Democracia perdida, oportunidad económica desaprovechada

Confidencial
Managua, 8 de enero de 2012
Por Edmundo Jarquín

Al finalizar los cinco años de gobierno de Ortega, un balance del mismo se impone.

Como soy ajeno a los análisis maniqueos, de conformidad con los cuales todo se ve en términos de bueno o malo, blanco o negro, y también, como político, ajeno a quienes esperan réditos de las crisis del país, e incluso a veces la provocan, porque rechazo buscar ventajas políticas de situaciones cuyos costos los paga el pueblo, y entre el pueblo los más pobres, el 3 de mayo de 2008, cuando empecé mi programa semanal en radio Corporación, dije:

“Yo quiero que al gobierno del Presidente Ortega le vaya bien, porque si le va bien al gobierno, le va bien a Nicaragua”.

Con ese antecedente, y los claroscuros de toda situación, debo decir que el balance de los años de gobierno de Ortega puede ser resumido así: en lo político, una democracia perdida; en lo socioeconómico, una oportunidad desaprovechada.

El sistema electoral ha colapsado, y del Estado de Derecho Democrático solamente quedan tímidos espacios. Progresos institucionales, como la descentralización y autonomía municipal, revertidos. Y en paralelo a las fuerzas armadas y de policía institucionales, pero crecientemente asediadas por la casi absoluta personalización del poder del Estado, se ha establecido un nuevo monopolio privado de la violencia a través de las fuerzas de choque del Orteguismo.

Si en lo político es difícil encontrar algo rescatable para los claros del balance, en lo económico la situación es relativamente diferente. Hay cosas rescatables. Estabilidad macroeconómica; crecimiento de la inversión extranjera, principalmente la grande; reducción de los apagones (valga la salvedad, a propósito de quienes buscan beneficios políticos de las crisis, ése es un resultado que se pudo haber logrado en el gobierno de Bolaños de no haber sido bloqueado por el dúo Alemán-Ortega); crecimiento de las exportaciones y avances en el cambio de la matriz energética. Habría que agregar el repunte del crecimiento económico al 4.5% en los últimos dos años, que aunque insuficiente para remontar los grandes déficits de empleo, no es despreciable.

Pero esos aspectos rescatables en lo económico, ¿en qué circunstancias se dieron? Como lo hemos destacado en otras ocasiones, el gobierno de Ortega se inició en mejores condiciones que cualquier otro en más de tres décadas: economía en crecimiento (4.2% en el último año de Bolaños), sin déficit fiscal y con estabilidad macroeconómica; deuda externa reducida drásticamente y una enorme cartera de proyectos de inversión con financiamiento concesional.

La cooperación externa, por la ayuda venezolana, prácticamente se duplicó en términos brutos (en términos netos el crecimiento fue bastante mayor por la dramática reducción del servicio de la deuda), y su gobierno se ha beneficiado de la primera bonanza sincronizada de nuestra historia en los precios de todos los productos de exportación. Además Ortega no ha tenido ningún préstamo o iniciativa de ley bloqueada en la Asamblea Nacional, ni ha enfrentado tranques y asonadas.

En el contexto de esas condiciones tan extraordinariamente positivas, el balance de la gestión económica de Ortega es decepcionante: un crecimiento promedio (2.6%) inferior al de Bolaños y apenas superior al de Violeta Chamorro que heredó un país destruido, absolutamente desequilibrado y totalmente endeudado, después de la guerra civil y los bloqueos de los años 80.

El salario real promedio es inferior al de hace cinco años; el gasto real en educación y salud, se ha reducido; el empleo está estancado y ha crecido la informalidad; y ahora Nicaragua es más dependiente que antes de la ayuda externa. Y los programas clientelares, imposibles de sostener sin cooperación externa por más que se les llame “populismo responsable”, son un paliativo de la pobreza, pero no una reducción estructural de la misma. En resumen, con Ortega las posibilidades de un crecimiento fuerte y sostenible, son menores que cuando se inició su gobierno.

Quisiera, por las razones que anoté al principio, decir que el gobierno de Ortega ha sido exitoso, pero se me sublevan la razón y la moral.

Un error en mi balance

Este programa semanal se inició hace tres años y medio y cubre, por tanto, las dos terceras partes del gobierno de Ortega. Al hacer un balance de mis comentarios, algunos ejes de mis interpretaciones, tratando de tomar semanalmente el pulso al país, se han revelado acertados, y otros, desde luego, equivocados.

Una recopilación a grandes rasgos, revela dos líneas de análisis acertados. Primero, desde el inicio dije que Ortega estaba construyendo una dictadura institucional, o un modelo de “autoritarismo heterodoxo”, como en alguna ocasión lo califiqué, o de “autoritarismo totalitario de baja intensidad”, como en otra ocasión lo denominé. Sea cual sea el calificativo, ahora nadie duda –y hasta el recién destituido Alcalde orteguista de León lo confirma- que estamos bajo un régimen brutalmente autoritario.

Segundo, también acerté en que la gestión socioeconómica de Ortega no sería exitosa en términos de reducción importante de la pobreza y de gestión de un modelo de crecimiento fuerte y sostenible, capaz de generar los suficientes empleos y empleos de calidad para remover de manera estructural la pobreza y elevar el nivel de vida de la población.

Me equivoqué, sin embargo, en no valorar correcta y oportunamente las implicancias políticas y socioeconómicas de la ayuda de Chávez.

Primero, esa ayuda tan grande y flexible en su manejo, ha dado a Ortega una gran autonomía en relación a la condicionalidad democrática de las fuentes de cooperación bilateral. Así hemos visto retirarse la Cuenta Reto del Milenio de los Estados Unidos y buena parte de los programas de cooperación de países europeos, sin mayores consecuencias macroeconómicas a corto plazo;

Segundo, le ha permitido a Ortega conciliar una política de expansión del gasto clientelar sin afectar los balances macroeconómicos, lo que ha hecho posible mantener la cooperación del Fondo Monetario Internacional y de otras instituciones financieras multilaterales.

Tercero, le ha financiado una red clientelar de programas sociales, no sostenibles, ni de mayor incidencia según revela la información oficial que el gobierno recién liberó por condicionalidad del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), pero paliativos de necesidades de algunos sectores.

Ccuarto, ha abierto el mercado venezolano a las exportaciones y así trabar nuevas redes de intereses con el sector privado.

Quinto, le ha dado cuantiosos recursos para su actividad partidaria, incluyendo las fuerzas de choque.

Sexto, ha expandido su red de cooptación y corrupción; y finalmente, le ha posibilitado constituirse en un poderoso actor económico privado, de lejos el que maneja mayor liquidez, entretejiendo vínculos e intereses de poderosa influencia.

En ese contexto, Ortega ha podido establecer un monopolio mediático, directo a través del control empresarial e indirecto a través del amedrentamiento, y pudo imponer el hecho consumado del fraude en las elecciones municipales, así como todas las ilegalidades e irregularidades que hicieron posible su reelección.

Éxito de Ortega, sin duda, pero por cierto no sostenible sin la cooperación de Chávez. Pero, ¿éxito de Nicaragua y los nicaragüenses? Definitivamente no”.

Artículo publicado en Confidencial

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