostenibles, mirar hacia otro lado cuando se habla de distribución de la renta y la riqueza– podría llegar a ser intolerablemente costosa para la región, sus empresas y sus ciudadanos.

Hagamos las paces con el entorno, abandonemos las utopías regresivas y no volvamos a cometer los errores de siempre. Esta vez podemos pagar el precio”.

Extracto del artículo publicado en (Política Exterior. España)

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