Brasil: recalentamiento interno y desaceleración global
Infolatam
Madrid, 1 diciembre 2011
Por Federico Steinberg
Brasil está de moda. En un contexto de desaceleración económica mundial continuará creciendo por encima del 3,5% en 2011 y 2012. Ha desarrollado un admirado modelo inclusivo de desarrollo que demuestra que es posible crecer, reducir la pobreza y distribuir la renta al tiempo que se diversifica la estructura productiva y se consolida una clase media que, al consumir, actúa como amortiguador de los shocks externos. Además, su estabilidad política atrae la inversión internacional y contribuye a que se consolide como líder regional y como un actor cada vez más importante de la geopolítica internacional.
Sin embargo, su economía se está recalentando. La inflación se sitúa ya por encima del 7% y su tipo de cambio se está apreciando, lo que perjudica sus exportaciones y ya ha colocado la balanza por cuenta corriente en con un déficit de más del 2%. Brasil está siendo víctima de la guerra de divisas internacional sufriendo las externalidades de las políticas monetarias ultra expansivas de Estados Unidos.
Gran parte del exceso de liquidez global fluye hacia Brasil en forma de inversión en cartera a corto plazo, lo que abre la puerta a que se produzca una reversión súbita de los flujos de capital que podría desencadenar una crisis financiera. De hecho, estos flujos financieros son los que explican que tipo de cambio efectivo real se haya apreciado de forma tan vertiginosa desde 2009 (ver gráfico).
Ante esta situación, Brasil se enfrenta a una disyuntiva. Si deja que sea el mercado quien determine libremente el tipo de cambio de su moneda (como ha venido haciendo, con ciertas excepciones, durante los últimos años), su sector exportador, que es clave en su crecimiento, se resentirá, especialmente las actividades manufactureras e industriales que añaden más valor añadido.
Pero si interviene para frenar dicha apreciación, como por ejemplo hace China, aumentará la oferta monetaria y acelerará la inflación. Además, dicha intervención llevará a un aumento de las reservas internacionales de dólares o euros, dos monedas que en el actual contexto parece que tenderán a depreciarse, generando a las autoridades pérdidas de capital. En definitiva, las autoridades deben elegir entre la apreciación o la inflación.
Por el momento, Brasil ha ido aplicado un enfoque pragmático (y hasta cierto punto heterodoxo) para ir enfrentando estos retos. Pero cada alternativa de política económica disponible abre nuevos dilemas. Para contener la inflación y enfriar la economía lo adecuado sería subir los tipos de interés. Sin embargo, si lo hiciera atraería todavía más capitales del exterior, lo que apreciará aún más su tipo de cambio. Esto hace que, en principio, la contracción fiscal sea una mejor alternativa para reducir la demanda interna (y con ella las importaciones y la inflación).
Sin embargo, justificar una contracción del gasto púbico en un país con necesidades sociales tan grandes como Brasil resulta problemático, sobre todo para un gobierno de izquierdas. Aún así, a su llegada a la presidencia en 2010, Rousseff optó por realizar una política fiscal contracíclica aprovechando que el año pasado la economía creció al 7%. Sin embargo, desde que comenzara la desaceleración global, ha cambiado de estrategia. El Banco Central redujo los tipos de interés, lo que ha contribuido a frenar la entrada de capitales y a estabilizar algo el tipo de cambio, pero podría estar acelerando la inflación.
También se ha intervenido en el mercado cambiario. Aunque oficialmente Brasil tiene un tipo de cambio flexible, su Banco Central ha ido adquiriendo moneda extranjera mediante la creación de moneda nacional, lo que ha suavizado la tendencia a la apreciación del real. Pero esta política (que es la que tienden a utilizar los países asiáticos que hacen flotación sucia y recientemente ha empleado Suiza para depreciar el franco) tiene dos problemas.
Primero, es inflacionista porque la nueva creación de dinero aumenta la oferta monetaria y con ella los precios a largo plazo (la intervención podría esterilizarse mediante la venta de bonos para drenar liquidez del sistema, pero eso supondría asumir pérdidas en el balance del Banco Central ya que el interés de los bonos estadounidenses que se acumulan al intervenir en el mercado cambiario es sustancialmente menor al de la deuda brasileña que se vende cuando se esteriliza la intervención cambiaria).
Segundo, lleva a acumular demasiadas reservas, lo que tiene un elevado coste de oportunidad, especialmente en países con grandes necesidades sociales y de infraestructuras como Brasil.
Por último, las autoridades han impuesto controles de capital para limitar la entrada de inversiones especulativas. De hecho, el propio FMI, que tan crítico fue con estos controles, parece bendecir ahora estas prácticas como medida preventiva contra el recalentamiento de las economías de los países emergentes. En todo caso, parece claro que Brasil está legitimado para utilizarlos ya que son uno de los instrumentos más efectivos que tiene a su alcance y además le sirven para aumentar su recaudación fiscal. Aún así, hay que reconocer que su efectividad es limitada porque pueden sortearse.
En definitiva, la paradoja a la que se enfrenta Brasil es que, habiendo aceptado jugar limpio y según las reglas de la globalización financiera (lo que suponía dejar flotar su moneda libremente y no poner restricciones al movimiento de capitales) se ha dado cuenta de que esa política entraña serios riesgos porque otros no juegan con las mismas reglas. Desde entonces, sin renunciar a ser una potencia constructiva y responsable en la nueva gobernanza de la economía mundial, Brasil ha optado por tomar una actitud más pragmática y utilizar todo tipo de instrumentos como armas defensivas ante la apreciación de su moneda y el recalentamiento.


























