La majestad presidencial
La Tercera
Santiago de Chile, 10 de diciembre de 2011
Por Héctor Soto
“Las formas no son un pelo de la cola. Los gobiernos se salvan o condenan por lo grande y Piñera puede sentirse hasta ahora satisfecho. Pero pocos gobiernos como el suyo han cometido tantos errores chicos.
Como si el traje todavía le quedara grande, Sebastián Piñera no termina de sentirse cómodo en la Presidencia. Lo que fue el cumplimiento de un sueño democrático en Aylwin, dinástico en Frei, egótico en Lagos y de reparación personal en Bachelet, se ha transformado en una pesadilla para el único jefe de Estado que ha elegido la centroderecha en los últimos 20 años. El efecto no deja de ser curioso, atendido que es a este sector político al que se le atribuyen mayores afinidades y acatamientos a los signos exteriores del poder.
Hay algo en el carácter del Presidente en permanente pugna con la majestad de su cargo. Quizás nunca se tomó muy en serio esta parte de su nuevo trabajo. Si algo dicen las ceremonias, ya ese festival de improvisaciones y errores que fue -temblores incluidos- el acto de transmisión del mando en el Congreso Pleno estaba anticipando que ahora las formas iban a pasar a pérdida.
Del episodio del papelito al del helicóptero, de los chistes repetidos frente al Presidente Obama al cuento políticamente incorrecto de hace una semana sobre la diferencia entre el político y la dama, que para más remate ya había contado en la campaña, la cantidad de leseras y errores chicos sobre las cuales el país ha estado hablando en los últimos dos años es un factor que no prestigia mucho a La Moneda. Y tampoco habla bien de la densidad del debate público.
En contra de lo que se pudiera pensar, las formas no son pelos de la cola. Los gobiernos se salvan o se condenan por lo grande, y Piñera podría sentirse satisfecho al respecto. La economía, el posnatal, el 7% de salud de los pensionados, lo que acordó ahora en educación y -muy importante- el hecho de no haber cometido errores graves, lo dejan con cuentas a favor. Pero pocos gobiernos han patinado tanto en lo chico y esto al final también hace mella. Las piñericosas ya son un género y que nadie se confunda: son un género menos inofensivo de lo que parece. Gerald Ford, en un mundo menos globalizado y mediático que el actual, no pudo continuar en la Casa Blanca, como era su deseo, desde que se convirtió para la prensa en el Presidente que andaba tropezando en las escaleras, trastabillando en las alfombras o golpeándose en la cabeza donde pudiera: en los aviones, en los estantes, en las paredes. Los norteamericanos pensaron que eso no era un jefe de Estado. Era más bien el personaje de una película de Jerry Lewis. Y obviamente perdió.
DE LA PRESIDENCIA LIVIANA A LA PESADA
Los amigos de la informalidad dicen que la parafernalia protocolar con que las repúblicas enjaulan a sus gobernantes no es más que un remedo de la etiqueta, el vasallaje y la exaltación que las monarquías suponen en el trato a los reyes. Sí, es cierto. Pareciera que la simple y definitiva legitimidad de los votos no bastara. Sobre todo en el presidencialismo, la figura del Presidente encarna simbólicamente, más que nada y más que nadie, la soberanía popular. De ahí la majestad de la Presidencia, entre nosotros, muy liviana en los tiempos de don Aníbal Pinto, el mandatario triunfador de la Guerra del Pacífico que después tuvo que dedicarse a traducir del francés para no morirse de hambre, pero ya no tan liviana en la última parte del siglo XX, cuando se le adosó una casa militar primero, un segundo piso después y una buena cantidad de acólitos y sacristanes con posterioridad. Preeminencia, mucho aparato y lo que en algún momento Eugenio Tironi llamó la gracia de Estado.
Así como hay presidentes que nacieron para ponerse al medio en la foto, ubicarse tres escalones más arriba o ir cuatro pasos por delante, Sebastián Piñera tiene -llamémosle así- un sentido lúdico del máximo cargo de representación del país. Echa tallas, hace juegos de ingenio, palomillea, se sale del libreto. Fuera de no ser lo que se espera del primer mandatario, el problema es que deja la cancha abierta y, por supuesto, se expone. Se expone a que un imitador cualquiera se pase un poco de la raya. Delante suyo, incluso. En ese juego, por supuesto, lleva todas las de perder. En un país donde los imitadores matan y, por fomes que sean, y en este caso lo fue, tienen más rating que Neruda, la Mistral, Arrau y Don Francisco juntos, la dignidad del presidencialismo sale para atrás. Lo increíble es que eso lo sabe cualquiera. Cualquiera, menos la gente de la Teletón y la que lleva estos temas en Palacio.
Tiene una parte buena que Sebastián Piñera siga el de siempre desde que entró a La Moneda. No se le fueron los humos a la cabeza y no se convirtió ni se convertirá en estatua. Pero también tiene una parte mala: llegó a la Presidencia y pareciera no haberse dado cuenta.
Cuentan que en el curso de un banquete, una vez le pidieron a don Manuel Montt, cuyo taciturno sentido de la austeridad republicana era simplemente tétrico, que dijera unas palabras. Se negó rotundamente. El presidente en Chile sólo habla por decretos, dijo. Por supuesto eran otros tiempos. Pero a la hora de los quiubos algo de esa severidad frailuna, algo de esa seriedad fronteriza con la tristeza, queda en el ADN del presidencialismo chileno.
Es en la única parte que queda, por lo demás. El país real -el de la tele, el del mall, el del carrete urbano- no quieren saber nada de eso”.


























