El estilo K, más contundente que nunca

La Nación (Argentina)
Buenos aires, 10 diciembre 2011
Por Fernando Laborda

La Nación. Argentina).- La presidenta Cristina Fernández de Kirchner brindó en su mensaje ante la Asamblea Legislativa fuertes señales de continuidad, no sólo de sus políticas, sino también de un estilo que invadió todas las reglas del protocolo.

El sello personalista que tuvo la nueva asunción presidencial quedó de manifiesto desde el principio, con el extraño juramento que hizo la primera mandataria, en el cual puso a Néstor Kirchner en el mismo plano que Dios y la Patria. También, en el hecho de que fuera su hija, Florencia, quien le colocara la banda presidencial, un gesto sin antecedentes.

El estilo tradicional del kirchnerismo de recrear apoyos mediante la construcción de enemigos no estuvo ausente en el discurso de la Presidenta. Medios de comunicación, corporaciones empresariales y sindicatos fueron los blancos de sus ataques.

De entrada, hizo la jefa del Estado un reconocimiento al esfuerzo de legisladores del oficialismo y de otras fuerzas políticas por sancionar hace dos años la ley de medios audiovisuales, a la que consideró como un avance hacia la “distribución de la palabra” para que “no haya palabras monocordes”.

Posteriormente, acusó a sectores empresariales de promover cinco corridas cambiarias contra su Gobierno, que según informó, provocaron la pérdida de 16.000 millones de dólares de reservas del Banco Central, y en una de las frases más aplaudidas por sus seguidores, afirmó: “Yo no soy la presidenta de las corporaciones. Soy la presidenta de los cuarenta millones de argentinos”.

Finalmente, efectuó una contundente advertencia al sindicalismo, al señalar que el derecho de huelga no puede confundirse con “derecho de chantaje ni de extorsión”, en una referencia que pareció dirigida al titular de la CGT, Hugo Moyano, a gremios aeronáuticos y a los docentes, a quienes volvió a reclamarles “un inmenso esfuerzo colectivo” para cumplir todos los días de clases. Hizo este reclamo tras recordar que con motivo de la última huelga en el sector petrolero, el país perdió alrededor de 820 millones de dólares.

El discurso de Cristina Kirchner exhibió un largo relato de los logros de su gestión, no exento de autoelogios y de indirectas recriminaciones a quienes se habrían beneficiado con sus políticas, a quienes les pidió: “No escupamos al cielo. Cuidemos lo logrado en estos años donde los pequeños empresarios se convirtieron en medianos empresarios; donde los medianos se convirtieron en grandes y donde los grandes se cansaron de ganar dinero”.

Uno de los aspectos más controvertidos del mensaje presidencial estuvo dado por la llamativa opinión de la jefa del Estado de que “estar fuera del mercado de capitales fue una bendición” para la Argentina, ya que esto impidió que, a diferencia de otros países, nos “inyectaran activos tóxicos”. Se trata, por cierto, de una curiosa interpretación para alguien que habla permanentemente de aumentar el crecimiento y el empleo.

Otro aspecto que habrá preocupado a empresarios e inversores fue su anuncio de que el debate sobre la competitividad “exigirá que examinemos utilidades y rentabilidades para hacerlas acordes con los estándares internacionales”. Llamativamente, esa precisión vino inmediatamente después de que la Presidenta anunciara la fusión de las áreas de comercio interior y exterior en una sola dependencia, que quedaría a cargo del polémico funcionario Guillermo Moreno, con el propósito -según dijo la primera mandataria- de que no tengamos “un Estado bobo”.

El mensaje presidencial careció de autocríticas y de menciones a dos de los problemas más acuciantes de la población, como la inflación y la inseguridad. Y ni siquiera rozó la cuestión tan candente de la eliminación de los subsidios en las tarifas de servicios públicos, quizá porque le hubiera resultado complicado explicar por qué se tardó ocho años en abandonar la decisión de subsidiar a sectores que no requerían esa ayuda.

Tampoco hubo, a diferencia de anteriores discursos presidenciales, llamados a la unidad nacional y al diálogo. Abundaron, en cambio, señales hacia una militancia que copó el Congreso y que en todo momento entonó estribillos cargados de resentimiento contra los “gorilas” y cánticos alusivos a los nuevos “soldados de Cristina”..

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